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lunes, 13 de agosto de 2012

El stand-up de la Presidenta


Lo que dice el nuevo estilo oratorio de Cristina Kirchner
Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

La Presidenta ha cambiado notablemente su oratoria. Todos los observadores coinciden en que está "más suelta". Yo diría que muchas veces se muestra sencillamente pintoresca.
Antes de esta transformación, desde la muerte de Néstor Kirchner en sus discursos incrustaba bloques de alto dramatismo, cuando mentaba, con la voz estrangulada por la emoción, su soledad y su voluntad de sobreponerse. La intensidad, aunque no ha desaparecido, hoy dura menos. En su lugar, están las ocurrencias de una espontaneidad libre de ataduras, que trae anécdotas, gustos, recuerdos, diálogos con la platea, bromas, sonrisas, miradas de costado, revoloteo de manos y pasos de baile tan expresivos que no sería justo citar sólo por escrito, sin los gestos. No voy a citar, me voy a privar de esa prueba que puede verse en www.presidencia.gov.ar/discursos .
El stand-up comedy presidencial, es decir el momento en que Cristina Kirchner improvisa en primerísima persona, tiene un público que parece disfrutar de esa fórmula escénica. Hace dos días, detuve el cuadro de video sobre una panorámica que mostraba a ese público en un salón de la Casa de Gobierno. Lo vi a Filmus riéndose ante un intercambio de datos sobre el origen étnico del comandante Chávez; quien los proporcionaba a la Presidenta era el secretario de Comercio, que se tocó la cabeza e hizo el gesto de enrularse el pelo. Rápida, la Presidenta captó que los gestos de Moreno sugerían que Chávez tenía mota. Y fue ésa la palabra que empleó. Me imaginé a un Filmus políticamente correcto, en alguna otra vida pasada, predicando ante unos niños que con esas cosas no debía bromearse. Hasta que festejó ese momento del stand-up presidencial, Filmus era un señor correcto, serio, con cara de aburrido, convencional. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Qué creen que se les pide? ¿Qué temen si no se ríen con obsecuencia?
Lo que le pase a Filmus, en realidad, tiene poca importancia. Dejará de reír y seguramente se sentirá más cómodo con un cambio en el estilo presidencial. Las salidas de tono de la Presidenta, cuando incursiona en el stand-up, son la incógnita para analizar. En el pasado, el registro más usual de Cristina Kirchner (mientras fue diputada y senadora) era tecnocrático. Hablaba de corrido una jerga de informe socioeconómico. Era evidente que se aplicaba a preparar esas intervenciones que luego hacía "de memoria". Después de presidentes que improvisaban mal y no aprendían de memoria, como Menem, ganaba de punta a punta. Kirchner era un orador directo, pasional y desgalichado; por el contrario, su esposa parecía la universitaria del tándem. Le faltaba algo para ser una oradora tan buena como se creía: no tenía temperatura escénica (a lo Lula) ni parecía una académica destacada (a lo Fernando Henrique Cardoso o Ricardo Lagos).
Se dirá que estas cuestiones carecen de importancia política. Creo, en cambio, que son importantes, porque no muestran simplemente modos de hablar, sino la relación que alguien mantiene con su propia imagen pública. Cada uno habla del modo en que se siente autorizado a hablar por sus antecedentes o su poder.
Cristina, en esta nueva forma de su oratoria, habla como alguien que piensa que sus más triviales ocurrencias pesan y, por lo tanto, deben ser comunicadas a la ciudadanía. Mientras su oratoria fue tecnocrática y populista (una buena mezcla), era unánime la opinión de que se adecuaba a las necesidades de su lugar político. Se toleraban sus sarcasmos, porque se los consideraba una manifestación de su inteligencia. Después, cuando atravesó el capítulo dramático de poner en escena el dolor y el duelo, recibió la paciente solidaridad de sus oyentes. Ahora, en este giro hacia el stand-up, corre un riesgo que antes no corría: ¿es graciosa cuando canta un jingle o revolea los ojos? Si la parodia falla, el stand-up se desmorona.
Hay una sombra de omnipotencia en este nuevo estilo oratorio de la Presidenta. Los buenos oradores políticos conocen perfectamente cuál es su género y, sobre todo, saben que no todos los géneros les quedan bien. La Presidenta parece haber perdido esta capacidad de distinguir.
A esto podría responderse con dos objeciones. La primera es que sus discursos son exitosos. Tal afirmación es incomprobable, salvo que las plateas cautivas de la Presidenta sean tomadas como adecuada muestra sociológica (como si las risas grabadas de la televisión sirvieran para probar el alto rating de un programa). La segunda objeción es que todo mi argumento carece de importancia y que lo que importa en los políticos es lo que hacen, no lo que dicen.
Es un error separar la acción política del discurso que la acompaña. El estilo de la explicación indica mucho sobre la idea que un político tiene acerca de sí mismo. El profundo autocentramiento de la Presidenta es tan visible en sus discursos como en el verticalismo que es el sello de su gobierno. La forma de sus teleconferencias enfatiza su concentrado personalismo para dirigirse a gobernadores, intendentes o (peor aún) gente de lugares alejados donde se inaugura o reinaugura una obra. Parece una señora que habla con subordinados, a los que trata con una confianza condescendiente que ellos jamás podrían devolver: bromas, preguntas, comentarios van en dirección única, de arriba para abajo. Es paternalista un discurso que coloca a su interlocutor en un lugar desde donde no puede responder sino celebrando a quien le habla. En la primera mitad del siglo XX, se llamó a este estilo populismo oligárquico, de patrón de estancia. Hoy es populismo de burguesa próspera, convencida de que todos sus actos son para beneficiar a esa pobre gente que la escucha.
Sintonizo con frecuencia el canal Unasur. Allí puede escucharse a Chávez, un colorido orador antiimperialista, seguro dentro de esa cultura, y con sensibilidad verbal para diferentes registros: de la maldición a la amenaza, de la promesa a la confianza. Independientemente del juicio que se tenga sobre su política, Chávez tiene estilo. Los discursos de la Presidenta no pertenecen a esa tradición, como si no los hubiera practicado antes. Esto es particularmente evidente cuando se mete en la historia del siglo XIX y primera mitad del XX, con la insegura brevedad de alguien que no avanza por campo conocido.
Todo esto conforma una personalidad política (no hablo de inabordable psicología, sino de rasgos ideológicos). Todos los grandes dirigentes han sido juzgados no sólo por sus obras, sino también por sus discursos, desde Sarmiento hasta Perón. Los discursos son una de las materias en que se expresa y se define un estilo de gobierno y una concepción del poder. El centralismo verticalista produce una atmósfera de encierro, en la que Cristina Kirchner se mueve como si fuera el medio más favorable a su espontaneidad. Si un dirigente cree que está autorizado a decir cualquier cosa en cualquier momento, incluso malos chistes, ha perdido una conciencia de los límites dentro de los que se ejerce siempre, en todas partes, un poder que sea legítimo no sólo por los fines perseguidos, sobre los que puede disentirse, no sólo por los medios utilizados, que pueden discutirse, sino por las formas de comunicarlos.
Cristina Kirchner dijo que, en caso de usar un poco menos la cadena nacional, los opositores malévolos ya estarían preguntándose dónde está la Presidenta. Probablemente tenga razón. Ella es responsable de haber elegido esa incesante estrategia mediática. Si la deja de lado, es obvio que deberá reemplazarla por otra para evitar la pregunta que supone inminente, ya que la oposición en todas sus variantes le parece un ejército cuyo único impulso son las malas intenciones.
© La Nacion

viernes, 12 de agosto de 2011

El engaño del populismo - René Balestra




Tal vez Sarmiento sea el único prócer inagotable. De manera consciente o inconsciente, se lo resiste. Una ancha capa de nuestra sociedad no lo quiere. A esa capa no le resulta simpático, aunque muchos no saben por qué. La argentina es una sociedad, en términos generales, populista. Y el populismo -no es ninguna novedad- es una nivelación para abajo. El esfuerzo, la perseverancia, el trabajo, el estudio, son verbalizados, pero no protagonizados con placer. Esta no es una condición argentina exclusiva. Pero, como en todos los órdenes de la vida, en el análisis se deben contabilizar los pros y los contras.

