viernes, 8 de febrero de 2013

La economía del miedo

Por Kenneth Rogoff 
CAMBRIDGE (Massachusetts)


Publicado el 8 de julio de 2005



La economía mundial parece caminar sobre las aguas, indiferente a la escalada del precio del petróleo, la parálisis política europea, los préstamos insostenibles que toma Estados Unidos y los precios récord de las viviendas. ¿Será porque el optimismo de los inversores los lleva a confiar en que sus gobernantes sabrán administrarla, como querría hacernos creer el G-8? ¿O un miedo patológico, alimentado por acontecimientos tan horribles como los atentados de ayer en Londres, deprime las tasas de interés a largo plazo y, de ese modo, oculta un sinnúmero de problemas latentes?
Resulta demasiado obvio que esas tasas desmesuradamente bajas (aunque sujetas a ajustes inflacionarios) sirven para encubrir innumerables puntos débiles en la economía global. La escalada mundial de los precios de las viviendas sostiene la demanda de los consumidores en muchos países. Según un estudio reciente del FMI, la suba mundial de precios se explica, en gran parte, por el descenso constante de las tasas de interés de largo plazo. Europa ha sido menos favorecida, pero sus economías estarían mucho peor si dichas tasas remontaran hasta su promedio de los últimos veinticinco años.
De manera similar, América latina ha prosperado en estos últimos años, no obstante sus pesadas deudas y su desempeño variado en cuanto a reformas políticas. Las bajas tasas de interés a largo plazo impidieron que las deudas regionales se tornaran inmanejables, mientras que la gran demanda de los consumidores ayudó a elevar los precios de las exportaciones de commodities.
La formidable alza del petróleo, inducida por la guerra en Irak, ¿por qué no puso de rodillas al mundo como en tantas otras ocasiones? La respuesta es, una vez más: por las bajas tasas de interés.

Por lo común, un fuerte encarecimiento del petróleo pronto crea mayores expectativas inflacionarias, seguidas de un aumento de las tasas de interés para todos los plazos. Pero esta vez, aunque la Reserva Federal de Estados Unidos persista en elevar sus tasas crediticias a corto plazo para mantener a raya la inflación, las tasas de interés a largo plazo –que son mucho más importantes– han venido declinando por arte de magia.
En verdad, el país que más se ha beneficiado con este raro entorno de intereses bajos es Estados Unidos: se diría que todos toman dinero prestado, como si eso ya estuviera pasando de moda. Los propietarios de viviendas acumulan deudas, respaldados por su valorización. El Gobierno ha arrojado por la ventana la prudencia fiscal. El país entero absorbe un pasmoso 75 por ciento del superávit mundial de ahorros. Sin embargo, mientras las tasas de interés se mantengan bajas y el índice de crecimiento sea alto, los norteamericanos pueden reírse de quienes predicen que, con sus excesos, están sembrando las semillas de su ruina.
Pero si las actuales tasas de interés de largo plazo ayudan a tantas economías a caminar sobre las aguas, ¿por qué son tan bajas? ¿Se mantendrán así?
Quizá la situación sea mucho más frágil de lo que nos querrían hacer creer no pocos miembros del aparato de gobierno. Quizá la gente se sienta más insegura (y no a la inversa) respecto a su futuro lejano, a causa de sus miedos: al terrorismo, a una pandemia mundial o a una grave racha de crisis financieras.
Con esto no quiero decir que los inversores están histéricos, sino sólo que tal vez estén un poquito más preocupados por las perspectivas de largo plazo. Por eso se abalanzan sobre los bonos, los títulos y otros instrumentos de deuda que, con razón o sin ella, consideran seguros.
No hay otras explicaciones convincentes. Por cierto, los mercados emergentes se han entregado a un insólito frenesí ahorrativo –reconstruyeron sus reservas, mejoraron sus balances–, pero nadie espera que se perpetúe. Hasta Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal y oráculo en materia de tasas de interés, ha declarado que la situación actual es muy intrincada.
La historia indica que el ciclo expansivo de la tecnología mundial aún debe cerrarse, probablemente cuando Estados Unidos irradie al mundo entero los beneficios de su productividad y eleve las tasas de crecimiento en todas partes. Un rápido crecimiento global suele traer un aumento de las tasas de interés a largo plazo, a menos que la gente se sienta invadida por un nerviosismo profundo.
Supongamos que los inversores se inquietan frente al riesgo de que ocurra una catástrofe dentro de cinco o diez años. (Para los expertos en terrorismo nuclear y en pandemias, ese riesgo existe.) Supongamos que los inversores creen que, probablemente, el crecimiento mantendrá su vigor, pero quizá –sólo quizá– sobrevenga un derrumbe. En tal caso, es muy posible que coexistan tasas de interés bajísimas y un crecimiento fuerte.
Es cierto que algunos economistas nos señalan los tiempos felices de los 50 y comienzos de los 60, cuando Europa, Estados Unidos y Japón prosperaban, pero en general las tasas de interés permanecían muy por debajo del índice de crecimiento económico. Si aquella fue la edad de oro del crecimiento mundial, ¿por qué preocuparnos al ver hoy en día el mismo fenómeno?
Los optimistas olvidan que los años 50 y 60 fueron también un período de inseguridad masiva. Por entonces, muchas personas realistas temieron que estallara la tercera guerra mundial (y con razón, según muchos historiadores). El espectro del Apocalipsis ayudó a mantener baratos los créditos. Felizmente, los recelos más sombríos de los inversores no se cumplieron. Sólo cabe esperar que ahora suceda lo mismo y tampoco se cumplan.

