domingo, 30 de junio de 2013

El peronismo, la organización que vence al tiempo

Por   | Para LA NACION

El irresistible ascenso de Sergio Massa conmueve a la política. Su decisión de participar en las elecciones obliga a replantear estrategias, a revisar alianzas y a entender el nuevo mapa del poder. Todo se ha dicho sobre él y los diversos análisis convergen en una certeza, sólo desmentida por los funcionarios del Gobierno: la irrupción de Massa anuncia el fin del ciclo de Cristina Kirchner. Acaso haya que destacar tres datos básicos de este episodio. En primer lugar, comienza una vez más un proceso sucesorio en el peronismo; en segundo lugar, esa transición acontecerá en el seno del poder gubernamental, sin intervención relevante de otros actores externos; en tercer lugar, no parece que fuera a ocurrir en el contexto de una severa crisis económica y social.
En principio, la sucesión abierta en el peronismo y las consecuencias que pueda tener no constituyen ninguna novedad, más bien son una regla de la Argentina contemporánea. En cambio, el hecho de que la descendencia no ocurra después de un gobierno de otro signo, como en 1989 y 2001, asimila el escenario actual al de 2003, cuando el peronismo se sucedió a sí mismo, sepultando a Menem y entronizando a Kirchner de la mano de Duhalde. La autosucesión de hace una década fue consecuencia del afianzamiento de la hegemonía justicialista, bajo distintas variantes, después de la tragedia de la Alianza. Ahora volvería a repetirse el fenómeno, pero acentuado. En la singular elección presidencial de 2003, las tres listas del justicialismo se llevaron más del 60% de los votos. Hoy, las tres listas peronistas (Massa, Insaurralde y De Narváez) podrían alcanzar más del 70% en la provincia de Buenos Aires.
En este contexto, tal vez lo más novedoso es que la sucesión ocurriría sin una crisis terminal. Aun mal conducida, la Argentina de la soja y la deuda pública refinanciada tiene otras posibilidades, que la apartan del horror económico y social. No es un dato menor. A diferencia de Menem y la dupla Duhalde-Kirchner, Massa no deberá recurrir a un discurso refundacional. Nadie espera ahora "cirugía mayor sin anestesia", aunque haya que hacer ajustes, y mucho menos un lento éxodo del Infierno al Purgatorio como propuso Néstor Kirchner hace 10 años para alejarse del abismo.
En cierto sentido, la política argentina se ha simplificado y banalizado, dejando en pie una organización dominante y una demanda popular extendida. La organización es el peronismo, la demanda consiste en introducir cambios cosméticos, que mantengan el crecimiento económico y disminuyan la inflación y la inseguridad. Las instituciones, desgraciadamente, ocupan un plano secundario en relación con estas prioridades. Massa conoce la herramienta y la solicitud, y buscará su oportunidad. No habrá épica, sino pragmatismo, y los de afuera serán de palo.
De todos estos fenómenos, la perennidad del peronismo es quizá lo más relevante, constituyéndose, una vez más, en el enigma intelectual a descifrar. En esta búsqueda, el desafío de Massa al poder presidencial arrastrando intendentes, sindicalistas y otros líderes de base actualiza la brillante tesis de Steven Levitsky: la lozanía peronista se cifra en un juego dinámico entre una base preexistente, territorial y conservadora, y una cima presidencial fluida y cambiante, todo aceitado por el poder estatal a distintos niveles. Según este politólogo, el peronismo es antes un fenómeno organizacional que ideológico. Una "desorganización organizada", como lo llamó con sorna. Eso explicaría el giro de 180 grados entre el nacionalismo económico y el neoliberalismo, sin afectar la estructura del movimiento ni sacrificar franjas decisivas de su electorado. Juan Perón lo intuyó en la mejor tradición weberiana, aunque no consta que leyera al alemán: la organización es la heredera del carisma.
En otra perspectiva, Eliseo Verón y Silvia Sigal también eludieron la ideología para explicar el peronismo. Afirmaron que éste no reposa en los contenidos programáticos, sino en el modo de enunciarlos. Esa enunciación consiste en un "modelo de llegada" al poder, posibilitado por crisis profundas. Perón adviene, en el 45 y el 73, para redimir a la patria de su desgracia. Menem y Kirchner, sus sucesores en el 89 y 2003, reiteran el mandato salvador. La receta fue, a grandes rasgos, siempre la misma: un relato refundacional, un compromiso entre el pueblo y el líder y una feroz crítica a los antecesores políticos.
Como quería su fundador, el justicialismo vence al tiempo, aunque las condiciones ahora son distintas. No es necesario una actitud salvadora, ni refundacional. Al cabo de una década de relativa recuperación, la Argentina mayoritaria oscila entre el consumo y la indignación, y aguarda la vuelta del esplendor para despolitizarse.
Acaso Massa le venga como anillo al dedo. Pero aún es temprano, no probó su liderazgo y hay otros postulantes. En cualquier caso, el eterno peronismo garantizará el desenlace.