La cantidad de valores o disvalores determina la calificación. Cuando en el seno de una sociedad como la nuestra la corriente del menor esfuerzo, del dejar pasar, del dejar hacer, corre impetuosa, uno debe anotarlo. Entre nosotros la multitud, desde hace demasiado tiempo, es exaltada y halagada indiscriminadamente. Importan los más, sin importar el para qué. La calidad ha sido puesta bajo sospecha.

De la boca para afuera, se dice: "Todos somos iguales". Por ejemplo, se ha llegado a sostener que "un alfarero indígena no es inferior a Miguel Angel". Quien lo dijo es un buen músico y cantor que, desde luego, no cobra los honorarios de un simple guitarrero. Estamos seguros, aunque no tengamos los datos, de que este juglar, en el desdichado percance de tener que operarse del corazón, elegiría a Favaloro si estuviera vivo y no a cualquier cirujano del registro. No tenemos datos fehacientes, pero sospechamos también que sabe que Maradona, antes, y Messi, ahora, no son lo mismo que cualquier jugador de fútbol común. No es que tenga la tabla de valores rota. Hace trampas.

El populismo y los populistas realizan en nuestros días un admirable trabajo de publicidad engañosa. Intentan convencer a la opinión pública de que el progreso, la justicia y el mañana son sinónimos de lo que defienden. La verdad rompe las puertas y las ventanas de la realidad. El pasado más rancio y reaccionario ha "amasado" siempre a la muchedumbre con el populismo. Entre nosotros, los señores manipuladores de las provincias, antes y ahora, usaron y usan a la multitud para su indebido provecho. La montonera en el siglo XIX y en la década del 70 del siglo XX fue la forma y el modo en que la legendaria oligarquía se perpetuaba. Esa ternura sensiblera hacia la barbarie del hormiguero humano es el pasaporte que le permite circular disfrazada.

Sarmiento y su generación sintieron horror por la barbarie. La habían padecido y practicado. No podían extirparla por el modo clásico: el cuchillo. La clave de Sarmiento es que desde mediados del siglo XIX supo que "la cosa" estaba en educar a todos. No -como querían casi todos sus contemporáneos- a una delgada capa de "los mejores" o de "los valiosos". El supo que vivir es convivir y que convivir es convivir con todos, no sólo con algunos. En el teatro, en la calle, en el estadio, en el comedor público se desenvuelve la vida, aparte de la intimidad del hogar.

Si la vida de la modernidad es la era de la multitud o, como la llamó Ortega y Gasset, la era del lleno, todos los que conforman esa multitud y llenan esos espacios públicos importan. La calidad, la altura y la hondura de la vida de los distintos países no están dadas principalmente por sus círculos académicos, sino por el flujo civilizado o caótico de sus calles y avenidas.

Sarmiento, como ninguno en su tiempo, advirtió que el futuro de la República tenía todo que ver con la etimología de la palabra. En latín, res pública quiere decir "cosa de todos". El salvaje ululante, el gaucho matrero, el criollo haragán, lo horrorizaban. No pensó en ellos como en instrumentos para usufructuar, sino como un inmenso desafío educador. Ellos y los hijos de todos los gringos inmigrantes, sin distinción alguna, fueron el padre, el hijo y el espíritu santo de su impulso oceánico escolar. En los bancos para todos se fue forjando la amalgama argentina. Cada uno -a través del abecedario- supo quién era. Dejó de ser súbdito, montonera o peonada manejable para empezar a pertenecerse a sí mismo y ser protagonista de su propia existencia.

No es un accidente circunstancial que antes y ahora el anti-Sarmiento hayan sido y sigan siendo Rosas y el rosismo. Las secuelas y las corrientes actuales de ese soterrado rencor se sublevan contra lo que consideran la "traición" de la generación del 80 y sus ideas. "Alpargatas sí, libros no" y "Haga patria, mate un estudiante" no fueron expresiones extrañas o ajenas. La peonada, domada, con nuevo patrón, seguía como montón. Hay un odio coherente en esa masa suburbana contra todo lo que pueda parecerse a Sarmiento. El ambiente que describió Esteban Echeverría en El matadero, en la década del 30 del siglo pasado, sigue latente en los punteros y en los arrabales del gran Buenos Aires de hoy.

Juan Domingo Perón no inventó el populismo argentino, pero lo acrecentó, lo institucionalizó; le dio pasaporte; lo legalizó. "Mañana es san Perón" no fue una chicana, una avivada, una ocurrencia. Fue la certificación, como ante escribano público, que regiría para siempre la ley del mínimo esfuerzo. No se trató nunca de un reparto equitativo, sino de la dádiva. No era la sociedad o el Estado, sino "Ellos", los que regalaban. La Fundación Eva Perón recaudaba indebidamente aportes forzosos con los que distribuía regalos personalizados. Un conocido industrial fabricante de caramelos se negó a esos manejos y su fábrica padeció el sabotaje y fue cerrada.

Han pasado décadas, pero el populismo de entonces sigue vivo. Hay otra fundación y otros protagonistas, pero el sistema conserva lozanía entre nosotros.

Hacen bien los enemigos acérrimos de Sarmiento cuando atacan su figura o su nombre. Cuando lanzan alquitrán a su estatua y gritan "Muera Sarmiento" y "Viva Rosas". Saben que Sarmiento está vivo y Rosas está muerto. Ese Sarmiento vivo no sólo sigue soñándonos, como en el verso de Jorge Luis Borges, sino empujándonos hacia arriba, como siempre. La única forma y el único modo de dejar de ser masa maleable para convertirnos en ciudadanía pensante.

© La Nacion. Publicado en edición impresa de La Nación, viernes 12 de agosto de 2011

domingo, 7 de agosto de 2011

Hay cosas que no tienen retorno - Thomas Abraham


El país cambió radicalmente en estos últimos ocho años. Quienes están disconformes con la conducción actual deben estar preparados para saber que si se diera el caso de la asunción de otro gobierno, no hay retorno posible sobre cuestiones de peso en lo concerniente a la organización de la República.

El país ya no es de aquellos hombres de una supuesta buena voluntad que sueñan con el orden y el progreso. Ese orden ya no existe. El modelo sueco no existe. El modelo coreano tampoco. Ni el chileno. Ese sueño principesco de una sociedad integrada en la que sus agentes aceptan su lugar y se disponen a mejorar sus condiciones de existencia en marco de la ley, del respeto por la propiedad privada y del derecho del prójimo, no existe. El país de la igualdad y de la redistribución de la riqueza es un emblema vacío de campañas políticas a pura retórica. Ni hablar del contrato moral.

La Argentina no es un desierto a la espera de ser colonizado por pioneros del bienestar ciudadano según reglas de una civilización madura y equilibrada. La pobreza en la Argentina no es silenciosa ni resignada. Todos quieren más. Los que nada tienen quieren más, los que tienen todo también quieren más. Y los que están en el medio de ninguna manera quieren menos.