Pero si la inseguridad es una causa importante, aunque oculta, del nivel récord al que han descendido las tasas de interés, el G-8 debería ser más prudente en su vanagloria. La psicología colectiva de los inversores es notoriamente frágil. Si alguna vez se tranquilizan, las tasas de interés se dispararán y eso bien podría poner en estado de ebullición los desequilibrios, hoy latentes, de la economía global.
© Project Syndicate y LA NACION
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel) .
El autor fue economista principal del FMI; actualmente, es profesor de Economía en la Universidad de Harvard.

domingo, 13 de enero de 2013

El afán de convertir los papelones en triunfos


POR SUSANA VIAU

Publicado en edición impresa Clarín 13 de enero de 2013
Hace unos diez días, en un departamento porteño, Guillermo Moreno reunió a dirigentes de Unidos y Organizados –La Cámpora, Kolina, Movimiento Evita– y de su propia tropa. La discusión se resumía en un punto: diseñar el peregrinaje que garantizaría que la entrada a puerto de la fragata Libertad se hiciera en una atmósfera de victoria. O, en otras palabras, que la Presidenta llegara a Mar del Plata en olor de multitudes . Allí, en ese departamento, se acordó el envío de micros bonaerenses con su pasaje de empleados públicos, militantes de las distintas tribus kirchneristas y un nutrido contingente de desposeídos que harían el trayecto de ida y vuelta en el día. Llegar, buscar ubicación, hacerle el aguante a la nave y a la jefa de Estado, escuchar el discurso y volver deprisa a los transportes. A eso se reduciría la estadía marplatense. La mayoría de los congregados por las organizaciones sociales nunca antes había estado frente al mar ; tal vez ninguno de ellos hubiera sentido jamás el golpe de una ola. 
Una nueva muestra de la sensibilidad nacional y popular: que los que nunca veranearon pudieran ver in situ cómo vacacionan otros en esa ciudad repleta de sombrillas y reposeras, saturada de olor a bronceadores y, así y todo, la única donde el Atlántico se vuelve tolerable para cualquier criatura empedernidamente urbana. Todo hay que decirlo: no eran las únicas víctimas de los antojos presidenciales. En el afán de convertir sapos en palomas, a la mujer barbuda en un hada y a los papelones en triunfos , la nave retenida durante dos meses en Tema debió esperar dos días fondeada en aguas argentinas mientras su tripulación postergaba de mala gana los deseos de reencontrarse con amigos y familiares. Un sacrificio ofrendado en el altar de las puestas de Javier Grossman que, caracterizado de Francis Ford Coppola, se paseaba por el muelle, feliz de la vida. El barco entraría a rada con las velas plegadas porque el viento podía apartarlo de la ruta milimetrada; lo escoltarían doscientas embarcaciones pequeñas; lo precedería una exhibición de acrobacias aéreas. El programa preparado por Grossman incluía un único discurso, el de la Presidente y, como cierre, un espectáculo de fuegos artificiales y dos himnos –el nacional y el de la bandera– cantados por los tenores favoritos, uno de ellos el hermano del mandamás del sistema de medios públicos, Tristán Bauer. Ernesto Bauer es el “espontáneo” que “sorprendió” a Cristina Fernández entonando, de golpe y porrazo, el Ave María durante el velatorio de Néstor Kirchner.
Nada fue lo que se esperaba: los barcos no se contaron por centenares sino por decenas, las piruetas de los aviones se parecieron sospechosamente a maniobras de fumigación , los fuegos artificiales resultaron de una pobreza franciscana y los tenores desafinaron . Sólo la Presidente retomó el tono épico que prometía la leyenda del afiche de Peronismo Militante: “Nosotros viento –decía–, la Patria Barco. Cristina Capitana”. La jefa del Estado, de espaldas al mar y con el cabello flotando al viento dio la bienvenida a la fragata. Dos líneas que sirvieron de introducción a una enumeración de sus luchas por el desendeudamiento y contra la acción de los fondos buitre y también y por sobre todo de su propia entereza. “No me pidan nunca un gesto de hipocresía o falsedad, con mis defectos, con mis errores, con mis horrores, soy como me ven, de una sola pieza, no miento, no engaño, me interesa la Patria, defiendo la Bandera, quiero que la memoria de El, de mi compañero, quede bien en alto”. 

No tiene abuela , la Presidente. Aunque, claro, se comprende. Intentaba recuperar la iniciativa tras una semana plagada de traspiés. La carta de respuesta a Ricardo Darín y a sus dudas respecto de la fortuna de los santacruceños supuso un error mayúsculo y le valió una avalancha de críticas. El argumento de que el patrimonio de los Kirchner ha sido el más auditado de la historia argentina había sonado a tomadura de pelo. Es que, contra cualquier práctica republicana, los argentinos ni siquiera están habilitados para acceder al sueldo de quien los gobierna, mucho menos a informarse de cuántos y de qué magnitud son los aumentos que recibe. Para peor, el asado en la ESMA reabrió lapolémica en torno de la autenticidad de la pasión K por los derechos humanos . De nada valieron las explicaciones acerca de las resignificación del dolor y su transformación en alegría: los Kirchner no son personas autorizadas para sostener esas teorías. Hace dos años y medio que Cristina Fernández exhibe un luto riguroso y, que se sepa, aún no se ha mostrado dispuesta a permitir la instalación de parrillas o el dictado de cursos de cocina en el descomunal mausoleo patagónico de su marido.
Veinticuatro horas más tarde y antes de su viaje volvió a dirigirse a los ciudadanos. Esta vez en cadena nacional y para anunciar la “ratificación del pago del primer anticipo del contrato” para adquirir material ferroviario. Vagones comprados en China que, para honrar al proceso industrializador que propone el “modelo”, no tienen ni un tornillo de fabricación nacional . Sin embargo, con los ojos puestos en el futuro promisorio, no hubo tiempo ni espacio para recordar la tragedia de Once, 52 cadáveres que obligaron a poner en foco la situación de altísimo riesgo que, en cada viaje, afrontan los usuarios y hacen del transporte ferroviario un deporte extremo.

Pese a que, frente a la fragata, había recordado con vehemencia aquel bando sanmartiniano que prometía luchar hasta “en pelotas, como nuestros hermanos los indios”, tampoco se refirió al por cierto bien llamado etnicidio de los Qom y al que, hasta el jueves, pareció ser el último, salvaje asesinato de un adolescente de esa comunidad. La del niño despellejado y destrozado a golpes no es una historia policial . Es una historia del prejuicio, de una espeluznante, sorda batalla por la tierra, esconde oscuros intereses económicos. Los ejecutores de esa masacre en cuotas gozan de protecciones políticas y policiales. Ahora es el cuerpo de un sobrino del cacique Félix Díaz (expulsado por las huestes de Andrés Larroque de su acampe en la avenida 9 de Julio, a mediados de 2011) el que debe ser exhumado. Dicen que el chico, de 16 años, murió atropellado en una ruta. En todo caso, la misma manera de dejar este mundo que, a las cuatro de la tarde de un soleado día de mediados de diciembre último, eligieron Celestina Jara y su nieta, Yanina Coyipé, de diez meses. Calcado a lo que le pasó a Roberto López, a Mártires López y casi igual que el extraño episodio que vivió el cacique Díaz, cuando le tiraron encima una camioneta que a duras penas logró esquivar. Son distraídos, los Qom. Son irresponsables. Y lo peor, no escarmientan. Habrá que recomendarles un curso de seguridad vial.

domingo, 6 de enero de 2013

Cómo será el mundo en 2013


Estados Unidos recuperará peso internacional y buscará negociar, antes que iniciar nuevas guerras. China crecerá al 8% y será un competidor del sistema democrático. Europa seguirá en crisis. El poder oculto de los mercados.