© LA NACION.

domingo, 23 de junio de 2013

Malas noticias para Cristina y para Scioli

Por  | LA NACION



Tal vez Cristina Kirchner y Daniel Scioli hayan vivido ayer esos días en los que la historia se fuga hacia otro lado. La Presidenta tropezó con una pésima novedad en la provincia de Buenos Aires, su distrito natal, político y electoral. Scioli podría haber hecho la peor opción cuando su destino vacilaba entre el futuro o la nada.
Sergio Massa, el político más popular de la provincia, encabezará una lista que enfrentará a los candidatos de la Presidenta. No es una noticia imprevista, pero el cristinismo esperó, como siempre, un milagro de última hora. Cristina no tenía un candidato bueno en el más grande territorio electoral del país. Prefirió, a pesar de esos malos augurios, encumbrar al intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, un político del que sólo se conoce que pocos lo conocen. La tenacidad presidencial es siempre más grande que su necesidad política. Evitó, sí, la derrota de una Kirchner, Alicia.
Todo indica que Daniel Scioli entró ayer, sin darse cuenta quizás, en el período de su definitivo eclipse.
Quemó los papeles de un acuerdo con Massa cuando ya todo estaba resuelto. El gobernador argumentó su paso atrás con dramáticas razones institucionales. Nunca sería él, deslizó a varios amigos, el culpable de una situación de debilidad terminal de la Presidenta. Cree que ésa hubiera sido la segura consecuencia política de su unión con Massa. Cuesta imaginar que esa deducción de Scioli sea la correcta, pero, de todos modos, esas razones estaban intactas hace 15 días cuando él autorizó las negociaciones con Massa.
Todos los caminos conducen a la misma conclusión: el miedo lo paralizó cuando ya estaba preparado el escenario que compartirían él y Massa para anunciar una alianza. Un caso típico de pánico escénico. Pero, ¿miedo a qué? Me van a destruir, le dijo a uno de los negociadores. La repentina decisión del gobernador, que ni los suyos ni Massa esperaban, dio lugar ayer a muchas versiones. Aprietes. Extorsiones. Amenazas. Quizá ni siquiera hayan existido, pero el estilo del gobernador, que cambió su resolución en el momento agónico, convierte posible cualquier versión.
El acuerdo incluía el anuncio compartido de la alianza y también el ascenso de la esposa del gobernador, Karina Rabolini, al segundo lugar como candidata a diputada, inmediatamente después de Massa. Debe reconocérsele a éste una generosidad política inusual. También habían convenido que Scioli podría seguir hablando de su candidatura presidencial en 2015, aunque eso se resolvería más adelante, en encuestas o en elecciones internas.
Es cierto que Massa le dio a Scioli todas las condiciones porque necesitaba dividir los blancos de la segura furia de la Presidenta. Hubiera preferido que fueran dos, y no uno, los destinatarios de ese odio. La presencia en las listas de Karina Rabolini fue una imposición de Massa. Quería un protagonismo explícito, no soterrado, de Scioli en la campaña electoral. El acuerdo habría descabalgado a Francisco de Narváez de su candidatura, aunque Massa incorporaría en sus listas a algunos de los dirigentes de De Narváez. Massa consideraba que De Narváez expresa una política mucho más opositora que la que él está dispuesto a pregonar.
De Narváez aceptó ese pedido de Scioli porque sabe leer las encuestas: su candidatura pierde casi la mitad de la intención de votos cuando compite Massa. Aunque el denarvaismo desmintió esa propuesta, ya está fuera de cualquier duda la influencia que Scioli tuvo sobre De Narváez. Es extraño, pero el gobernador no quiso convertirse en una manifiesta alternativa a la Presidenta, mientras los únicos candidatos suyos que iban a competir estaban en las listas de De Narváez, el candidato peronista bonaerense que enfrentó más abiertamente a Cristina. Anoche, se deslizó incluso que Scioli hubiera querido una lista de Massa más abarcativa, con él incluido. ¿En qué covacha hubieran quedado arrumbados entonces los argumentos institucionales exhibidos por Scioli? Al final del día, Scioli terminó rompiendo también con De Narváez y abrazándose definitiva y vanamente a Cristina
La negociación entre Massa y Scioli fue larga. Empezó el lunes 3 de junio con una reunión entre el intendente de Tigre y Alberto Fernández, ex jefe de Gabinete de los Kirchner y amigo político de Scioli. Fernández salió convencido de que las dudas sobre el futuro de Massa eran de todos, menos de Massa. Massa se presentará como candidato, dedujo. Pero, ¿y Scioli? ¿Permitiría que su carrera política se terminara abruptamente con la segura victoria de Massa? Le llevó su certeza a Scioli y le pidió autorización para abrir una negociación formal. ¿Quería Massa una alianza? La quería.
Scioli y Massa se reunieron a solas por primera vez el 10 de junio. El 11, Massa inscribió su Frente Renovador en alianza con varios partidos. Entre ellos, el de Alberto Fernández. Sería el canal por el cual arribarían al massismo los candidatos de Scioli. Hubo, al menos, tres reuniones más entre Massa y Scioli. Pero el viernes a las 3 de la tarde se apagaron los teléfonos de Scioli. No hablaba, no contestaba. En la noche del viernes, el sciolismo propuso a Massa que era mejor que no se presentara ninguno de los dos. Massa contestó que su decisión era definitiva.
En la mañana de ayer, Scioli comenzó a explicar las razones institucionales para romper el acuerdo. ¿Qué hubiera ganado Scioli acordando con Massa? Hubiera tenido, al fin y al cabo, la posibilidad de discutir su destino. Ésa era una alternativa que le había negado el cristinismo y que ahora se la negará el propio Massa. El discurso de Massa podría ser también más tolerable para Cristina, por lo menos a los ojos de Scioli. El intendente de Tigre sostiene que la sociedad no quiere más peleas y que promueve un cambio de políticas y de personas, pero no un vuelco dramático en la administración de los asuntos públicos. Es la vieja posición gestual de Scioli, a la que Scioli no quiere ponerle palabras. En cambio, el gobernador no ganará nada con su defección de ayer. Es probable que ni siquiera espere ganar algo. Su miedo es la expresión de una personalidad que no ha nacido para pelear. No sabe hacerlo. ¿Alguien podría imaginar a Alfonsín, a Menem o a Kirchner preguntando qué debían hacer en un momento como éste? Nadie. El kirchnerismo, por el contrario, le enrostrará sus negociaciones hasta último momento con un adversario y la decisión de incorporar sus candidatos en las listas de De Narváez. La estrategia de jugar sin jugar.
¿Por qué Scioli se encontró con su deber institucional después de sabotear todas las alianzas probables de Mauricio Macri? Massa le preguntó sobre su vocación de acordar con el líder capitalino. Scioli vetó esa posibilidad. Massa terminó dándole lugar al macrismo, pero no oficializó un acuerdo con Macri por pedido de Scioli. De alguna manera, el gobernador bonaerense también boicoteó el incipiente acuerdo de Macri con Roberto Lavagna en la Capital. En el fondo, Scioli aspiraba a que Massa y Macri se apartaran como él. Un mundo ideal, sin competencias políticas.
El peor papel le toca ahora a De Narváez, bajado y subido al podio de candidato en pocas horas. Massa le quita, en las actuales encuestas, muchos votantes. Es probable, además, que Cristina Kirchner se coloque al hombro la campaña bonaerense por Insaurralde. Ella tiene más del 30 por ciento de los votos de Buenos Aires, aunque el massismo sostiene que sólo la mitad está dispuesta a seguirla a cualquier lado. Sea como sea, no puede descartarse que De Narváez termine asfixiado por la tenaza que armarán Massa y Cristina.