Todos los sistemas son inestables. Ninguno asegura una consistencia a prueba de crisis. Ni siquiera podemos apostar a la mentada destrucción creadora para consolarnos con una ley histórica progresiva. Sin corrupción seguirá habiendo pobreza, y hasta miseria.

Los de arriba creen que si se sentaran a conversar con mesura y generosidad, el clima de la República variará sustancialmente. Esta idea del diálogo y el consenso entre sectores y dirigentes en pos de la paz social rezuma un idealismo acrítico. La Argentina está levantada. Desde Jujuy hasta la avenida 9 de Julio. Pueblos originarios de Formosa, habitantes sin techo de la Puna, chacareros del Litoral, camioneros de todo el país, obreros de Sueños Compartidos, docentes de la escuela pública, una lista interminable que se moviliza todos los días, no lo dejará de hacer porque un par de dirigentes del radicalismo, del peronismo federal, del Pro, del Frente Amplio Progresista, o del sciolismo, se saquen sonrientes una foto.

Para muchos una situación como ésta resulta de una política que nos ha llevado al desastre. En realidad venimos de un desastre que se llamó 2001, y que fue el fruto de una política que muchos escandalizados de hoy aprobaban con entusiasmo. Acostumbrados que estamos de ser una comunidad ligera de culpas ya que siempre se las arrojamos a otros, tampoco podemos decir que la algarabía de la convertibilidad haya sido una insensatez urdida por mentes enfermas o codiciosas. Por el contrario, país de los alivios, el nuestro venía de otro desastre, uno más de una larga lista, que hizo explosión en el fatídico año 1989.

Se le echó la culpa de la década a Carlos Menem cuando se sabía que ya iba a abandonar el poder, y se votó a De la Rúa y Chacho Alvarez con la garantía de que no iban a modificar un ápice el sistema económico imperante.

Podemos hacer uso de la memoria histórica y distribuir postales argentinas por doquier. Se sabe que el pasado es una configuración voluntarista. No es que se pueda hacer con ella cualquier relato, pero como la realidad es un hojaldre que requiere un acercamiento por aproximaciones y ángulos de mira, la perspectiva es variable. Ningún monumento a la memoria hará del tiempo humano una efigie de mármol. Pero hablemos del futuro.

La Argentina tiene una tasa de inflación muy alta. No se sabe si puede ser controlada en el 25% de promedio actual. Las carnes y trigo suben y atacan los bolsillos del pueblo. El famoso "modelo" puso toda la carne el asador. No sólo la vacuna sino la de toda la economía.

Las unidades productivas ociosas colmaron su capacidad y llegaron a un límite. Se habla de crear un clima de confianza para las inversiones cuando las mismas superan el veinte por ciento del PBI. No es mucho, pero no es poco. Se habla de falta de seguridad jurídica para inversores a la vez que la UIA elogia el Gobierno. Se dice que nuestro país no es normal sin que se pueda recordar en qué momento lo fue. La evocación de 1910 ya es risueña.

La crisis social de 2001 fue la más grande que se conozca. La desocupación, el hambre que mataba niños, los gatos que se comían en Rosario, y la salida del trueque para una clase media destruida plantearon una situación de extrema necesidad. Ni hablar del default, de la deuda externa y de las multinacionales de servicios que pedían su seguro de cambio contra la devaluación.

Veo que seguimos en el pasado. Pero para pensar el futuro hay que tomar en cuenta que nuestro país, a pesar de una economía acelerada y con un consumo estimulado con una serie de incentivos de todo tipo, padece una situación social de una extrema fragilidad. Hay millones que viven con el mínimo. Los subsidios que pueden recortarse para algunos sectores deben mantenerse no por demagogia sino por supervivencia. Por supuesto que hay riesgos que de seguir con este ritmo de crecimiento e inflación, el día en que la máquina se pare por cualquier motivo, se puede llegar a escenas de extremo dolor y violencia.

Sin embargo, el enfriamiento paulatino de la economía con disminución del gasto público, incremento de las tasas de interés, tope para incrementos salariales que no tomen en cuenta los últimos aumentos del costo de vida y, como consecuencia, ajusten los bolsillos, requieren de un acuerdo político. No se lo logrará sin una política más equitativa que prósperos y pudientes rechazan de plano. Nadie que puede hacerlo quiere entregarle un centavo más al Estado. A pesar de la rebelión fiscal el gasto social no puede disminuir si se quiere evitar que se vacíen todos los supermercados sin pasar por la caja.

Hay demasiada gente que vive el borde de la subsistencia. No se podrá ignorar que hay decenas sino centenas de movimientos sociales que tienen su dirigencia, su liderazgo. Es fatuo pensar en una ciudadanía compuesta por individuos aislados en relación directa con el Estado. El clientelismo existe pero no se borra ni con prédicas ni maldiciendo a sus organizadores.

En materia de juicios a represores no hay vuelta atrás. En el futuro las organizaciones de derechos humanos deberán no sólo tener la protección del Estado para que continúen con su tarea de buscar hijos y nietos de familiares desaparecidos por los crímenes del terrorismo de Estado, sino que habrá que proteger a sus dirigentes de la cooptación perversa del actual gobierno. Hay que asegurarse de que tengan independencia del Estado y que lleven a cabo su misión secular de vigilancia contra-estatal para garantizar los derechos humanos del presente.

Será necesario reflexionar con profundidad sobre el tema de la seguridad. Decir que hay que atacar el narcotráfico es carecer de la más elemental seriedad. Se supone que ningún político con una mínima cordura pedirá estimular ni la venta de drogas, ni el tráfico de órganos, ni la trata de blancas. Sin embargo, la seguridad no es un problema en sí mismo. Es parte de una red política. No se puede enfrentar el crimen organizado si no es con grandes recursos, programas y herramientas económicas, sociales, culturales, además de fuerzas especiales que las combatan en la zona de fuego. Los países que encaran este problema instalan en los territorios ocupados por las mafias, clínicas, centros culturales, bancos, comisarías, asistentes sociales, planes de trabajo, ferias comunitarias, etc.

No se trata de mano dura ni de poses de moralina progresista. Tampoco se trata de repetir en un próximo futuro el sermón de la educación ni de mostrar grave preocupación por la juventud. La educación no debería ser un tema políticamente correcto. Ni es con las vivas al espíritu militante de una juventud de propaganda y sometida a un verticalismo de pacotilla, ni con un llamado al espíritu de seriedad de otros tiempos que se mejorará la educación no sólo de los jóvenes sino de sus maestros.

Pero habrá que hablar y mucho del estudio y de la necesidad de producir conocimientos para ser libres. Hablar menos de los alumnos y más de la práctica docente. Tender a la masividad del acceso a la educación y a la vez pautar normas de exigencia.

La militancia no es hacer pogo, twitear y salir a la calle, no es eso solamente. El militante de hoy debe mejorarse a sí mismo si quiere ser útil a los demás. Si quiere transformar el país debe conocerlo. Los eslóganes de gente retardataria que evoca su propia juventud ya ida no son de mucha utilidad.

El futuro no es igual al pasado. Ni los jóvenes de hoy son iguales a los de antes. Ni el mundo, mucho menos el mundo, es igual al de antes. Los que pregonan la juventud maravillosa de otros tiempos en los que parecía no haber más solución que agarrar un rifle y disparar, secuestrar y matar, no son sólo irresponsables sino estafadores ideológicos que viven de las rentas del sufrimiento de muchos caídos en los campos de batalla.