Por Dante Caputo
Publicado por Periódico Perfil 6/01/2013  

El jefe de la Iglesia Católica dijo hace pocos días que “el bien está destinado a triunfar”. No aclaró cuándo se produciría tal victoria ni en qué consistía el bien. Podemos imaginar que se trata del bienestar general, aunque en boca del Papa puede querer decir otra cosa. Pero la indefinición que debería causar mayor inquietud es la vinculada al momento en que ocurriría tal suceso, porque para nosotros, mortales, seres con inicio y fin, el tiempo en que pasan las cosas tiene importancia.
Nada hay de seriamente criticable en el anuncio, puesto que triunfará el bien y no el mal, y sucederá alguna vez. De manera que si pasa, tanto mejor y si no, nada cambiará demasiado; seguiremos con la manera en que llevamos nuestros asuntos.
En cambio, hay una palabra que es dañina: “destinado”.
No hay destino, hay futuro. El futuro es el resultado de la construcción humana, en cambio el destino es el ineluctable despliegue en el tiempo de hechos decididos.
Como es sabido, en ocasiones nuestra creencia en que ciertas cosas pasarán nos conduce a dar los pasos necesarios para que sucedan; entonces, curiosamente, homenajeamos la grandeza del destino que se cumple en lugar de felicitarnos por nuestra persistencia para alcanzar lo que nos proponemos.
Macbeth, luego de que las tres brujas se lo anunciaran, creyó que en su destino estaba ser rey. En realidad, las brujas no deben ser congratuladas por haber sabido lo que iba a suceder, sino por poseer la capacidad para convencer. No anunciaron el futuro, convencieron a Macbeth para que lo construyera.
No habrá destino para 2013. Tendremos lo que construyamos, aun contra lo que se cree que va a suceder. La idea de destino desgasta la voluntad de las sociedades. ¿Para qué hacer o evitar lo que de todos modos acontecerá?
El futuro, 2013, será la combinación de la herencia recibida con las voluntades de quienes tienen poder, con los hechos del azar (forma para designar las causas que ignoramos) y, en gran parte, con lo que las sociedades buscan y creen. Esto último, difícil de definir o de describir, se refiere a un cierto espíritu social, a veces pasivo o vencido, otras veces inquieto y explorador, que deviene el escenario donde la herencia, el poder y el azar despliegan su obra. 
Hoy los estadounidenses retoman algunos de sus impulsos con los que crearon la potencia de su sociedad; los europeos temen y dudan, con lo cual la incertidumbre domina su futuro, y los chinos agregan engranajes a la portentosa maquinaria que han creado, de la cual no dudan que nacerá su superioridad.
En estas tres sociedades, que están en la base de la actual trama de las relaciones mundiales, nadie cree (o casi nadie) que sus futuros se producirán independientemente de sus opciones y sus esfuerzos. Algunos temen y otros confían, pero todos tratan de luchar.
En este año China no tendrá involuciones. Acaba de atravesar el proceso de renovación de su dirigencia sin que se haya producido ninguna dificultad relevante. Lo que hace tres o cuatro años se suponía que sucedería, pasó y seguirá pasando. A su vez, el crecimiento económico se relanza, luego de la caída relativa de los últimos tres años. La previsión es un aumento del PBI para 2013 superior al 8%.
La identificación de algunas cuestiones que pueden entorpecer su desarrollo comienza a exponerse con crudeza ante la opinión pública. En particular dos: los altos niveles de corrupción entre los dirigentes y las brechas crecientes en materia de ingresos. Los regímenes autoritarios difícilmente son autocríticos; sin embargo, el caso chino no parece seguir esta regla. Un sistema político autoritario con capacidad de rectificación y control se convertirá en un serio competidor del sistema democrático.
Por lo tanto, la evolución china no debería medirse sólo en términos económicos y tecnológicos, sino en las novedades que puede introducir en los modos de organización política.
En Estados Unidos, como anoté más arriba, los cambios positivos que continuarán este año no son hechos espectaculares ni deslumbrantes. Se trata más bien de un lento y profundo proceso de reencuentro con su tradición transformadora. La reelección de Obama es un signo de esos cambios. En esta ocasión, en el voto no hubo romance sino razones. La mayoría se alejó de las peligrosas provocaciones del Tea Party, toleró los fracasos de su presidente, comprendió los avances, cambió los sueños de la transformación por una realidad un poco mejor. El país que durante un siglo y medio no tuvo guerras en su territorio sintió luego de mucho tiempo el inmenso impacto de la crisis económica en su interior.
Estados Unidos recuperará peso internacional y, seguramente, inaugurará modos nuevos de vincularse con el resto el mundo, más bien basados en el ejercicio diplomático que en la amenaza del uso de la fuerza. La OCDE estima en 2% el crecimiento de ese país para este año.
Los cambios en la política estadounidense permiten esperar que en 2013 tengamos menos guerras, con la excepción probable de Siria. 
Europa seguirá convulsionada. De los tres grandes polos mundiales, en éste el pronóstico es incierto. La señora Merkel anunció que la situación económica será más compleja en Europa que la del año que concluyó. Puede no serlo, pero en este caso la herencia recibida y el escepticismo social pesarán mucho. La situación española es mala, con la posibilidad de la secesión catalana; no debería excluirse que 2013 concluya con el Reino Unido fuera de la Unión; Italia puede presentar un nuevo frente contra las políticas impulsadas desde Berlín, si triunfa la centroizquierda en las elecciones de febrero; Grecia sigue siendo un país al borde del estallido. Este año se prevé un aumento del PBI casi no perceptible: 0,4% en la Unión y 0,1% en la Eurozona.
Finalmente, el polo en las sombras. El poder fuera de los Estados y los territorios, al cual Benedicto XVI denominó en su saludo de fin de año “el capitalismo financiero no regulado”. Sobre su comportamiento, espero que comprenda, lector, por ahora prefiero incluirlo en el universo del azar.
América latina no debería recibir impactos negativos del mundo probable de 2013. Venezuela perderá peso político y Brasil lo aumentará. Iniciativas como Unasur atravesarán una etapa crítica en la que podrán sobrevivir con el prudente liderazgo de Brasil o ingresar al cementerio de proyectos, como solía decir mi colega Oscar.
El resto de nuestros países tendrán historias más divergentes que las de los años pasados. La proyección de Cepal para 2013 estima 4% de crecimiento del PBI para los diez países sudamericanos, entre ellos Brasil con 4% y Argentina con 3,9%. Nuestro país seguirá viviendo con síntomas de crisis en la década de más alto crecimiento de su historia.
En fin, lector, para conocer cómo será 2013 resultará más útil mirar a las sociedades que escuchar a las brujas.