Scioli se enfrentará a momentos de enorme debilidad. Desde ayer ya no es un peligro electoral para el cristinismo. No había conseguido tampoco que la Presidenta incorporase en sus listas del Frente para la Victoria a ningún candidato de Scioli, sobre todo a los cruciales legisladores provinciales. La posibilidad de un juicio político pende siempre sobre la cabeza del gobernador, que se resguarda en la Legislatura de La Plata detrás de los hombres de De Narváez y del radicalismo para huir de la destitución. La mezquindad cristinista de anoche podía anticiparle al gobernador su futuro.
El problema institucional en la Argentina no es un concepto teórico o eventual, como lo plantea Scioli. Ya existe, y es un fuego atizado por el gobierno de Cristina Kirchner. Basta leer la reciente acordada de la Corte sobre la reforma judicial para establecer hasta qué punto el cristinismo está dispuesto a desconocer la Constitución. Resulta suficiente haberla escuchado en el acto del Día de la Bandera, cuando transformó una ceremonia patria en una trifulca de vecinas, para entrever su proyecto de propinarle un golpe de Estado a la Corte. El deber de la política es buscar un nuevo equilibrio político e institucional entre tantas desmesuras. Los dirigentes se repartían ayer entre el compromiso y la deserción. 

sábado, 25 de mayo de 2013

Una década de batalla kirchnerista por la historia


Por   | Para LA NACION 

El sentido de una década, como medida temporal, adquiere los más diversos significados y resonancias, en el plano público y privado. Se sabe que el paso del tiempo es un registro subjetivo, ligado a las experiencias vitales y los acontecimientos sociales. Para unos es posible rememorar la infancia entre dos estaciones de subte, como le ocurría al Charlie Parker de "El Perseguidor", de Cortázar. Para otros, según nos recuerda el tango "Volver", dos décadas no son nada. Las variaciones pueden resultar infinitas, desconcertantes, porque el tiempo vivido es una longitud indescifrable y polémica.
En ciertas épocas, a las sociedades les ocurre lo mismo: el tiempo queda sujeto a discusión, su relevancia o intrascendencia, su carácter emancipatorio o tiránico, es objeto de debate e interpretaciones divergentes. Así, la historia de un país se convierte en un campo de batalla. Sin duda, uno de los legados del kirchnerismo, por ahora con final abierto e imprevisible, será haber desatado esta controversia cuando la Argentina ingresaba en el siglo XXI.
Hace hoy exactamente diez años, Néstor Kirchner se calzó la banda presidencial e inició una de las etapas políticas más polémicas y dramáticas de la historia contemporánea argentina. Ese ciclo, aún no concluido, es en muchos sentidos excepcional: incluyó su propia pasión y muerte, la construcción de una democracia plebiscitaria sin antecedentes, un período de recuperación económica después de una crisis terminal, la revisión de la política de derechos humanos, el descrédito de la Argentina en Occidente, la mala praxis administrativa y resonantes casos de corrupción. Más allá de las vicisitudes y polémicas, la muerte de Kirchner, un hombre joven y entregado a la política, les otorgó a estos años una peculiaridad trágica y épica, que no habían tenido los anteriores gobiernos desde la recuperación de la democracia.
Para consolidarse, después de un inicio débil, Néstor Kirchner optó por gestos inequívocos, cuyo sentido fue dejar en claro su intención de cambiar el curso de la historia. Las circunstancias eran propicias: el país salía con dificultades de una devastación, cargado de horror económico y careciente de autoestima y liderazgo político. El espacio para una amplia restitución material y simbólica estaba abierto. Lo posibilitarían tres factores: la nueva riqueza proveniente de la soja, la ausencia de oposición y la propia audacia política.
Tal vez sin saberlo, Kirchner se aventuró a contar la historia argentina al modo de Walter Benjamin, convirtiéndola en la aventura de los oprimidos. Abrazó a los humillados del presente económico y a los ofendidos del pasado político. Y señaló a los responsables de su sufrimiento: la represión militar de los 70 y el neoliberalismo de los 90. Con esta operación quebró el vínculo entre pasado y presente que había establecido la democracia a partir de 1983: el pasado era la dictadura, el presente eran las instituciones. Con Kirchner, el pasado regresó en bloque como experiencia trágica, sin distinción de régimen político. Así, los militares de la dictadura y los neoliberales de la democracia resultaron (y resultan) homologados. Según la interpretación del régimen, fueron equivalentes y produjeron lo mismo: desaparecidos, desempleados, explotados. Por eso, el 24 de marzo de 2004, a poco menos de un año de asumir la presidencia, Kirchner desconoció los juicios a los militares en los 80 como un logro de la democracia incipiente. Para el kirchnerismo no hubo gesta democrática hasta un día como hoy, hace diez años.
El recurso a la memoria es un requisito indispensable para que "el Otrora encuentre el Ahora" como quería Benjamin. A poco de andar, el kirchnerismo blandió la memoria como una herramienta clave. Y la utilizó al servicio de su particular interpretación de la historia argentina. Se arrogó nada menos que la administración de la memoria de un país. Esta audacia produjo un efecto hemipléjico, previsible, que el filósofo Paul Ricoeur describe como "el exceso de memoria aquí, el exceso de olvido allí?". Aunque deben reconocerse los logros en materia de derechos humanos y el rol del Estado en la economía, los estragos del reparto injusto de la memoria son perversos, nocivos para la sociedad.
Una década después la realidad se trastocó dramáticamente: al agonismo redentor del primer Kirchner, le siguieron la consagración autorreferencial de Cristina y la decadencia del modelo. El tiempo ya no es propicio, es adverso, aunque el Gobierno lo niegue. En esas condiciones, insistir en las batallas por la historia puede ser un error. Y asumir la defensa sesgada de los humillados puede tener consecuencias paradójicas. Hoy el pasado sigue incrustado en el presente, obturando el futuro. Y los que apostaron por los oprimidos no logran explicar por qué algunos compañeros de ruta amasaron fortunas incalculables y corruptas, propias de los opresores.
© LA NACION

