viernes, 20 de junio de 2014

Un país prisionero del pasado

Por  | LA NACION 



Argentina está prisionera de un pasado que le impide despegar. No se trata sólo del pasado que se remonta a los años 70 del último siglo, impregnado por el choque de ideologías agónicas, sino del pasado reciente que se abrió con la gran crisis de 2001-2002.
Este colapso produjo consecuencias económicas y políticas. No cerró por completo las deudas pendientes generadas por el default , gracias a lo cual los denostados fondos buitre obtuvieron una victoria gravosa para el país en la sede judicial de los Estados Unidos. Vale la pena recordarlo: cuando rige una división de poderes real y efectiva, como en Estados Unidos, no hay que confiar demasiado en la buena disposición del gobierno norteamericano hacia nuestro país. Estas actitudes son menos importantes, llegado el caso, que las tradiciones judiciales. El mazazo de la Corte Suprema habla por sí solo.
Tampoco en el curso de los años posteriores a la crisis pudimos reconstruir un sistema de partidos acorde con nuestra legitimidad republicana y con el régimen de representación política de nuestra sociedad. Este déficit de mediación no se ha superado, pese al proyecto hegemónico que impulsó políticas inflacionarias y de consumo con graves deficiencias sobre el flanco fiscal y en materia de educación, infraestructura y energía. Como si esto fuera poco, en ese ambicioso escenario, sustentado en contundentes apoyos electorales en 2007 y 2011, campeó siempre -y ahora lo hace con más espesor- la nube contaminante de la corrupción de funcionarios y amigos del poder. 
En estas horas, lo que muchos oficialistas creyeron tener bien atado, al influjo de los éxitos de corto plazo, se ha destapado estrepitosamente. Y el olor que emana de esa olla de agravios a la moral pública y de incongruencias en la política económica no augura una circunstancia dotada de honestidad y eficacia. La Presidenta sostuvo el lunes pasado que el país había dado pruebas suficientes de su voluntad para honrar las deudas . Es cierto, jamás hemos pagado tanto como en este período. Lo que en cambio aún no se vislumbra es la posibilidad de que se ensanche el terreno de las negociaciones y con ello aumente la capacidad de obtener financiamiento externo. Al contrario: la asfixia no cesa de aumentar.
Sin embargo, detrás de estos signos contradictorios sigue agazapada otra herencia no menos problemática. Si bien es evidente que últimamente se han dado pasos constructivos al respecto, una mirada con perspectiva amplia revelaría un estado de fragmentación y disputa entre candidaturas más que entre partidos y organizaciones.
La situación del peronismo es, en este sentido, aleccionadora. Sin recursos políticos y de caja, roto el embrujo de la hegemonía que tanto colmó las ilusiones de corto plazo, una presidenta rodeada de escándalos se ha quedado sin sucesión deseable hasta el punto de que ya no podrá siquiera desempeñar el papel de gran elector como lo hizo Lula da Silva en Brasil. Más que un partido, el oficialismo representa hoy un Poder Ejecutivo al que continúa apoyando, como última reserva, la disciplina de los bloques mayoritarios en el Congreso.
En la medida en que se siga fragmentando, el mundo peronista se reduce y desgasta. Siempre fue difícil en el peronismo operar sobre un plano horizontal. Esta hipótesis contradice su marca de origen: para funcionar con éxito y hacer uso efectivo del poder, el peronismo requiere una conducción capaz de sobresalir. Este fenómeno -de aquí el desconcierto- todavía está en veremos. Éstos son los frutos de un temperamento presidencial que desconfió del peronismo en tanto partido y organización estable. En su lugar, produjo su propio séquito de fieles y designó ayer en el cargo de vicepresidente y hoy en el de presidente provisional del Senado a personajes que provienen de otro pozo. Los resultados de este descalabro antipartidario están a la vista.
El carácter horizontal de las relaciones de poder no propone mayores problemas a la tradición que encarna la Unión Cívica Radical. De pie en todo el país, el partido radical está unido en el proyecto Frente Amplio-UNEN (FAU) con otros partidos y agrupaciones personalistas. Estas últimas abonan el terreno de una democracia de candidatos en la cual los partidos representan un rol menor. Cuestión para tomar en cuenta. En una democracia de candidaturas, como ahora se la llama, un líder predominante con apoyo electoral pica de entrada y capta para su espacio a diversos dirigentes que coinciden con su propuesta. Son propuestas frentistas de rápida construcción: la clave del éxito depende de la capacidad de atracción que manifieste ese nuevo líder durante la campaña electoral.
Hasta nuevo aviso, éste sería el perfil de Sergio Massa y Mauricio Macri. Uno presiona sobre el peronismo; el otro, sobre la concertación de FAU. Por eso los interrogantes que ya están dando vueltas entre los interesados: ¿es acaso posible derrotar a los candidatos peronistas que en estos momentos encabezan el lote de la preferencias sin el concurso de una dirigencia unida, capaz de dirimir sus diferencias en las elecciones primarias del año próximo? Y a contrario sensu: ¿no correrá riesgos un peronismo fragmentado, que además soporta el desgaste que conlleva el ejercicio del poder, frente a una oposición unida?
Son preguntas que dan cuenta de los contrastes entre una democracia de candidaturas y una democracia de partidos. En la concertación de FAU persiste el legado partidario tanto en el radicalismo como en el socialismo: respeto a las reglas de juego para dirimir candidaturas e interés en definir programas. Por definición, su trámite es más lento que el que propone un frente con tintes personalistas. Mientras los frentistas han lanzado la carrera muy pronto con el oído alerta al sube y baja de las encuestas, los partidos marchan más despacio con el objetivo puesto en las PASO de agosto de 2015.
Aquí están en juego la erosión del tiempo y el control de la iniciativa. Mientras el tiempo se escapa de las manos de un gobierno sin aliento, la iniciativa de los contrarios está dispersa. Aunque hay algunas excepciones valiosas, no hay todavía signos de que estén en marcha pactos de gobernabilidad y de convergencia en torno a políticas de Estado.
Por otra parte, a veces se olvida que en los períodos fuertes de la política, cuando se eligen autoridades ejecutivas, coexisten dos procesos electorales: el que tiene lugar en muchas provincias, previo a las elecciones presidenciales, y este último que comenzará con las PASO y culminará hacia finales del año próximo. De lo que acontezca, por ejemplo, en Catamarca, Córdoba, Salta, Santa Fe o Entre Ríos, por citar algunos distritos, dependerá quizás el curso que podrían adoptar las coaliciones nacionales. En otras palabras: las provincias son también laboratorios donde habrán de explorarse acuerdos y alianzas. No necesariamente las coaliciones que resulten tendrán que coincidir con las que se insinúan en el orden nacional.

Como se ve, el menú de ofertas es variado, mientras que el campo de la gobernabilidad se parece cada vez más a un estrecho desfiladero. En la etapa final de este gobierno, la confluencia de las crecientes dificultades económicas con el menoscabo a la moral pública y la fractura de los partidos no augura una atmósfera serena. Podría evocar, más bien, otra sucesión tormentosa para la cual habrá que pertrecharse con prudencia y visión estratégica. Dos atributos escasos en un país declinante.