lunes, 13 de agosto de 2012

El stand-up de la Presidenta


Lo que dice el nuevo estilo oratorio de Cristina Kirchner
Por Beatriz Sarlo | Para LA NACION

La Presidenta ha cambiado notablemente su oratoria. Todos los observadores coinciden en que está "más suelta". Yo diría que muchas veces se muestra sencillamente pintoresca.
Antes de esta transformación, desde la muerte de Néstor Kirchner en sus discursos incrustaba bloques de alto dramatismo, cuando mentaba, con la voz estrangulada por la emoción, su soledad y su voluntad de sobreponerse. La intensidad, aunque no ha desaparecido, hoy dura menos. En su lugar, están las ocurrencias de una espontaneidad libre de ataduras, que trae anécdotas, gustos, recuerdos, diálogos con la platea, bromas, sonrisas, miradas de costado, revoloteo de manos y pasos de baile tan expresivos que no sería justo citar sólo por escrito, sin los gestos. No voy a citar, me voy a privar de esa prueba que puede verse en www.presidencia.gov.ar/discursos .
El stand-up comedy presidencial, es decir el momento en que Cristina Kirchner improvisa en primerísima persona, tiene un público que parece disfrutar de esa fórmula escénica. Hace dos días, detuve el cuadro de video sobre una panorámica que mostraba a ese público en un salón de la Casa de Gobierno. Lo vi a Filmus riéndose ante un intercambio de datos sobre el origen étnico del comandante Chávez; quien los proporcionaba a la Presidenta era el secretario de Comercio, que se tocó la cabeza e hizo el gesto de enrularse el pelo. Rápida, la Presidenta captó que los gestos de Moreno sugerían que Chávez tenía mota. Y fue ésa la palabra que empleó. Me imaginé a un Filmus políticamente correcto, en alguna otra vida pasada, predicando ante unos niños que con esas cosas no debía bromearse. Hasta que festejó ese momento del stand-up presidencial, Filmus era un señor correcto, serio, con cara de aburrido, convencional. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Qué creen que se les pide? ¿Qué temen si no se ríen con obsecuencia?
Lo que le pase a Filmus, en realidad, tiene poca importancia. Dejará de reír y seguramente se sentirá más cómodo con un cambio en el estilo presidencial. Las salidas de tono de la Presidenta, cuando incursiona en el stand-up, son la incógnita para analizar. En el pasado, el registro más usual de Cristina Kirchner (mientras fue diputada y senadora) era tecnocrático. Hablaba de corrido una jerga de informe socioeconómico. Era evidente que se aplicaba a preparar esas intervenciones que luego hacía "de memoria". Después de presidentes que improvisaban mal y no aprendían de memoria, como Menem, ganaba de punta a punta. Kirchner era un orador directo, pasional y desgalichado; por el contrario, su esposa parecía la universitaria del tándem. Le faltaba algo para ser una oradora tan buena como se creía: no tenía temperatura escénica (a lo Lula) ni parecía una académica destacada (a lo Fernando Henrique Cardoso o Ricardo Lagos).
Se dirá que estas cuestiones carecen de importancia política. Creo, en cambio, que son importantes, porque no muestran simplemente modos de hablar, sino la relación que alguien mantiene con su propia imagen pública. Cada uno habla del modo en que se siente autorizado a hablar por sus antecedentes o su poder.
Cristina, en esta nueva forma de su oratoria, habla como alguien que piensa que sus más triviales ocurrencias pesan y, por lo tanto, deben ser comunicadas a la ciudadanía. Mientras su oratoria fue tecnocrática y populista (una buena mezcla), era unánime la opinión de que se adecuaba a las necesidades de su lugar político. Se toleraban sus sarcasmos, porque se los consideraba una manifestación de su inteligencia. Después, cuando atravesó el capítulo dramático de poner en escena el dolor y el duelo, recibió la paciente solidaridad de sus oyentes. Ahora, en este giro hacia el stand-up, corre un riesgo que antes no corría: ¿es graciosa cuando canta un jingle o revolea los ojos? Si la parodia falla, el stand-up se desmorona.
Hay una sombra de omnipotencia en este nuevo estilo oratorio de la Presidenta. Los buenos oradores políticos conocen perfectamente cuál es su género y, sobre todo, saben que no todos los géneros les quedan bien. La Presidenta parece haber perdido esta capacidad de distinguir.
A esto podría responderse con dos objeciones. La primera es que sus discursos son exitosos. Tal afirmación es incomprobable, salvo que las plateas cautivas de la Presidenta sean tomadas como adecuada muestra sociológica (como si las risas grabadas de la televisión sirvieran para probar el alto rating de un programa). La segunda objeción es que todo mi argumento carece de importancia y que lo que importa en los políticos es lo que hacen, no lo que dicen.
Es un error separar la acción política del discurso que la acompaña. El estilo de la explicación indica mucho sobre la idea que un político tiene acerca de sí mismo. El profundo autocentramiento de la Presidenta es tan visible en sus discursos como en el verticalismo que es el sello de su gobierno. La forma de sus teleconferencias enfatiza su concentrado personalismo para dirigirse a gobernadores, intendentes o (peor aún) gente de lugares alejados donde se inaugura o reinaugura una obra. Parece una señora que habla con subordinados, a los que trata con una confianza condescendiente que ellos jamás podrían devolver: bromas, preguntas, comentarios van en dirección única, de arriba para abajo. Es paternalista un discurso que coloca a su interlocutor en un lugar desde donde no puede responder sino celebrando a quien le habla. En la primera mitad del siglo XX, se llamó a este estilo populismo oligárquico, de patrón de estancia. Hoy es populismo de burguesa próspera, convencida de que todos sus actos son para beneficiar a esa pobre gente que la escucha.
Sintonizo con frecuencia el canal Unasur. Allí puede escucharse a Chávez, un colorido orador antiimperialista, seguro dentro de esa cultura, y con sensibilidad verbal para diferentes registros: de la maldición a la amenaza, de la promesa a la confianza. Independientemente del juicio que se tenga sobre su política, Chávez tiene estilo. Los discursos de la Presidenta no pertenecen a esa tradición, como si no los hubiera practicado antes. Esto es particularmente evidente cuando se mete en la historia del siglo XIX y primera mitad del XX, con la insegura brevedad de alguien que no avanza por campo conocido.
Todo esto conforma una personalidad política (no hablo de inabordable psicología, sino de rasgos ideológicos). Todos los grandes dirigentes han sido juzgados no sólo por sus obras, sino también por sus discursos, desde Sarmiento hasta Perón. Los discursos son una de las materias en que se expresa y se define un estilo de gobierno y una concepción del poder. El centralismo verticalista produce una atmósfera de encierro, en la que Cristina Kirchner se mueve como si fuera el medio más favorable a su espontaneidad. Si un dirigente cree que está autorizado a decir cualquier cosa en cualquier momento, incluso malos chistes, ha perdido una conciencia de los límites dentro de los que se ejerce siempre, en todas partes, un poder que sea legítimo no sólo por los fines perseguidos, sobre los que puede disentirse, no sólo por los medios utilizados, que pueden discutirse, sino por las formas de comunicarlos.
Cristina Kirchner dijo que, en caso de usar un poco menos la cadena nacional, los opositores malévolos ya estarían preguntándose dónde está la Presidenta. Probablemente tenga razón. Ella es responsable de haber elegido esa incesante estrategia mediática. Si la deja de lado, es obvio que deberá reemplazarla por otra para evitar la pregunta que supone inminente, ya que la oposición en todas sus variantes le parece un ejército cuyo único impulso son las malas intenciones.
© La Nacion