lunes, 13 de mayo de 2013

Con el blanqueo, el Gobierno cierra un circuito de impunidad


POR SILVIA NAISHTAT

Entrevista a Javier González Fraga

Sobre su escritorio, un montón de papeles. Y en la biblioteca, distintas obras sobre Keynes. Por cierto, desde que acompañó en la fórmula a Ricardo Alfonsín en 2011, a Javier González Fraga no le queda una pizca de solemnidad. Y ha ganado en intensidad. Esta vez no será candidato. Pero advierte que la oposición debe tener como objetivo quitarle al oficialismo el control del Senado. “Hay que frenar los atropellos y defender las instituciones”, dice.
-¿Cómo califica el blanqueo?
-Lanzaron varias medidas desesperadas. Hay una huida hacia adelante. No terminan de cerrar el cerco a la Justicia y lanzan el blanqueo y antes de cerrarlo, lanzan lo de Papel Prensa. La intención es no permitirle a la sociedad tomar conciencia de lo que está pasando.
-¿Qué buscan con el blanqueo?
-Cierra el circuito de impunidad que abrió el blanqueo de 2009, que eliminó 4.000 denuncias penales sobre facturas truchas. Esa plata, que fue perdonada, no apareció en aquel momento y es la que viene ahora. Hay una evaluación pobre por parte del Gobierno, porque en un contexto donde la presión tributaria está cerca del 37%, ir a perdonar a los evasores es tirarse en contra a la mayoría de la población. Este blanqueo es la demostración de una filosofía donde son más importantes los dólares del lavado, de los evasores que los dólares de los exportadores o de los que quieren venir a invertir. Hubiera sido más sencillo generar un par de modificaciones cambiarias, no una devaluación, para que la brasileña Vale invierta los US$ 6.000 millones, generando trabajo. Ni hablar de los exportadores que sufren el atraso cambiario. La calle dice que estas medidas están hechas para que ellos salven su dinero y yo me pregunto sino será realmente así.
-Hay quienes sostienen que el peso está apreciado, ¿cree que hay que devaluar?
-Comparto con Kicillof y la Presidente la inconveniencia de devaluar. Pero en pesos de hoy ajustado por la inflación real, el dólar que tenía Cristina cuando asumió en diciembre de 2007 es el equivalente a 7u 8 pesos. La pregunta es por qué lo bajó a 5,20. Pero devaluar sin corregir las expectativas inflacionarias es ir a un Rodrigazo. En todo esto está la mentira del INDEC. Quien cree en el índice piensa que el kilo de pan vale $3,60 y el asado, $12,80. A partir de la mentira del INDEC se oculta el atraso cambiario. Néstor supo mantener un tipo de cambio competitivo. Hay que preguntarle a Cristina por qué no siguió con la misma política y transformó un superávit de 3% en un déficit de 3%.
-¿Es caro un dólar a $10?
-El precio de 10 no se explica por razones económicas, se explica por pánico. Este valor es el precio de un boleto para subirse al arca de Noé. No tiene que ver con lo que vale un dólar. La divisa está perdiendo terreno en el mundo y acá sube.
-¿Qué le aconsejaría a Cristina?