Ganar un futuro es costoso. Superar el presente se hace a pérdida. Es el parto de la historia. Hay muchos que lo quieren hacer con los beneficios que obtienen hoy, con los obtenidos ayer y los que desean obtener siempre.

© La Nacion
Publicado en edición impresa y digital el Viernes 05 de agosto de 2011

lunes, 6 de septiembre de 2010

Entrevista con Juan José Sebreli, por Ricardo Carpena


Entrevista con Juan José Sebreli
"Hay un desliz hacia el totalitarismo en la modificación de la historia"
Reconocido sociólogo y ensayista, este liberal de izquierda, como él mismo se define, critica el uso pragmático y populista que el Gobierno hace de las banderas del progresismo, y cuestiona la falsificación del pasado en que incurrió la Presidenta al hablar de la década del 70

Por Ricardo Carpena
Domingo 5 de setiembre de 2010 | Publicado en edición impresa

Para el que tenga su corazoncito cerca del peronismo, esta entrevista puede ocasionarle serios problemas coronarios. Y para el que lo tenga, específicamente, más cerca del kirchnerismo, no hay aurícula ni ventrículo que resista a un Juan José Sebreli de definiciones infartantes: en apenas una hora y cuarto de diálogo, calificó al ex presidente de "autoritario, con un desliz hacia el totalitarismo", "pragmático que no es de izquierda ni de derecha", con "una falta total de escrúpulos" y causante de "un grado espectacular de corrupción".

Este pensador y escritor se ha puesto tan antikirchnerista que, aun como un asumido homosexual, ni siquiera puede reconocerle a la Casa Rosada el impulso para la ley de matrimonio igualitario: "Los gays les deben importar poco y nada. El tema es conquistar un sector del electorado, de clase media más o menos progresista, que les resultó adverso en las elecciones. Algo parecido a lo que hizo Perón en 1954, que de golpe sacó una serie de medidas muy progresistas, como el divorcio o el reconocimiento a los hijos naturales, nada más que para molestar a la Iglesia. Y ahora también es un poco para eso. Es típica manipulación política."

Claro que el autor de Los deseos imaginarios del peronismo tampoco deja indemne a la oposición, que no tiene, dice, "una visión clara de lo que hay que hacer en el país", y critica sin piedad a Eduardo Duhalde, Pino Solanas, Francisco de Narváez y Felipe Solá, pero rescata a Mauricio Macri porque es "novedoso y no peronista" y elogia a Elisa Carrió por su "coherencia", aunque cree que su futuro político es "incierto" y que no tendrá posibilidades de llegar a la Presidencia.

Es difícil que Sebreli, a sus 80 años y con una obra que incluye reconocidos libros y colaboraciones en revistas culturales como Sur y Contorno , tenga un club de admiradores en la política argentina, como así tampoco los tiene entre los seguidores de muchos exponentes del posmodernismo o del tercermundismo, los fanáticos del fútbol, o los simpatizantes del "Che" Guevara, Carlos Gardel o Diego Maradona, en todos los casos víctimas de su punzante análisis.
Sociólogo, ensayista, historiador, crítico literario y filósofo, Sebreli es, también, un provocador que está lejos de querer convertirse en un adalid de lo políticamente correcto. Un intelectual que pasó del existencialismo sartreano al lopezmurphismo, pasando por el marxismo y el peronismo de izquierda, hasta recalar en su actual definición ideológica: socialista liberal. Un hombre que sonríe poco, con escasa vida social y que, según admite, habla con gente que tiene ideas más o menos parecidas a las suyas. Un obsesivo que se muestra inquieto al hablar sobre su nuevo libro, Cuadernos, editado por Sudamericana, porque no se parece a nada de lo que hizo antes.

Allí, en ese género que rescata notas escritas a lo largo de los años como en un diario personal, Sebreli enhebra una fascinante colección de reflexiones sobre la cultura, el cine, las ciudades, el sexo, la vida cotidiana y algunos personajes curiosos, además de su gran pasión, la política.

-¿Qué sintió cuando la presidenta Kirchner presentó el informe sobre Papel Prensa?

-Lo primero que pensé es que, si bien califico al régimen kirchnerista como autoritario, nunca se me ocurrió que fuera totalitario. Pero acá hubo un desliz hacia el totalitarismo en la modificación de la historia, del pasado inmediato: lo que hizo Cristina fue dar una clase sobre historia del siglo XX, particularmente sobre la década del 70, falsificándola, algo típico de las historias estalinistas, que, por ejemplo, suprimían personajes. Uno de los personajes fundamentales en esta historia son los montoneros, obviamente, porque todo comienza con el dinero de [David] Graiver de los montoneros que los militares querían recuperar, y la presión que ejercieron los montoneros para que les devolvieran la plata después de la muerte de Graiver. Eso no aparece en la historia. Y sí algo en lo que hasta ahora nunca se había incurrido: la falsificación del pasado. Es la primera vez porque Perón, que evidentemente fantaseaba mucho, no se metió con la historia, podía falsificar hechos del presente, pero el pasado no le interesaba. A este gente, sí.

-¿Y para qué? ¿Cuál es la motivación?

-Es una manera de justificar un hecho concreto. En los regímenes totalitarios, la falsificación de la historia nunca es por razones historiográficas sino de política inmediata. El objetivo es quedarse con Papel Prensa.

-De todas formas, ¿los medios tienen la real entidad de una corporación que puede poner en peligro a cualquier gobierno?

-No, de ninguna manera, aunque influyen. Hay una famosa frase de Perón acerca de que había ganado las elecciones con todos los diarios en contra y cuando los tuvo a todos a favor, porque fueron estatizados, perdió. Los medios expresan la realidad, pueden exagerarla o tomar un aspecto más que otro, pero no la modifican, nunca lo han hecho.

-Hace poco, Néstor Kirchner dijo: "Los progresistas somos nosotros". ¿Es así?

-Kirchner es, básicamente, un pragmático. Un populista, en términos generales, y los populistas no son de izquierda ni de derecha, son de izquierda o de derecha de acuerdo con las circunstancias. Hay una faceta progresista en medidas como el matrimonio gay o el tema de los derechos humanos, algo que tomó como una bandera pero que le importa poco porque se empezó a ocupar desde que fue presidente, y los gay le deben de importar poco y nada. El tema es conquistar a un sector del electorado, la clase media más o menos progresista, que le resultó adverso en las elecciones. Me hace acordar al PRI mexicano: era también la dictadura perfecta, como dijo Octavio Paz, pero tenía esa faceta progresista, como enseñar marxismo en las universidades. Algo que no tiene el peronismo clásico, decididamente de derecha.

-Usted es implacable con el kirchnerismo, pero, como homosexual, debería reconocerle haber impulsado la ley de matrimonio igualitario. ¿Qué siente?

-Me molesta porque, evidentemente, vuelve a ser una utilización política. Soy partidario del amor libre y hubiera votado por algo muy difícil que se sancionara: vínculo civil para heterosexuales y homosexuales, y el matrimonio limitado a las religiones. No me interesa en absoluto el matrimonio gay, pero sí creo que mientras exista el matrimonio heterosexual y mientras haya homosexuales que quieran casarse, tienen que tener esa posibilidad. Si no, sería una desigualdad. No es mi deseo más profundo, pero estoy de acuerdo.

-¿No le parece sincera la postura del kirchnerismo?