sábado, 4 de agosto de 2012

Si no hay castigo, no hay justicia

Los permisos para que los presos tengan salidas transitorias 


Por Diana Cohen Agrest  | Para LA NACION



Desde siempre, las sociedades humanas presentan constantes naturales: todas reprueban social y penalmente el quebrantamiento de las normas. Desertor de los valores que sostienen el entramado social, el delincuente es aquel que transgrede la ley positiva históricamente situada. De allí que salvo condiciones excepcionales -guerras y revoluciones-, la protección ante la delincuencia es la intervención de la ley positiva en una dimensión moral que se puede calificar de universal: no provocar el sufrimiento del otro.
Dicha interdicción se instauró tras el reconocimiento de que el delito es consustancial a la condición humana: no es por azar que el relato del Génesis, tras narrar la expulsión del Paraíso, prosiga con el crimen inaugural de Caín perpetrado contra su hermano Abel. Según la narración bíblica, un Dios omnipotente castigó al victimario con una marca en su frente, estigma que lo preservaría del castigo humano y que acompañaría el derrotero existencial de Caín.
Antes de la celebración del hipotético pacto que fundó la sociedad civil, los particulares vengaban por su propia mano la afrenta sufrida: el hombre se cobraba el mal perpetrado por otro hombre. Con el devenir de la historia, esa oportunidad le fue arrebatada a la víctima y fue delegada en los poderes públicos -eclesiásticos y luego civiles-. Manos humanas que, en la Argentina que nos duele, las más de las veces son ajenas al dolor de la pérdida e indiferentes a la escisión definitiva e irreparable instaurada por la muerte de quien amamos.
En una interpretación disparatada de la Constitución Nacional, hoy asistimos a la propuesta (sin duda, innovadora en el mundo, también en esto somos "los primeros") de que los presos gocen de salidas transitorias "culturales" con el fin de "militar" (paradoja del lenguaje, pues si hay una palabra que carga en el imaginario social con una suerte de pecado de origen es esta expresión hoy sintomáticamente resignificada). Además de los intereses en juego, este empoderamiento del delincuente invierte el orden simbólico y, en un mecanismo de admiración inconsciente, celebra al victimario, quien es, al fin de cuentas, el ganador que "pudo" con la víctima, mientras que la víctima es el fracasado. Porque es mejor identificarse con el triunfador, quien se animó a hacer -y triunfó en su "ejecución" (¡otra paradoja!) de un acto que, según parece, anida como deseo en el inconsciente de muchos.
Los ideales que sustentan la laxitud normativa -rebajados a una presunta rehabilitación del convicto- son desmentidos por el alto porcentaje de reincidencias. Por supuesto, si por "rehabilitación" se entiende "resocialización", esto es, la oportunidad de volver a vivir en el seno de la sociedad y de continuar delinquiendo, esa asimilación semántica implicaría que la "resocialización" y el vivir del delito no serían mutuamente excluyentes, lo que se da de hecho en las políticas vigentes de excarcelación de delincuentes.
Fundándose en una teoría agnóstica del castigo que parte de la premisa de la ineficacia punitiva, en particular, de la pena privativa de libertad, se alega que la excarcelación es una de las vías propiciadas para descomprimir las lamentables condiciones de la realidad penitenciaria. Pero es una inconsecuencia lógica argumentar que porque las penas no disuaden del delito, deberíamos eliminarlas (porque las penas alternativas son un eufemismo, no son penas).
Esta inconsecuencia descarta otra posibilidad: mejorar el sistema carcelario y, fundamentalmente, en los casos de delitos en contra de la vida o de la integridad de las personas, imponer penas proporcionales a ese delito. El experto canadiense en seguridad Irvin Waller, en una nota publicada en LA NACION, señalaba que "en Bogotá se logró reducir fuertemente la tasa de homicidios en un plan que fue mantenido por tres alcaldes. Primero es necesario el diagnóstico. Y ése no es un tema de la policía porque se necesita una planificación general del Estado para dar respuestas efectivas. Allí se focalizó, al principio, en el control de las armas de fuego, el acceso al alcohol y las condiciones de vida en los barrios de mayor violencia, además de luchar fuertemente contra los crímenes de venganzas de sicarios y proteger a las víctimas de delitos. Los resultados muestran que el éxito es posible". Sin una férrea voluntad política de luchar contra el crimen cotidiano y una transformación de las causas sociales que lo cobijan es imposible recuperar el tejido comunitario. Ese es el desafío que nos espera como sociedad.