-Tengo la esperanza de que Cristina rectifique. Las soluciones de los desequilibrios fiscales y cambiarios no tienen porqué transitar por la generación de una oleada de pobreza como en 1989 y en 2001. Es inaceptable éticamente. Y además la paciencia política de los sectores perjudicados está colmada. No quiero vivir en un país donde vuelva a subir la pobreza al 35% porque no es vivible. Habría que echar mano al endeudamiento que en este contexto es aceptable. Tomás US$ 20.000 millones y se soluciona el mayor costo de las correcciones con una política de producción e inversión sin generar pobreza. En la medida que se tomen las medidas correctas duplicaría la asignación por hijo, la haría realmente universal, subiría las jubilaciones llegando al 82%. La salida de esta crisis no puede ser como en el 89 o 2001 con un golpe de devaluación e inflación. Cristina sabe lo que hay que hacer pero tiene objetivos políticos por encima de los económicos y no le importa el costo de mediano plazo. Su mundo termina el 27 de octubre y todo lo que le sirva para ganar las elecciones es bueno sin importarle el costo.
-Pero, ¿qué debería hacer?
-Hay que regularizar el INDEC, diseñar una política anti inflacionaria basada en metas que es lo que le permitió al mundo combatir la inflación sin recesión. No estoy de acuerdo en subir la tasa de interés ni creo en planchar el tipo de cambio, son soluciones monetaristas de la tablita de Martínez de Hoz o la convertibilidad de Cavallo. Hay que cambiar las expectativas a través de una gradual moderación de los resultados fiscales, controlando el desequilibrio fiscal y con eso bajo control se puede tener una inflación en suave descenso. En el interín habrá que bajar retenciones, desdoblar el mercado cambiario. Sería conveniente que las operaciones financieras o cancelaciones de préstamos y el turismo vayan a un mercado libre donde pueda actuar el Banco Central, eso generaría calma en el mercado paralelo.

Aparecido en Diario Clarín, edición 13/05/2013

lunes, 29 de abril de 2013

El nuevo cepo: Los comicios de octubre


Por Carlos Pagni

Cristina Kirchner ha llevado a un extremo sorprendente su creencia en el señorío de la política sobre otras dimensiones de la vida pública.
Toda dinámica colectiva es susceptible de ser sometida, según ella, a la voluntad del que manda. Este axioma explica por qué, ante cada desequilibrio en un mercado, no atina a atacar las causas del problema, sino a anular sus efectos con una reglamentación. Para terminar con la inflación apeló al control de precios. Para superar el déficit de energía estatizó YPF y decretó lo que cada empresa debía producir. Para evitar que los ahorristas corran hacia el dólar construyó el cepo, que es un vallado tributario.
La misma terapia fue administrada en otros "mercados" en los que aparecieron trastornos. Cuando tuvo "problemas de comunicación", optó por encorsetar al periodismo con una nueva ley de medios. Y cuando esa ley encontró dificultades en la Justicia, en vez de mejorar los argumentos o aceptar las sentencias, se lanzó a "democratizar" los tribunales con magistrados que le dieran la razón.
Este año la Presidenta teme que se perturbe el mercado más decisivo: el de los votos. La supervivencia de su sueño de poder necesita de un triunfo contundente en las elecciones legislativas, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. La estrategia para sortear esa encrucijada vuelve a ser la de siempre. En lugar de mejorar su mensaje y su política, se propuso alterar la regulación de los comicios. Cristina Kirchner se parece cada vez más a sí misma. En 2009 se ilusionó con que la manipulación del calendario y las candidaturas testimoniales le darían la victoria. Y hace 15 días, ante el dudoso triunfo del chavismo en Venezuela, rechazó cualquier recuento y exigió a Barack Obama que bendijera la elección. Curiosa reivindicación de la política, que es capaz de hacerla prevalecer sobre la propia democracia.
Ahora las ventajas en las urnas deben provenir de algunas reglas incorporadas a último momento en la remodelación del Consejo de la Magistratura. La reforma judicial lleva en su seno una reforma electoral.
La propuesta de que los representantes de los jueces, los académicos y los abogados se elijan en una votación general supuso desde el comienzo una alteración para los comicios de este año. Ya no se votaría sólo por los diputados o senadores de cada distrito. Habría también una boleta de consejeros capaz de unificar la elección en varias provincias. Como definió Graciela Camaño, "cuando sólo iba a haber comicios por distritos, el Gobierno inventó una elección nacional".
El kirchnerismo llevó esta innovación mucho más allá, con dos cambios en el texto original de la ley. Por un lado, prohibió a los partidos o alianzas rivalizar en todos los rubros, pero compartir los candidatos al Consejo. Esa combinación hubiera permitido, en teoría, que se enfrentaran sólo dos listas de consejeros: la del Gobierno y la de la oposición.
Por otro lado, el oficialismo se aseguró también la dispersión de sus rivales al modificar en Diputados el artículo 18 sancionado por el Senado. Los partidos o alianzas que promovieran una lista de consejeros debían estar inscriptos, con la misma composición, en por lo menos 18 distritos. La única fuerza capaz de cumplir con este nuevo cepo es el Frente para la Victoria.
Con este requisito el kirchnerismo aspira a nacionalizar la elección y presentar en 2013 un resultado parecido al de 2011. Propondrá en todo el país un conjunto de consejeros identificados con la Presidenta. Hay quienes suponen que en la lista estará la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, por portación de apellido. Del lado de sus rivales sólo figuraría la fuerza que haya homologado una alianza en 18 distritos. El recuento de los votos sería presentado como un triunfo arrasador de la Casa Rosada. Se trata de mantener la sensación de que el país carece de una alternativa al Gobierno. Sensación indispensable para cualquier intento de reelección.
Esta organización de las elecciones estuvo en la raíz del escándalo que sacudió a la Cámara de Diputados durante la sanción de la ley. Agustín Rossi quiso evitar la votación particular porque sabía que varios aliados provinciales se negaban a que sus partidos no pudieran postular consejeros. La resistencia más notoria fue la de la neuquina Alicia Comelli, que se abstuvo de votar el artículo 2º. El oficialismo quedó en 128 votos y estalló la guerra.
La polémica electoral puede determinar, cuando llegue a tribunales, el destino de toda la reforma. No porque la regulación de los comicios sea más inconstitucional que otros aspectos de estas nuevas leyes, sino porque su trámite procesal puede ser más veloz. El 13 de mayo es el nuevo Día D de la señora de Kirchner. En esa fecha debe convocar a las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). Si para entonces la Corte declaró que la forma de elegir los consejeros es inconstitucional, el empeño de la Presidenta por controlar la Magistratura deberá esperar, por lo menos, hasta 2015, ya que debería modificarse la normativa.
A pesar de las denuncias de Elisa Carrió sobre un pacto de los radicales con el oficialismo, Ernesto Sanz y Ricardo Gil Lavedra se pusieron al frente de un equipo para impugnar por inconstitucional la elección de consejeros. Es el camino que seguirán otros partidos, sobre todo los de escaso despliegue territorial, como Unión Celeste y Blanca (De Narváez), el Frente Progresista de Santa Fe (Binner) o Pro (Macri).
La carrera de la oposición será infartante. En cambio, el Gobierno apostará a que los jueces se pronuncien después del 13-M. Por esta razón, el Senado aprovechará el feriado de pasado mañana para "ganar" una semana. La dilación tiene una dificultad: el recurso de per saltum que reglamentó el kirchnerismo para ganar velocidad en el litigio con Clarín. Cristina Kirchner tropieza contra su propia invención. Como dijo Gómez Dávila, "no hay nada peor que dar soluciones permanentes a problemas transitorios".
La Cámara Nacional Electoral y, después, la Corte quedarán en el centro de la escena. Los primeros indicios insinúan que en el máximo tribunal ya se ha formado una mayoría contra la que chocaría el Gobierno. "Para ser presidente de la Nación basta con estar habilitado en cinco distritos. No se pueden exigir más requisitos para ser consejero", interpretan allí.
Nunca los políticos se enfadan más con la Justicia que cuando ésta les quita ventajas electorales. Barack Obama vapuleó a la Corte de los Estados Unidos en 2010, durante el discurso sobre el estado de la Unión, por una sentencia sobre el financiamiento de las campañas. El escándalo ganó temperatura cuando la televisión leyó los labios del juez Samuel Alito repitiendo "no es verdad".
¿Qué sucedería si la Corte voltea la elección para el Consejo? ¿Las PASO se realizarían igual o el Gobierno las suspendería para desalentar la polarización del voto en las generales? Es la pregunta que desvela a toda la clase política.
El disenso de la Corte no se limita a la alteración del sistema electoral. Cuando analizaron la reforma, los jueces detectaron cinco razones para la declaración de inconstitucionalidad. Entre ellas está la eliminación de los dos tercios para remover a los magistrados: "Es una mayoría especial que se exigía desde la Constitución de 1853 y que se trasladó al Consejo", apuntó un experto que conoce bien el tribunal.
También habrá otra controversia por la creación de las cámaras de casación. O, mejor dicho, de "la" Cámara de Casación: es la que tendría competencia en el caso Clarín. Hasta que se sustancien los concursos, Cristina Kirchner puede integrar ese tribunal por decreto y hacerlo intervenir en una causa que está en curso. Justicia legítima.
El juego es inquietante. La Cámara Civil y Comercial -Najurieta, Guarinoni y De las Carreras- falló a favor de Clarín.
El Poder Ejecutivo debe apelar esa medida, pero pretende hacerlo ante la Cámara de Casación, creada por la Presidenta. Para hacerlo ese tribunal debería estar creado antes de que venza el plazo de la apelación: 10 días hábiles, que están corriendo. Aquí la intención del kirchnerismo es que el proceso se demore. La ayuda de los paros judiciales es, en este aspecto, invalorable. En el caso de que se consiga injertar esa nueva instancia: ¿la Cámara Civil y Comercial aceptará esa alzada o la declarará inconstitucional?
Gracias al monumental poder que ha acumulado, cuando el Gobierno va perdiendo un pleito, puede sacar de la galera un nuevo tribunal que corrija el resultado. Y cuando las urnas presentan algún riesgo, crear una ortopedia para torcer la corriente de los votos. La democratización judicial cambió de rostro. Y a la Corte la espera un reto escalofriante: impedir que se instale en la Argentina una república fraudulenta..