-No creo que les interese en lo más mínimo. Es algo parecido a lo que fue hizo Perón en 1954, que de golpe sacó una serie de medidas muy progresistas, como el divorcio o el reconocimiento a los hijos naturales, nada más que para molestar a la Iglesia. Y ahora también es un poco para eso. Una típica manipulación política.

-Los Kirchner perdieron las últimas elecciones, pero parecen con más poder e iniciativa que la oposición, que fue la que ganó bancas. ¿Qué es lo que está pasando?

-Es indudable que los Kirchner tienen una gran habilidad política, unida a una falta total de escrúpulos. Y después siguen teniendo el poder. Con respecto a la oposición, tengo una posición dual. En el corto plazo, a pesar de todas las dificultades y la debilidad con que actúa, en el Congreso está frenando al kirchnerismo. A mediano plazo, soy más pesimista. Porque no veo en la oposición una visión clara de lo que hay que hacer en el país. Tiene claridad respecto de las pequeñas reformas, pero este es un país en el que hay que hacer reformas muy importantes, que implican un costo político muy elevado.

-¿Cuáles, por ejemplo?

-Dos temas que son imprescindibles. La libertad sindical, que significa tomar medidas contra este estado anómalo del sindicalismo argentino, el modelo del sindicato único, que sería una reforma fuerte que ocasionaría un cambio de toda esta burocracia de los Moyano. Y segundo: terminar con el subsidio al "capitalismo de amigos", ineficiente, sin capacidad exportadora alguna y que ha vivido siempre de la asistencia del Estado. Esos dos aspectos son fundamentales para salir de la decadencia del país, que se arrastra desde mediados del siglo XX porque Kirchner, en realidad, no es la causa del estado en que estamos sino la consecuencia de un largo proceso. Y en el caso de que existieran algunos políticos que tuvieran conciencia, no sabemos si van a tener la posibilidad de hacerlo. [Raúl] Alfonsín intentó la reforma sindical y fracasó. Si fuera un país normal muchos de los políticos de la oposición podrían gobernar perfectamente. Es gente honesta, seguramente con ellos no habría el grado espectacular de corrupción que hay con el kirchnerismo, tampoco el autoritarismo. Pero este no es un país normal. Con eso solo no bastaría. Vamos a seguir con el mismo modelo económico del kirchnerismo y de esa forma, aun sin corrupción ni autoritarismo, no saldremos de la decadencia.

-Usted escribe en su libro Cuadernos algo que es muy duro: "La única lección que deja la historia del peronismo es que nadie aprende nunca nada de ella".

-Claro... por ejemplo, sacando al radical Alejandro Armendáriz, la provincia de Buenos Aires está gobernada desde el regreso de la democracia por el peronismo. Además, históricamente gobernó más tiempo que el radicalismo y que los militares: tiene buena parte de responsabilidad de lo que nos pasa. Pero tampoco tenemos que tomar como chivos expiatorios a los políticos, alguna vez dijimos "que se vayan todos" y después se quedaron todos... La clase política es expresión de la sociedad civil y, además, ha sido votada. Aun en el caso de las dictaduras, tuvieron apoyo hasta tal punto de que se puede hablar, en casi todos los casos, de golpes cívico-militares. Pero no eximiría a la clase política porque si fuera inteligente, lúcida y avanzada no sería como la nuestra, que lee y vive de las encuestas y hace lo que opina la gente. Sigue a una sociedad civil muy volátil, frívola y caprichosa, en lugar de guiar y ponerse al frente de la sociedad civil. Esa es la responsabilidad que les cabe. Pondría un caso típico de una de las grandes transformaciones políticas: España conoció siglos de decadencia y un siglo XX terrible, con la guerra civil y cuarenta años de dictadura franquista y, sin embargo, tuvo una transición perfecta, pero gracias a unos conductores que estuvieron muy por encima de lo que era la sociedad civil. Por ejemplo, la izquierda y la derecha españolas estaban en contra de la entrada a la Unión Europea y fue la política persuasiva de Felipe González la que convenció a una sociedad que no sabía qué hacer. Acá no hay un político que actúe como educador de la sociedad civil.

-Probablemente uno de los últimos que se destacó por el peso de sus ideas y que guió a la sociedad haya sido Raúl Alfonsín.

-Generó esa ilusión. Alfonsín tenía una idea por la que pasó a la historia, que es la instauración de la democracia. Eso lo hizo Alfonsín. Si hubiera triunfado [Italo] Luder no hubiera habido democracia. Pero [a Alfonsín] no le interesaba la economía y en lo poco que le interesaba estaba equivocado...

-Usted dijo que el papel de Alfonsín desde 2001 fue nefasto.

-Sí, nefasto porque él contribuyó en cierto modo a la caída de [Fernando] De la Rúa. Además, después de haberse tenido que ir antes de tiempo por la hiperinflación, insistía en que un poco de inflación no está mal. Lo mismo creen otros dirigentes de la oposición. Algunos, como Pino Solanas, son directamente kirchneristas auténticos, en el sentido de que creen que tienen que cumplir ese programa que Kirchner dejó de hacer y que ahora estaría traicionando.

-Le pregunto por otros dirigentes: Ricardo Alfonsín.

-Es candidato porque murió el padre. Si no, ni lo conocían. Eso revela la superficialidad de la ciudadanía argentina. Del mismo modo que [Julio] Cobos no era nadie, sólo un vicepresidente, hasta que le tocó desempatar una votación en el Senado.

-¿Y Eduardo Duhalde?

-El modelo económico de Duhalde es el de Kirchner, porque lo empezó él, con el mismo ministro de Economía. Puedo creer que Duhalde ha cambiado y mejorado mucho su posición política, pero tendría que hacer una profunda autocrítica de su política económica, que fue la que llevó a la miseria a buena parte de la sociedad argentina.

-¿Mauricio Macri?

-Tiene la ventaja de ser algo novedoso y de no ser peronista. Pero no va a poder ser candidato sin la apoyatura del peronismo anti-K. Entonces vamos a estar en lo mismo.

-¿Elisa Carrió?

-Sería lo único novedoso que hay en la política argentina y tiene su coherencia en su lucha contra el kirchnerismo. Pero tiene pocas posibilidades de ser presidenta. Es una gran analista política, pero la gente prefiere el político que le vende ilusiones. Su futuro es incierto.

-¿Francisco De Narváez?

-Un empresario que se ha dedicado a la política porque tiene mucho dinero. Y, además, es peronista.

-¿Felipe Solá?

-Es el peronista más presentable, pero no podemos olvidarnos de que fue kirchnerista hasta último momento. Ese es un grave problema.

-¿Un intelectual tiene que ser aséptico políticamente?

-El intelectual debe ser crítico, y la crítica implica también la duda. Y el político no puede dudar, tiene que actuar. Son dos rubros distintos. Yo siempre me he comprometido políticamente, pero nunca milité en ningún partido: no es conveniente para ser un intelectual libre.

-¿No le pesa haber apoyado a Ricardo López Murphy?

-No, porque lo apoyé desde afuera. Y el proyecto, que era mío y que después fue tomado por López Murphy, era una coalición de centroizquierda y de centroderecha, que fue lo que en cierto modo se hizo en la Capital y por eso triunfó. Luego, López Murphy se equivocó al meterse en la provincia de Buenos Aires. Después apoyé a Lilita Carrió y ahora no sé a quién apoyaré. No me identifico con ninguno. Cuando me preguntan con quién me identificaría plenamente digo que con Juan B. Justo, que murió hace unos cuantos años. (Se ríe.)

-Muchos lo consideran un "gorila de izquierda". ¿Es así?