Quienes persisten en seguir modelos noruegos o finlandeses, sin embargo, descartan una segunda dimensión del castigo, la retributiva. En las páginas de Sobre la justificación moral del castigo , Eduardo Rabossi declaraba que mientras quienes defienden el poder de disuasión de la pena afirman que se castiga para disuadir al delincuente o a otros de continuar delinquiendo, en cambio, quienes defienden la tesis retribucionista sostienen que el castigo en general se justifica porque el ofensor cometió un delito. El castigo es entonces el resultado de aplicar una norma en la que se estipula una pena para cierta clase de actos, y aplica dicho castigo a un caso particular. Pero allí se hace una distinción entre el legislador y el juez. Si se toma en cuenta la ley penal, "cuando el legislador establece que determinado tipo de acciones deben ser penadas con tal o cual castigo, mira hacia el futuro y si tiene presente hechos pasados, sólo es como motivación de su proceder". En cambio, concluye Rabossi, cuando el juez aplica una sanción mira hacia el pasado, porque "lo que le interesa es determinar la culpabilidad efectiva del supuesto ofensor", y si mira hacia el futuro, por ejemplo al efecto reformador que pueda tener la pena, "sólo es como algo derivado de su culpabilidad". En lugar de sacrificar uno de los dos criterios sancionatorios clásicos, ambos se reconcilian en el justo castigo.
De la Justicia pública siempre se esperó, cuando menos, que el mal cometido nunca llegara a ser conmutado. Jamás se espera que repare aquel mal intrínsecamente irreparable (el homicidio o la violación no son condiciones que puedan remediarse), ni tampoco se espera que cometa un nuevo mal (tal como sería la tortura).
Sin embargo, la Justicia pública desprecia la lógica retributiva que gobierna todas las otras actividades humanas: la retribución se ejerce tanto en la economía basada en la noción de intercambio como en la política fraguada en las lealtades y hasta en el intercambio cotidiano de regalos o favores. Pero suele ser descartada en la ejecución de la pena cuando se exonera al victimario de su cumplimento. Demonizando cualquier atisbo de un presunto "afán vindicativo", se contradice esa lógica inherente a la condición humana, conmutando la pena y, en el mismo gesto, burlando la buena fe de las víctimas sobrevivientes que han renunciado a devolver personalmente un mal con otro mal.
Cuando el Estado expropia la venganza, se compromete a sustituir su función primordial. Si ese compromiso no se cumple, el Estado es un Leviatán que destruye los lazos comunitarios una y otra vez desgarrados por el dolor de una impunidad que, en el mejor de los casos, nutre el sentimiento de impotencia, y en el peor, el horror del resentimiento. Ese mismo Estado omnipresente en la persecución de los ciudadanos es ejecutor, por omisión, de esas miles de vidas expropiadas por un sistema inerme que no cuidó de lo más valioso y, frente al dolor de lo irreparable, responde con la negación, el silencio y el olvido.
El filósofo Paul Ricoeur señalaba una rigurosa sucesión de conexiones: donde hay normas sociales, decía, "hay posibilidad de infracción; donde hay infracción existe lo punible, ya que el castigo tiende a restaurar la ley al negar simbólica y efectivamente el daño cometido en detrimento del otro, la víctima. Si el perdón fuera posible a este nivel, consistiría en levantar la sanción punitiva, en no castigar allí donde se puede y se debe castigar. Esto es imposible directamente, pues el perdón crea impunidad". Donde no hay castigo, no hay orden simbólico y donde no hay orden simbólico, no hay justicia.
Como una impostora, se instaura una injusticia alentada por los mismos que nos prometieron otra historia. Esa historia que hoy se inscribe en el borramiento del mal cometido, en la exaltación de la transgresión, en el aniquilamiento de los valores más elementales, en un vaciamiento del entramado simbólico que sostiene el entramado social.