viernes, 8 de febrero de 2013

La economía del miedo

Por Kenneth Rogoff 
CAMBRIDGE (Massachusetts)


Publicado el 8 de julio de 2005



La economía mundial parece caminar sobre las aguas, indiferente a la escalada del precio del petróleo, la parálisis política europea, los préstamos insostenibles que toma Estados Unidos y los precios récord de las viviendas. ¿Será porque el optimismo de los inversores los lleva a confiar en que sus gobernantes sabrán administrarla, como querría hacernos creer el G-8? ¿O un miedo patológico, alimentado por acontecimientos tan horribles como los atentados de ayer en Londres, deprime las tasas de interés a largo plazo y, de ese modo, oculta un sinnúmero de problemas latentes?
Resulta demasiado obvio que esas tasas desmesuradamente bajas (aunque sujetas a ajustes inflacionarios) sirven para encubrir innumerables puntos débiles en la economía global. La escalada mundial de los precios de las viviendas sostiene la demanda de los consumidores en muchos países. Según un estudio reciente del FMI, la suba mundial de precios se explica, en gran parte, por el descenso constante de las tasas de interés de largo plazo. Europa ha sido menos favorecida, pero sus economías estarían mucho peor si dichas tasas remontaran hasta su promedio de los últimos veinticinco años.
De manera similar, América latina ha prosperado en estos últimos años, no obstante sus pesadas deudas y su desempeño variado en cuanto a reformas políticas. Las bajas tasas de interés a largo plazo impidieron que las deudas regionales se tornaran inmanejables, mientras que la gran demanda de los consumidores ayudó a elevar los precios de las exportaciones de commodities.
La formidable alza del petróleo, inducida por la guerra en Irak, ¿por qué no puso de rodillas al mundo como en tantas otras ocasiones? La respuesta es, una vez más: por las bajas tasas de interés.