-La palabra gorila debería ser descartada. Es un término muy superficial porque sale de un programa cómico de radio, es una forma de animalizar al adversario, un poco como el "gusano" de los cubanos, y una forma de insulto. Además, suponiendo que exista una categoría política, no tengo nada que ver con las idea políticas de [Jorge Luis] Borges o [Alvaro] Alsogaray, representantes típicos del llamado gorilismo. Me gustaría que trataran de definirme políticamente, que es un poco difícil también.

-¿Y usted cómo se define?

-Uno de mis mentores políticos de los últimos años ha sido Norberto Bobbio, que se decía "socialista liberal", como una síntesis superadora de la izquierda y de la derecha democráticas. ¿Por qué no socialista a secas? No puedo coincidir plenamente con la izquierda actual porque apoya a regímenes dictatoriales como el castrismo y el chavismo. Y no puedo llamarme liberal a secas porque el liberalismo argentino en el siglo XX ha cometido graves errores, como el apoyo, por ejemplo, a las dictaduras militares. No puedo estar con una izquierda que, en general, ha desdeñado las libertades individuales y tampoco con una derecha que desdeña totalmente el papel del Estado.

© LA NACION
MANO A MANO

Nadie puede decir que usa eufemismos, que es un tibio o que no se define. Juan José Sebreli es implacable, rotundo, inequívoco. Es un enemigo declarado del peronismo, aunque en el pasado lo rescataba por encontrarlo transgresor e incluso lo consideraba como la antesala del socialismo. Lo noté algo molesto cuando le comenté que para algunos era un "gorila de izquierda". Le pareció "una forma de insulto" y prefirió enrolarse con el filósofo y politólogo Norberto Bobbio, que se consideraba un "socialista liberal". Sebreli enlaza reflexiones, datos históricos y sentencias a borbotones. Cree que los intelectuales deben ser críticos y, por lo tanto, dudar, y por eso insiste en que no deben actuar en política, aunque asuman un compromiso. Aun con sus arbitrariedades, da la sensación de ser un hombre libre. Menos cuando le sacan fotos: allí se mostró tan preocupado por su imagen que le comenté que no lo imaginaba así. "No es que sea coqueto. Es que soy feo", dijo. Allí comprendí: ni él se salva de esa mirada que no perdona a nadie.

domingo, 4 de abril de 2010

El Congreso ha dejado de ser una escribanía del Gobierno


Entrevista con Oscar Aguad"El Congreso ha dejado de ser una escribanía del Gobierno"
Implacable al criticar al kirchnerismo, el jefe de los diputados radicales alerta sobre el agravamiento de la situación social. Y también se atreve a revisar las culpas de la oposición: "Quizá pudimos haber cometido los mismos errores que criticábamos"

Reportaje realizado por Ricardo Carpena, para La Nación. Publicado el domingo 28 de marzo en el Suplemento Enfoques de dicho periódico.

"Quizá pudimos haber cometido los mismos errores que criticábamos. Tenemos que ser muy celosos del respeto por las formas y por la ley, considerar que las formas son el fondo y no creer que porque somos más podemos imponer las formas. Hemos cometido algún exceso entre todos, pero aprendimos de nuestros propios errores y es algo mínimo ante a lo que hemos logrado: que el Congreso deje de ser una escribanía del Gobierno. Y que al Gobierno no le resulte tan sencillo eludir al Congreso."

Que un político haga autocrítica es bastante inusual: el jefe del bloque de diputados de la UCR, Oscar Aguad, rompe una larga tradición de echarle la culpa a los otros, quizá obligado por el estridente fracaso de una sesión especial en la Cámara baja para declarar nulo el decreto que creó el Fondo del Bicentenario y que permitió que Elisa Carrió acusara a "algunos radicales", como el mismo Aguad, de complicidad con el Gobierno.

Ante Enfoques, de todas formas, el legislador de la UCR no carga las tintas contra Carrió pero le reclama que trabaje para cohesionar a las fuerzas contrarias al kirchnerismo. Y agrega que la líder de la Coalición Cívica "forma parte de la oposición y, si la critica, también se critica a sí misma".

Este dirigente cordobés de 59 años preside el bloque de diputados nacionales de la UCR y quedó atrapado en los vaivenes de este Congreso surgido del 28 de junio. La composición actual favorece a la oposición, pero, hasta ahora, no termina de alcanzar un funcionamiento que represente el sentido de lo que se votó en las últimas elecciones.

Casado, con cuatro hijas que van de los 30 a los 20 años y una nieta de ocho meses, es implacable al criticar al Gobierno y alertar sobre el agravamiento de la situación social durante este año como consecuencia de la inflación. De todas formas, no se muestra tan implacable cuando se le pregunta sobre quién debería ser el próximo candidato presidencial de la UCR. "Prefiero tener primero el programa. Una vez que lo tengamos, elijamos al candidato", sostiene.
El legislador radical fue miembro del directorio del diario La voz del interior , secretario de Gobierno de la Municipalidad de Córdoba, convencional constituyente en 1994 y ministro de Asuntos Institucionales y Desarrollo Social de la provincia durante la gestión de su correligionario y padrino político, Ramón Mestre. Y cuando éste fue ministro del Interior en el gobierno de la Alianza, designó a Aguad como interventor federal en Corrientes (que le originó una causa judicial por administración infiel, de la que resultó sobreseído hace tres años). Fue elegido diputado nacional en 2005 y dos años después comenzó a presidir el bloque de diputados de la UCR.

-Es un momento raro de la política: la oposición parece desdibujada, con una estrategia confusa en el Congreso, y los Kirchner repuntan en las encuestas. ¿A qué obedece?

-Es solamente una imagen, pero no es la realidad. Y esto lo ha construido el Gobierno a partir de las cosas que dicen , de las cosas que informan, pero, de hecho, hay un logro muy importante de la oposición que no se ha visualizado aún: el Congreso ha dejado de ser una escribanía del Gobierno. Se paralizó esto de que los proyectos entraban por una puerta y salían como ley por la otra. El Congreso hoy debate y estudia los temas. Y le ha puesto un freno al Gobierno. El otro tema es cuándo vamos a empezar a sancionar leyes que reviertan la grave situación institucional a que este gobierno nos ha llevado. Pero no hace un mes que el Congreso empezó a funcionar normalmente. El cambio en el impuesto al cheque, que revierte una situación federal inequitativa, está a las puertas de ser tratado en el Senado. La reforma del Consejo de la Magistratura es probable que tenga despacho antes de fin de mes en la Cámara de Diputados y nos estamos esforzando para que el presupuesto, que es la ley más importante, vuelva a ser tratado en el Congreso.

-Usted se quejó de que había opositores funcionales al Gobierno. ¿Quiénes son?

-No quiero personalizar porque este es un momento para tratar de cohesionar. Pero es indudable que hay un estrategia del Gobierno para desarticularnos y hay algunos que son funcionales...

-¿Funcionales por qué?

-Porque se esmeran en mostrar a la oposición desarticulada y eso es falso: estamos trabajando en conjunto, aunque tenemos matices, diferencias y somos de partidos distintos.

-Más allá de cualquier estrategia de los Kirchner, ustedes no encontraron hasta ahora un funcionamiento ideal en el Congreso y algunas declaraciones no ayudan, como las de Elisa Carrió, que lo acusó a usted de complicidad con el Gobierno.

-Carrió forma parte de la oposición y, si la critica, también se critica a sí misma. Luis Juez hace exactamente lo mismo. En el caso de Carrió, un día criticó y al lunes siguiente, en la televisión, dijo que había sido una sobreactuación. Bueno, estas cosas tenemos que superarlas.