Retomar el rumbo perdido

El rescate de deuda y la falta de confianza en la economía


Por Roberto Lavagna 
Especial para La Nación



Los primeros días de nuestra gestión, a fines de abril de 2002 y ya desatada la más grave crisis en más de un siglo, estuvieron signados por la fragilidad del orden social en el conurbano bonaerense -que había sido escenario de desórdenes y saqueos en los meses previos-, la ira cotidiana de nutridas manifestaciones de clase media frente a los bancos en el microcentro -que habían tapiado sus frentes, agregando desolación al paisaje urbano- y una virtual anarquía en el Congreso y en la política en general. Anticipándose una década a los "indignados" europeos, el hilo conductor de la protesta local se había sintetizado en el "que se vayan todos".
El componente fundamental de aquellos primeros días de gestión fue la generación de confianza, algo sutil e inasible, que se siente o no se siente pero que no se compra ni se vende, a pesar de que, como vemos hoy, muchos esfuerzos marketineros intentan tratarla como una mercadería y venderla a partir de cuidadas y no tan cuidadas puestas en escena, como si fuese un objeto apropiable.
Fue en aquel momento cuando nuestro equipo decidió la emisión del Boden 2012 como medio para evitar la exigencia de los bancos, del FMI y de algunos sectores locales de hacer un canje compulsivo de los depósitos del público. Se trataba de flexibilizar la rigidez de los depósitos reprogramados congelados -implementados antes de nuestra gestión como forma extrema e inútil de frenar la corrida bancaria- y de introducir así dosis "voluntarias" en la solución. La corrida, se recordará, se había acelerado a mediados de 2001 y desde comienzos de 2002 avanzaba destruyendo todo a su paso. Aquella crisis y sus prolegómenos implicaron una destrucción de riqueza para la Argentina del tipo de la que habíamos sufrido a causa de la crisis mundial originada en Wall Street en 1929.
Afortunadamente, el conjunto de la sociedad argentina puso todo su empeño para salir de la crisis, asumiendo las profundas correcciones macroeconómicas que se introdujeron para superar la parálisis de la segunda mitad del período de la convertibilidad, lo que permitió que rápidamente se retomara el sendero virtuoso de la producción y el empleo. En forma gradual pero firme, los ciudadanos, y luego los mercados, interpretaron constructivamente los esfuerzos de diseño e implementación de nuestro plan de "normalización, recuperación y crecimiento" de salida de la crisis.
Para eso tuvimos que obrar con convencimiento, con imaginación y creatividad, respetando los principios básicos de las reglas económicas en una crisis profunda, y al mismo tiempo recuperando el poder de decisión nacional, aunque eso contradijera los deseos del Fondo Monetario Internacional. Por aquellos días el mundo miraba con incredulidad cómo la Argentina se ponía de pie; y dentro del país, los agoreros de los peores escenarios iban llamándose a silencio. Hicimos muchas de las cosas que entre 6 y 7 años más tarde el mundo desarrollado tuvo que hacer para evitar un colapso derivado de los excesos financieros; decisiones que en 2002, cuando las adoptamos, eran rechazadas por la ortodoxia cerrada, se transformaron así en aceptables. 
Rápidamente alcanzamos el equilibrio fiscal y la estabilidad de precios (0,3% mensual en el trimestre octubre/diciembre 2002), alejando el riesgo de hiperinflación, lo que requirió firmeza al decir que no a muchos reclamos, algunos de ellos justos, cuya satisfacción no era posible por la escasez extrema de recursos que padecíamos. Luego vino el superávit fiscal, de la mano del restablecimiento de la competitividad y del aumento del empleo. Dureza y selectividad fiscal y flexibilidad monetaria, en el marco de un círculo virtuoso de recuperación y crecimiento, fueron las bases de la recuperación que nos acompañó hasta el fin de la gestión en el Ministerio de Economía, a fines de 2005.
Mucho más allá de los contenidos editoriales, la fuerza comunicacional de la imagen televisiva bastó para que la sociedad argentina reconociera la gestión profesional de gente comprometida, gente normal, que con mucho esfuerzo y trabajo fijó el rumbo para alcanzar la recuperación en base a un diagnóstico acertado, sin estridencias, sin jactancias, alejados de la soberbia que con excesiva frecuencia se apodera del discurso económico en nuestro país. Baste sino, en contraposición, recordar el distanciamiento de la realidad que denotaba el discurso que pretendía imponerse muy poco tiempo antes del estallido de la crisis de diciembre de 2001.
A diez años de la emisión del Boden 2012, a quienes trabajamos en su concepción e instrumentación nos hubiese gustado que el momento de su rescate hubiera coincidido con una economía en pleno crecimiento, con estabilidad, con mejoras sociales duraderas, y que nuestras relaciones financieras con el mundo estuviesen totalmente normalizadas. Seguir en default con el Club de París, por caso, es inexplicable. Nos impide, por ejemplo, abastecernos de maquinarias y equipos de última generación en las condiciones crediticias como las que obtienen los países vecinos. Ese incumplimiento continúa contaminando todos los esfuerzos del sector privado y atenta contra nuestra competitividad.
También hubiera sido plausible que al madurar aquella emisión nuestro país, y sobre todo el sector de inversión y creación de empleo privado, hubiese estado en condiciones de aprovechar las bajísimas tasas del mercado internacional para financiar la modernización de la estructura productiva y de una infraestructura vetusta, que literalmente pone en riesgo e incluso sesga la vida de los argentinos. Es tan malo un país con muy alto endeudamiento como el de los años previos a la crisis de 2001, como un país con una sub-inversión profunda como la Argentina actual.
Tampoco el Gobierno supo darle continuidad a la política financiera de estos años, que era parte integrante del canje de deuda de 2005. Ya al momento del canje habíamos dejado explícitamente planteado un camino de recompra de deuda que apuntaba a neutralizar el efecto presupuestario de las Unidades del Crecimiento (cupón del PBI). Está escrito en el prospecto de emisión. Nada pasó. En cambio, en la usina del relato oficial hoy se debe estar analizando cómo presentar "en sociedad" a fin de año el pago anual del cupón que, como consecuencia de un crecimiento importante, se ha ido elevando en los últimos años. El rescate de las cupones para reducir los pagos debió hacerse como estaba previsto, el grueso no mas allá de 2008, calladamente, como se hacen las políticas de intervención en el mercado, en una tarea que habría insumido a lo sumo unos 20 días de trabajo de profesionales experimentados. Eso, claro está, no forma parte del relato.
Al término de nuestra gestión la soja rondaba los 214 dólares la tonelada; hoy supera los 640, además de la suba de otros granos. Desde 2007, la situación internacional le ha dado muchas oportunidades a la Argentina, en particular con el alza de los precios de las principales exportaciones, que han subido todavía más en los últimos meses. Contrastando con esa abundancia de recursos, el manejo de la economía, tanto por inexperiencia como por falta de imaginación, muchas veces producto de anteojeras ideológicas y/o de una sovietización a la criolla, nos han llevado a la situación actual, caracterizada por la desconfianza, la desinversión, el ahogo del sector privado y crecientes y justificados reclamos de los sectores sociales mas frágiles.
La reinstauración del peso en las transacciones y en el ahorro, que impulsamos creando el CER, manteniendo baja la inflación y transformando de manera voluntaria deuda externa en dólares en deuda en pesos (canje de 2005), dio ahora paso a la desconfianza creciente en la moneda nacional y alentó la fuga neta de capitales desde 2006 en adelante.
Hoy y acá sólo hay que festejar políticas económicas que nos lleven a asegurar el crecimiento y el bienestar a todos los argentinos. Para eso hay que retomar el rumbo perdido.