Por lo común, un fuerte encarecimiento del petróleo pronto crea mayores expectativas inflacionarias, seguidas de un aumento de las tasas de interés para todos los plazos. Pero esta vez, aunque la Reserva Federal de Estados Unidos persista en elevar sus tasas crediticias a corto plazo para mantener a raya la inflación, las tasas de interés a largo plazo –que son mucho más importantes– han venido declinando por arte de magia.
En verdad, el país que más se ha beneficiado con este raro entorno de intereses bajos es Estados Unidos: se diría que todos toman dinero prestado, como si eso ya estuviera pasando de moda. Los propietarios de viviendas acumulan deudas, respaldados por su valorización. El Gobierno ha arrojado por la ventana la prudencia fiscal. El país entero absorbe un pasmoso 75 por ciento del superávit mundial de ahorros. Sin embargo, mientras las tasas de interés se mantengan bajas y el índice de crecimiento sea alto, los norteamericanos pueden reírse de quienes predicen que, con sus excesos, están sembrando las semillas de su ruina.
Pero si las actuales tasas de interés de largo plazo ayudan a tantas economías a caminar sobre las aguas, ¿por qué son tan bajas? ¿Se mantendrán así?
Quizá la situación sea mucho más frágil de lo que nos querrían hacer creer no pocos miembros del aparato de gobierno. Quizá la gente se sienta más insegura (y no a la inversa) respecto a su futuro lejano, a causa de sus miedos: al terrorismo, a una pandemia mundial o a una grave racha de crisis financieras.
Con esto no quiero decir que los inversores están histéricos, sino sólo que tal vez estén un poquito más preocupados por las perspectivas de largo plazo. Por eso se abalanzan sobre los bonos, los títulos y otros instrumentos de deuda que, con razón o sin ella, consideran seguros.
No hay otras explicaciones convincentes. Por cierto, los mercados emergentes se han entregado a un insólito frenesí ahorrativo –reconstruyeron sus reservas, mejoraron sus balances–, pero nadie espera que se perpetúe. Hasta Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal y oráculo en materia de tasas de interés, ha declarado que la situación actual es muy intrincada.
La historia indica que el ciclo expansivo de la tecnología mundial aún debe cerrarse, probablemente cuando Estados Unidos irradie al mundo entero los beneficios de su productividad y eleve las tasas de crecimiento en todas partes. Un rápido crecimiento global suele traer un aumento de las tasas de interés a largo plazo, a menos que la gente se sienta invadida por un nerviosismo profundo.
Supongamos que los inversores se inquietan frente al riesgo de que ocurra una catástrofe dentro de cinco o diez años. (Para los expertos en terrorismo nuclear y en pandemias, ese riesgo existe.) Supongamos que los inversores creen que, probablemente, el crecimiento mantendrá su vigor, pero quizá –sólo quizá– sobrevenga un derrumbe. En tal caso, es muy posible que coexistan tasas de interés bajísimas y un crecimiento fuerte.
Es cierto que algunos economistas nos señalan los tiempos felices de los 50 y comienzos de los 60, cuando Europa, Estados Unidos y Japón prosperaban, pero en general las tasas de interés permanecían muy por debajo del índice de crecimiento económico. Si aquella fue la edad de oro del crecimiento mundial, ¿por qué preocuparnos al ver hoy en día el mismo fenómeno?
Los optimistas olvidan que los años 50 y 60 fueron también un período de inseguridad masiva. Por entonces, muchas personas realistas temieron que estallara la tercera guerra mundial (y con razón, según muchos historiadores). El espectro del Apocalipsis ayudó a mantener baratos los créditos. Felizmente, los recelos más sombríos de los inversores no se cumplieron. Sólo cabe esperar que ahora suceda lo mismo y tampoco se cumplan.

Pero si la inseguridad es una causa importante, aunque oculta, del nivel récord al que han descendido las tasas de interés, el G-8 debería ser más prudente en su vanagloria. La psicología colectiva de los inversores es notoriamente frágil. Si alguna vez se tranquilizan, las tasas de interés se dispararán y eso bien podría poner en estado de ebullición los desequilibrios, hoy latentes, de la economía global.
© Project Syndicate y LA NACION
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel) .
El autor fue economista principal del FMI; actualmente, es profesor de Economía en la Universidad de Harvard.