-¿Cómo?

-Hablando; todo se arregla conversando. Fijando una estrategia. Hasta diciembre, la oposición funcionó muy bien, sin ningún problema. No existe razón para que ahora no funcione igual. Debemos advertir que el Gobierno tiene una maquinaria de poder puesta al servicio de que nosotros nos desarticulemos, nos peleemos y, además, aparezcamos frente a la opinión pública como desarticulados, incoherentes, imprecisos.

-Carrió lo criticó, pero me imagino que le reconoce que cuando ella dice que el Gobierno va a hacer trampa, acierta...

-(Hace el gesto de cerrarse la boca con una cremallera.) No hablo.

-¿Siente que ella le marca límites a la oposición? ¿Que los expone públicamente"

-Carrió tiene que colaborar para cohesionar a la oposición. Es una actora muy importante del sistema y tiene esa gran responsabilidad, que es la de beneficiar la cohesión opositora. Lo está haciendo, pero tiene que ponerle más enjundia.

-Más allá de lo que reclama Carrió, ¿qué autocrítica se haría como jefe de bloque?

-Quizá pudimos haber cometido los mismos errores que criticábamos. Tenemos que ser muy celosos del respeto por las formas y por la ley, considerar que las formas son el fondo y no creer que porque somos más podemos imponer las formas. Tenemos que tener como límite la ley. Hemos cometido algún exceso entre todos, pero aprendimos de nuestros propios errores y es una cosa mínima frente a lo que hemos logrado: que al Gobierno no le resulte tan sencillo eludir al Congreso.

-Pero el Gobierno, hasta ahora, parece estar logrando ese objetivo.

-Falta un actor que todavía no actuó: llegó el turno de la Corte. Nosotros hemos hecho nuestro trabajo, la Corte tiene que hacer el suyo. ¿Cuál es? Tiene que fijar posición para mejorar la calidad institucional del país en dos temas fundamentales: primero, decir cuál es el límite jurisdiccional de los jueces con respecto a los otros poderes del Estado. ¿Pueden los jueces revisar decisiones políticas y administrativas de otro poder del Estado? No, no pueden. Lo que hizo ese juez [ N. de la R.: Enrique Lavié Pico], resolver cómo debe funcionar una comisión del Senado, es un disparate tan grande como que el Congreso le diga a la Cámara, que ahora va a tratar la apelación de Julio Cobos, cómo se tiene que conformar. Y el otro tema que tiene que resolver la Corte es cuál es la necesidad y la urgencia que se requiere para dictar un decreto de necesidad y urgencia. Cuando la Corte aclare esto, no va a haber más atajos para eludir al Congreso.

-¿La gente común entiende este tipo de disquisiciones intrincadas, visualiza claramente qué está en juego en todo esto?

-No lo visualiza. Hoy, en una radio, me preguntaron qué le importaba a la gente el Fondo del Bicentenario. Este fondo agrava la situación de la inflación en la Argentina. La falta de credibilidad en el país, la falta de certidumbre en las reglas de juego; agrava la caída de la tasa de inversión en el país, y la tasa de inversión afecta directamente al empleo. El tema social, ¿cómo se soluciona? Generando puestos de trabajo, no planes sociales. ¿Qué es lo que genera los puestos de trabajo? La inversión. En la Argentina, la inversión cayó un 13%. Eso se refleja inmediatamente en los puestos de trabajo, en el nivel de los salarios y en el nivel de la exclusión y de la pobreza. Hay una ecuación clave: para bajar un punto la tasa de desempleo hace falta un crecimiento del 4% del PBI. Para que haya ese crecimiento tiene que haber una inversión del 25% sobre el PBI. Esta es la situación que tenemos que defender.

-La Presidenta dice que ustedes no tienen propuestas y que quieren un ajuste.

-No, el ajuste lo está haciendo el Gobierno.

-¿A través de la inflación?

-Claro.

-¿Y cuál es la propuesta de ustedes?

-Inversiones. ¿Por qué hay inflación? Porque hay una sobreoferta de recursos económicos en el mercado sin la correspondiente tasa de inversión que cree los bienes que necesita el mercado. Es decir, hay una gran demanda de bienes, porque hay recursos económicos, pero quienes tienen que invertir frente a la incertidumbre no invierten y lo que hacen es aumentar los precios. Ese es el problema de la inflación. El Gobierno dice: el ajuste no lo vamos a hacer nosotros. Mentira. El ajuste lo está haciendo: va a haber una tasa de inflación de entre el 20 y el 25 por ciento. Es más grave el ajuste inflacionario que el ajuste tarifario, por ejemplo. Segundo tema, el Gobierno dice que en el Congreso no se discute nada importante y nosotros queremos discutir el presupuesto que es la ley más importante. ¿Por qué? Porque el Gobierno calculó una tasa de inflación de 6 puntos y la tasa de inflación va a estar arriba de los 20. Esto sugiere que el Gobierno va a recaudar mucho más de lo que tiene previsto recaudar, entonces hay que rever el presupuesto. El Gobierno calculó un crecimiento del 2% y el país va a crecer al 4%. Más recursos para el Gobierno. Y, además, nos enteramos de que tiene un déficit en el gasto de 50.000 a 70.000 millones de pesos. Hay que rever el presupuesto, la ley de leyes, la más importante, pero tiene que ser una iniciativa del Poder Ejecutivo, no podemos decirle en qué va a gastar la plata, pero sí tenemos que decir cuál va a ser la previsión de ingresos que va a tener el Gobierno y cuál es el gasto donde va a derivar esos recursos. Entonces, todo esto que está creando el Gobierno es artificial. Estamos dando una batalla decisiva, por más que no tengamos la claridad suficiente para que la opinión pública la entienda.

-Hay un escenario en el que ustedes avanzarán con una agenda legislativa que, en el mejor de los casos, el Gobierno va a terminar vetando. ¿Qué van a hacer?

-El Gobierno va a comprender la realidad que estamos viviendo cuando vea los desbarajustes que le va a causar la inflación. Tengo mis dudas de que no la esté provocando...

-¿Por qué?

-Para licuar los pasivos. Lo que está haciendo el impuesto inflacionario es autofinanciar al Gobierno. No se dan cuenta de los desbarajustes que el problema social les va a traer. Estamos en el peor de los mundos, en el mejor tiempo de la Argentina. Esta es la paradoja: nunca las commodities valieron lo que valen hoy y nosotros seguimos perdiendo el tiempo. La impugnación a los Kirchner, más allá de los atropellos institucionales, de haber quebrado la confianza en el país, es el tiempo perdido. Nos están haciendo perder el mejor tiempo que ha vivido la historia del país.

-¿A quién prefiere como candidato presidencial de la UCR? ¿Cobos? ¿Alfonsín? ¿Sanz?

-Prefiero primero tener el programa de gobierno y una vez que lo tengamos, elegir el candidato. Falta mucho para 2011. El candidato del radicalismo debe ser el que la gente suponga que es el mejor para llevar adelante un programa de gobierno, porque éste, sin el respaldo del poder que transmite el pueblo, no puede ser ejecutado. Muchas veces los partidos privilegian sus problemas internos a las decisiones de la sociedad. Se equivocan porque el poder lo transmite el pueblo. Quedó demostrado en la crisis del campo: cuando el pueblo le sacó el poder, el Gobierno cayó por knock-out. El poder no nace de la billetera ni de sentarse en el sillón de Rivadavia sino del pueblo y, cuando éste te retira el poder, se terminó. Es lo que le ha pasado a este gobierno. Uno puede recomponerlo, pero tiene que volver a ganarse la voluntad de la sociedad, que es lo que este gobierno no hace y sigue enfrentando a la sociedad. Consecuencia: sigue sin poder. Si alguien quiere ejecutar un programa de transformación tiene que tener el apoyo de la sociedad. Por eso reitero: primero el programa, después el candidato.