Los errores de discurso de Cristina


Jorge Oviedo
Especial para La Nación

En su discurso en la Bolsa de Comercio, Cristina Kirchner cometió una serie de errores e inexactitudes, entre los que se cuentan:
-"Yo era diputada nacional y me acuerdo de que meses antes del desastre [de 2001] se sancionó una ley, que se denominaba de intangibilidad de los depósitos. Según el gobierno de la Alianza, era una señal muy fuerte para los mercados, a los efectos de asegurarle que la gente iba a tener el dinero que le iban a devolver los bancos. Como si la economía pudiera manejarse por leyes y la confianza y la garantía te la pudiera dar una ley."
El proyecto comenzó a tratarse el 15 de agosto en la Cámara baja sobre tablas por pedido del diputado del PJ Miguel Angel Pichetto, actual jefe del bloque kirchnerista del Senado.
-"Recuerdo, bien sentada a mi derecha, porque era la diputada Ana María Mosso (...) que hizo una gran y perfecta objeción a lo que era esa ley de intangibilidad diciendo que no iba a servir de nada."
La versión taquigráfica menciona a Mosso no como opositora, sino como autora de uno de los proyectos. Se aprobó rápido y sin objeciones. No hay en la versión taquigráfica ningún discurso contra el proyecto.
-"Lo que hay es una formidable crisis especulativa (...) a partir de una crisis que conocimos muy bien, y que fue el estrangulamiento del sector externo. Esto es el endeudamiento del sector externo público y el endeudamiento del sector externo privado, y del sector externo familiar."
En todo caso se trataría del endeudamiento externo del sector público y privado, que no es lo mismo. Durante la convertibilidad, personas y familias se financiaron con créditos en moneda extranjera, que no eran "externos" y por eso pudieron pesificarse.
-"Los otros dos grandes momentos de endeudamiento se dan durante la dictadura (...). Allí el sector privado fue fundamentalmente el endeudado y que culminó con la estatización, que el doctor Cavallo y obviamente el Gobierno, sostuvieron (...). Entonces se estatizó la deuda que finalmente son los bonos Par, los bonos Discount, etc., etc., que terminaremos de pagar recién en el año 34. Hay bonos que se emitieron en aquel momento que son con legislación de Nueva York."
En la dictadura aumentó mucho la deuda en moneda extranjera. Con las devaluaciones de 1981 se rompió la promesa de depreciación predecible de la "tablita". Se dio al sector privado un seguro de cambio para cancelar las deudas. Varios economistas señalan que el problema fue que cuando Cavallo ya no estaba en el Banco Central no se lo adecuó correctamente por inflación. El default fue en 1982, lo renegoció sin éxito Alfonsín y luego se hizo el acuerdo Brady en 1992. Entonces se emitieron los Par y Discount, no en la dictadura. Se defaultearon. Los Par y Discount que hoy existen los emitió Kirchner.
-"Luego vino el segundo período de endeudamiento, la convertibilidad, y para sostener la ficción de que un peso era igual a un dólar. Nos endeudamos, inclusive, para sostener gastos corrientes y además desprendiéndonos de bienes. Algunos, afortunadamente, hemos recuperado."
Según los estudios más serios, la mitad del aumento de la deuda en el gobierno de Menem reconoció cuentas impagas con jubilados, proveedores del Estado, personas perseguidas, secuestradas o despedidas de sus empleos públicos por la dictadura, acusados de "subversivos".
Néstor Kirchner, fue un gran apoyo de Menem para privatizar YPF. En 1999 la Nación, Santa Cruz y todas las provincias petroleras vendieron a Repsol las acciones que en la privatización de 1993 habían conservado y dieron el control a los españoles.
-"La deuda pública total contra Producto Bruto Interno: en el año 2002, significa el 166% de nuestro PBI, hoy significa el 41,8."
Comparó contra el peor momento, cuando el PBI medido en dólares se había derrumbado por la brusca devaluación y cuatro años de recesión. Sólo a fines de 2001 la deuda pública superó el 50% del PBI. El PBI en dólares estaba sobrevaluado por el atraso cambiario. Pareciera que hoy ocurre algo parecido. Tras la reestructuración, los niveles de deuda no tienen un diferencia tan grande respecto de los últimos años de la convertibilidad.
-"Deuda Pública Total en poder del sector privado, en moneda extranjera, contra PBI: en 2002, 92%; (...) Cuando se pague el Boden 12 - vamos a pasar a deber solamente el 8,4%."
Pareciera que no computa la deuda por fallos adversos del Ciadi, que el Gobierno no paga. Excluye la deuda con el Club de París, en default hace 11 años, que podría superar los US$ 8000 millones. También la deuda con Venezuela por importaciones de fueloil. Y seguramente tampoco una previsión de indemnización a Repsol por la expropiación de YPF.
En la deuda total, seguramente no incluyó los fallos en favor de jubilados que el Gobierno no cumple.
-"La exportación de carne cayó entre 27 y el 30%. La cuota Hilton (...) el año pasado nos la pagaban a 22.000 dólares, este año está entre 12.000 y 13.000, si te la compran (...) La tonelada de leche en polvo estaba ya en 2011 a 5000 dólares, hoy está entre 2600 y US$ 2700."
La Argentina durante años no ha cubierto la cuota Hilton, aun con precios récord. Los exportadores lo atribuyen a malas prácticas gubernamentales. Con precios internacionales récord, Néstor Kirchner prohibió los envíos de carne y Guillermo Moreno, los de leche en polvo. En el sector aseguran que así se desalentó la inversión en secadoras de leche y hoy no hay suficientes.
-"En el año 2001, todos los consultores económicos, todos los periodistas, todos los diarios decían que estaba arreglado y que no pasaba nada."
La crisis fue para los medios internacionales un "choque de autos en cámara lenta", por lo previsible. Los republicanos decían desde 1997 que había que abandonar a países como la Argentina que debían defaultear sus bonos y pagar por anticipado al FMI. Anne Krueger, número 2 del FMI, propuso una ley de quiebras para países, mientras De la Rúa intentaba el canje de noviembre de 2001. La Presidenta acusó de encubrir la crisis al economista Jorge Avila, profesor del CEMA, donde se graduó Boudou.
Las advertencias de que la Argentina marchaba hacia el colapso, hechas por Avila y otros economistas, sacaron de quicio a Cavallo. Los acusó "traidores a la patria" en 2001, en una entrevista con LA NACION que, como todos los medios, reflejaba el debate. El 30 de noviembre de 2001, Ambito Financiero anticipó el corralito. Durante todo el año los ahorristas retiraron miles de millones de dólares en depósitos, advertidos de las dificultades del Gobierno.