domingo, 13 de enero de 2013

El afán de convertir los papelones en triunfos


POR SUSANA VIAU

Publicado en edición impresa Clarín 13 de enero de 2013
Hace unos diez días, en un departamento porteño, Guillermo Moreno reunió a dirigentes de Unidos y Organizados –La Cámpora, Kolina, Movimiento Evita– y de su propia tropa. La discusión se resumía en un punto: diseñar el peregrinaje que garantizaría que la entrada a puerto de la fragata Libertad se hiciera en una atmósfera de victoria. O, en otras palabras, que la Presidenta llegara a Mar del Plata en olor de multitudes . Allí, en ese departamento, se acordó el envío de micros bonaerenses con su pasaje de empleados públicos, militantes de las distintas tribus kirchneristas y un nutrido contingente de desposeídos que harían el trayecto de ida y vuelta en el día. Llegar, buscar ubicación, hacerle el aguante a la nave y a la jefa de Estado, escuchar el discurso y volver deprisa a los transportes. A eso se reduciría la estadía marplatense. La mayoría de los congregados por las organizaciones sociales nunca antes había estado frente al mar ; tal vez ninguno de ellos hubiera sentido jamás el golpe de una ola. 
Una nueva muestra de la sensibilidad nacional y popular: que los que nunca veranearon pudieran ver in situ cómo vacacionan otros en esa ciudad repleta de sombrillas y reposeras, saturada de olor a bronceadores y, así y todo, la única donde el Atlántico se vuelve tolerable para cualquier criatura empedernidamente urbana. Todo hay que decirlo: no eran las únicas víctimas de los antojos presidenciales. En el afán de convertir sapos en palomas, a la mujer barbuda en un hada y a los papelones en triunfos , la nave retenida durante dos meses en Tema debió esperar dos días fondeada en aguas argentinas mientras su tripulación postergaba de mala gana los deseos de reencontrarse con amigos y familiares. Un sacrificio ofrendado en el altar de las puestas de Javier Grossman que, caracterizado de Francis Ford Coppola, se paseaba por el muelle, feliz de la vida. El barco entraría a rada con las velas plegadas porque el viento podía apartarlo de la ruta milimetrada; lo escoltarían doscientas embarcaciones pequeñas; lo precedería una exhibición de acrobacias aéreas. El programa preparado por Grossman incluía un único discurso, el de la Presidente y, como cierre, un espectáculo de fuegos artificiales y dos himnos –el nacional y el de la bandera– cantados por los tenores favoritos, uno de ellos el hermano del mandamás del sistema de medios públicos, Tristán Bauer. Ernesto Bauer es el “espontáneo” que “sorprendió” a Cristina Fernández entonando, de golpe y porrazo, el Ave María durante el velatorio de Néstor Kirchner.
Nada fue lo que se esperaba: los barcos no se contaron por centenares sino por decenas, las piruetas de los aviones se parecieron sospechosamente a maniobras de fumigación , los fuegos artificiales resultaron de una pobreza franciscana y los tenores desafinaron . Sólo la Presidente retomó el tono épico que prometía la leyenda del afiche de Peronismo Militante: “Nosotros viento –decía–, la Patria Barco. Cristina Capitana”. La jefa del Estado, de espaldas al mar y con el cabello flotando al viento dio la bienvenida a la fragata. Dos líneas que sirvieron de introducción a una enumeración de sus luchas por el desendeudamiento y contra la acción de los fondos buitre y también y por sobre todo de su propia entereza. “No me pidan nunca un gesto de hipocresía o falsedad, con mis defectos, con mis errores, con mis horrores, soy como me ven, de una sola pieza, no miento, no engaño, me interesa la Patria, defiendo la Bandera, quiero que la memoria de El, de mi compañero, quede bien en alto”. 

No tiene abuela , la Presidente. Aunque, claro, se comprende. Intentaba recuperar la iniciativa tras una semana plagada de traspiés. La carta de respuesta a Ricardo Darín y a sus dudas respecto de la fortuna de los santacruceños supuso un error mayúsculo y le valió una avalancha de críticas. El argumento de que el patrimonio de los Kirchner ha sido el más auditado de la historia argentina había sonado a tomadura de pelo. Es que, contra cualquier práctica republicana, los argentinos ni siquiera están habilitados para acceder al sueldo de quien los gobierna, mucho menos a informarse de cuántos y de qué magnitud son los aumentos que recibe. Para peor, el asado en la ESMA reabrió lapolémica en torno de la autenticidad de la pasión K por los derechos humanos . De nada valieron las explicaciones acerca de las resignificación del dolor y su transformación en alegría: los Kirchner no son personas autorizadas para sostener esas teorías. Hace dos años y medio que Cristina Fernández exhibe un luto riguroso y, que se sepa, aún no se ha mostrado dispuesta a permitir la instalación de parrillas o el dictado de cursos de cocina en el descomunal mausoleo patagónico de su marido.
Veinticuatro horas más tarde y antes de su viaje volvió a dirigirse a los ciudadanos. Esta vez en cadena nacional y para anunciar la “ratificación del pago del primer anticipo del contrato” para adquirir material ferroviario. Vagones comprados en China que, para honrar al proceso industrializador que propone el “modelo”, no tienen ni un tornillo de fabricación nacional . Sin embargo, con los ojos puestos en el futuro promisorio, no hubo tiempo ni espacio para recordar la tragedia de Once, 52 cadáveres que obligaron a poner en foco la situación de altísimo riesgo que, en cada viaje, afrontan los usuarios y hacen del transporte ferroviario un deporte extremo.

Pese a que, frente a la fragata, había recordado con vehemencia aquel bando sanmartiniano que prometía luchar hasta “en pelotas, como nuestros hermanos los indios”, tampoco se refirió al por cierto bien llamado etnicidio de los Qom y al que, hasta el jueves, pareció ser el último, salvaje asesinato de un adolescente de esa comunidad. La del niño despellejado y destrozado a golpes no es una historia policial . Es una historia del prejuicio, de una espeluznante, sorda batalla por la tierra, esconde oscuros intereses económicos. Los ejecutores de esa masacre en cuotas gozan de protecciones políticas y policiales. Ahora es el cuerpo de un sobrino del cacique Félix Díaz (expulsado por las huestes de Andrés Larroque de su acampe en la avenida 9 de Julio, a mediados de 2011) el que debe ser exhumado. Dicen que el chico, de 16 años, murió atropellado en una ruta. En todo caso, la misma manera de dejar este mundo que, a las cuatro de la tarde de un soleado día de mediados de diciembre último, eligieron Celestina Jara y su nieta, Yanina Coyipé, de diez meses. Calcado a lo que le pasó a Roberto López, a Mártires López y casi igual que el extraño episodio que vivió el cacique Díaz, cuando le tiraron encima una camioneta que a duras penas logró esquivar. Son distraídos, los Qom. Son irresponsables. Y lo peor, no escarmientan. Habrá que recomendarles un curso de seguridad vial.