-¿Qué le diría a una presidenta que en cada discurso habla de los errores de la Alianza?

-Este gobierno toma decisiones equivocadas basándose en los errores que se cometieron antes. Doble torpeza: está justificando sus malas acciones por las malas acciones que se hicieron antes. Esa permanente prédica sobre el retorno al pasado no lleva a ningún lado. Lo que queremos escucharle al Gobierno es qué va a hacer para adelante, no qué pasó antes. Todos saben lo que pasó antes. Y es más: en el radicalismo hemos aprendido y estamos aprendiendo de nuestros propios errores. Seríamos unos torpes si no los hiciéramos, y hemos cometido muchos. Y esos errores muchas veces los pagó la sociedad argentina. Cada vez que la Presidenta nos marca un error nos sirve como referencia para no volverlo a cometer. El problema es que el Gobierno comete los mismos errores que cometimos nosotros.

© LA NACION

jueves, 11 de marzo de 2010

Desestabilizan la democracia quienes violan sus compromisos


Por Carlos Carranza, Diputado Nacional
Columna de Opinión, editada por La Nación on line, jueves 11 de marzo de 2010.

La actitud de la Senadora Latorre la tiene que explicar ella misma, sobre todo porque eso es lo que esperan quienes la votaron en la Provincia de Santa Fe el 28 de junio del año pasado. Lamentablemente, esto es un acto de transfugización política digna de quienes no tienen compromiso alguno con la gente, ni con la política, ni con el peronismo; y pone en duda la verdadera autenticidad de su representación y mandato, porque puede ocurrir lo mismo en el futuro.

Quienes la votaron creo que nunca pensaron que Latorre iba a hacer lo que hizo, espero que reflexione y vote en la dirección que votó la gente y lo que pretende la mayoría del pueblo argentino, que es poner límites al autoritarismo de los Kirchner; porque nadie ha puesto en discusión la honestidad o los antecedentes de la Dra. Marcó del Pont, sino que lo que está en juego en la decisión del Senado, es si va a haber más inflación, más autonomía del Banco Central, mayor independencia del Poder Ejecutivo, y en definitiva, si vamos a defender el valor de nuestra moneda; sin perjuicio de la persona de la presidenta del Banco Central.

La senadora debe recordar que el 28 de junio del 2009 el kirchnerismo sacó el 9% de los votos en la provincia de Santa Fe y que su decisión no responde legítimamente a la voluntad popular expresada en las urnas y ha herido su ejercicio soberano por lo que quiebra el contrato moral y ético que debe tener un senador de la nación con su pueblo y sus representados.

Aunque busque justificaciones en la desestabilización o en una fantasiosa conspiración destituyente -cosa que no existe y está totalmente equivocada pues la pérdida de las mayorías parlamentarias de un gobierno suelen ser la consecuencia de esa soberanía popular-, su actitud en el Senado de la Nación ha vulnerado el principio y la base fundamental de toda democracia que es aceptar las reglas de juego, el debate con las nuevas mayorías y gobernar en el sentido que han indicado las urnas.

En el caso de "Santa Fe Federal", la alianza que llevó su nombre en la boleta, y ante el primer gesto de afinidad que tuvo la senadora con el oficialismo, nuestra actitud política fue pública, categórica, coherente. En forma transparente fue separada del bloque y la repetición de este hecho confirma que lo ocurrido en su decisión anterior, de habilitar el tratamiento de las facultades delegadas en agosto del 2009 y que permitió al Ejecutivo mantener la presión tributaria sobre el sector productivo más importante y dinámico del país, nos demuestra que no fue casual sino un ejercicio deliberado de mutar su voto por razones que deberá explicitar mejor, porque no se puede creer que acuse sin sentido a todo el mundo de golpistas, pero que no se exprese concretamente sobre las personas, hechos y circunstancias que supuestamente pondrían en peligro la gobernabilidad de esta gestión presidencial y justifique con esas falsas acusaciones sus propios desatinos.

viernes, 19 de febrero de 2010

Elocuente columna en La Nación del Doctor Daniel Sabsay


Opinión
Un sorpresivo y peligroso precedente
Daniel Sabsay
Para LA NACION


La diputada Diana Conti ha presentado un proyecto de ley que regula las facultades del vicepresidente en el ejercicio del Poder Ejecutivo ante la ausencia temporaria del Presidente. Así se establece que frente a esa vacancia el primero "quedará sujeto a las instrucciones del Presidente" y "no deberá adoptar ninguna medida o acción contraria a las políticas establecidas por el presidente de la Nación".

Independientemente de los motivos políticos que han inspirado la elaboración de la iniciativa, ésta no se compadece con el claro texto de la Constitución, en cuyo artículo 88 determina que para todos los supuestos de acefalía, sea ella permanente o transitoria, el Poder Ejecutivo será ejercido por el vicepresidente. Dado el carácter unipersonal que tiene este poder, cuando lo asume, el vicepresidente lo hace con la plenitud de las atribuciones que a él le competen.

Por supuesto que dentro de un sistema democrático los titulares del Poder Ejecutivo deben ejercer sus funciones dentro de un espíritu de colaboración, pero, salvo que la Ley Fundamental así lo determine, ellos no pueden ver coartadas o de algún modo limitadas sus potestades por imperio de la decisión de un poder constituido como es el Congreso.

De convertirse en ley esta sorprendente iniciativa estaríamos sentando un peligroso precedente. Pues, en el futuro, la voluntad legislativa determinaría a su antojo el alcance de las facultades de las autoridades electivas, en contradicción con lo contemplado en normas constitucionales que, dada su claridad, deben ser interpretadas conforme a su propio texto, sin que para ello deba recurrirse a una argucia reglamentaria que, so pretexto de clarificar la cláusula, en realidad le está haciendo decir lo que ella no expresa con una intencionalidad coyuntural e interesada.

Además, ante la invocación del incumplimiento de dichas directivas o políticas, debería recurrirse al Poder Judicial para que declarara la nulidad de los actos del vicepresidente que se consideren contrarios a ellas. Así, la falta de seguridad jurídica sería inmensa: por un lado, en razón de su precariedad, la autoridad del vicepresidente no podría asegurar adecuadamente la continuidad del ejercicio del Poder Ejecutivo en contra del interés general. Y, por otra parte, asistiríamos a una judicialización de la situación, ya que la Justicia debería apreciar la validez de esas decisiones, sobre la base de parámetros políticos. La Constitución está hecha para ser cumplida dada su fuerza imperativa, que prevalece sobre las decisiones que se le opongan provenientes de los poderes constituidos del Estado.

En consecuencia, proyectos como el que se comenta carecen de razonabilidad y le hacen un flaco favor a la salud de la República.

El autor es profesor titular de Derecho Constitucional en la UBA
Este ensayo está tomado de la edición del jueves 18 de febrero, 2010, del periódico La Nación, con el solo interés de divulgar la profunda claridad expositiva del Dr. Sabsay.

Ilustración de Huadi, tomada de la nota: "El kirchnerismo intenta recortar las facultades que tiene Cobos", de Laura Serra.