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viernes, 16 de agosto de 2013

El mito del imbatible aparato bonaerense

El voto no tiene dueño


Hay una interpretación simplista de cómo funciona la política entre los pobres, pero el control del dispositivo estatal, que da una ventaja a los oficialismos, ni determina la conducta de los votantes ni garantiza la victoria
Por   | Para LA NACION 

Se habla y se escribe sobre el "aparato" político del conurbano bonaerense y sobre su poder para salir victorioso de las contiendas electorales. El imaginario colectivo parece remitir, con esta palabra, a la visión de un dispositivo mecánico y único, comandado por una voluntad política que lo dirige. Entonces esa voluntad ordena "votar a tal" y de modo automático, en el cuarto oscuro, las manos de los votantes humildes, que en esta mirada vienen a funcionar como una suerte de rebaño del aparato, toman la boleta de tal y la colocan en la urna. Esta interpretación simplista de cómo funciona la política entre los pobres, más allá de los prejuicios que encierra, resulta falsa. Extendida como se encuentra es, además, la mejor publicidad para seguir construyendo el mito de su imbatibilidad. Si el aparato es invencible, ¿qué se puede hacer frente a él? Nada.
Una perspectiva más real sugiere pensar que el aparato no es ni más ni menos que el control del poder estatal en sus tres niveles: local, provincial y nacional. En realidad, la expresión "aparato" es un eufemismo para decir Estado, y su valor radica en los recursos que provee el control del Estado: nadie ignora cómo, a la hora de las elecciones, todos los medios del Estado -desde materiales hasta simbólicos- se ponen al servicio del candidato oficialista. Los aparatos locales no funcionan exclusivamente en períodos electorales. Sus diferentes mecanismos trabajan todo el año; pues se trata de la organización de "militantes rentados", o beneficiarios de programas sociales controlados por el municipio, coordinados para cumplir con una tarea de persuasión política, control electoral, movilización a los actos, difusión y propaganda. En algunos casos, incluso, fuerza de choque temida entre los mismos pobres.
La manipulación de este dispositivo otorga, sin dudas, una ventaja a los oficialismos, pero ni determina la conducta de los votantes más humildes ni garantiza la victoria. Aunque es preciso aclarar dos puntos. En primer lugar, estos instrumentos estatales ejercen mayor presión en los períodos de elecciones a intendentes, que es cuando se pone en juego la permanencia en el poder de los jefes locales. En segundo lugar, el peso del aparato aparece con mayor relevancia en el conurbano bonaerense y en las grandes ciudades del interior (La Plata, Mar del Plata, Bahía Blanca) que en las pequeñas localidades.
Ahora bien, para calibrar mejor los límites del "aparato", conviene hacer un poco de historia que ayude a despejar el mito de la realidad política. El 9 de julio de 1988, en la competencia interna cerrada bonaerense, Carlos Menem ganó por el 6% de los votos al propio gobernador Antonio Cafiero. Como bien recordaba un fiscal cafierista: "Ese día los compañeros bajaban de los colectivos de línea, nadie los traía, cuando vi que volaban las boletas de Menem me di cuenta de que venían a votarlo a él". Tiempo después, las manzaneras, a las cuales por estas horas todos parecen haber olvidado, se constituyeron en la gran red capaz de contener a las madres humildes del conurbano bonaerense, comandadas por Hilda "Chiche" González de Duhalde, mujer del gobernador más poderoso que haya tenido la provincia desde la llegada de la democracia.
Fue en aquellos tiempos que, gracias al Fondo de Reparación Histórica del Conurbano Bonaerense, se fortaleció el consabido "aparato", merced a los cuantiosos recursos adicionales recibidos por los barones del conurbano. Un domingo de 1997, Graciela Fernández Meijide, una frepasista al frente de la coalición con la UCR, disputó al peronismo en la elección legislativa, y venció a "Chiche", a sus manzaneras y al aparato, por 49 a 42% de los sufragios, al triunfar en varios distritos del conurbano. En 2009, la coalición entre Francisco De Narváez, Mauricio Macriy Felipe Solá se impuso al propio Néstor Kirchner junto con Daniel Scioli y muchos intendentes que iban como candidatos en las listas testimoniales. 
Estos ejemplos que recorren treinta años de historia no hacen más que confirmar que en las elecciones nacionales abiertas, sean internas o generales, la decisión de la ciudadanía es fundamental. Y las franjas más necesitadas de la sociedad, al igual que las capas medias y altas, tienen sus amores y sus odios. ¿Significa esto que los intendentes no reparten boletas con sus preferencias? ¿Significa esto que no existen amenazas sobre los beneficiarios de los programas sociales? ¿Significa esto que no hay un intento de intercambiar favores por votos que a veces puede salir bien y otras no tanto? Por supuesto que todo esto existe y el aparato estatal constituye una carta a favor de quienes lo manejan. Pero el peronismo bonaerense funciona de forma más monolítica en las urnas cuando hay un liderazgo fuerte a nivel nacional. Cuando ese liderazgo inicia su ocaso, como se preveía y confirman las cifras de las PASO últimas, al tiempo que en su lugar emerge una nueva figura con capacidad de conducirlo, aquella verticalidad comienza a resquebrajarse. Un dato más por tener en cuenta es que para vencer al oficialismo en la provincia de Buenos Aires se precisa captar el apoyo electoral de una franja tanto de la clase media como de los sectores populares. Fernández Meijide, en su momento, y Massa, hoy, lograron armar esa coalición social-electoral.
Los intendentes que apoyaron a Martín Insaurralde contaron con su propia estructura y con los recursos adicionales de los gobiernos nacional y provincial, mientras que los massistas sólo dispusieron de los medios provistos por sus respectivas estructuras municipales. A pesar de la asimetría en los recursos de unos y otros, la balanza se inclinó a favor del tigrense, lo cual hizo más relevante su performance. Algunos números aclaran la incidencia real de los aparatos. En primer lugar, en los distritos kirchneristas de Lanús, Avellaneda, Presidente Perón, Morón, Ituzaingó, Moreno, José C. Paz y Tres de Febrero, el FR venció pese a carecer allí de aparato alguno. En segundo lugar, en las intendencias oficialistas, donde ganó su candidato, lo hicieron con una diferencia promedio del 10%; que van del 23%, en Lomas de Zamora, al 0,20% en Merlo. En tanto que en las intendencias del massismo, la distancia promedio a su favor fue del 28% (oscilando entre 48 y 10%). Estos números prueban que si bien los aparatos inciden a la hora del voto pueden no ser determinantes si la voluntad popular se inclina por una alternativa diferente a la que sostienen esas estructuras. En una palabra, cuando hay una voluntad de la mayoría de investir a un candidato, los dispositivos políticos tienen un poder limitado para torcer el resultado electoral. Por el contrario, la sinergia entre el aparato y la voluntad popular agigantan la distancia a favor del candidato preferido: el massismo obtuvo por sobre el kirchnerismo diferencias tales como 48%, en Tigre; 39%, en San Fernando; 38%, en San Isidro; 35%, en Malvinas Argentinas; 24%, en San Martín; todos distritos gobernados por el FR.
El fenómeno del Frente Renovador, si bien integra en su seno a representantes de distintos sectores, como la UIA, la CGT y figuras independientes, se articula en torno a una red de intendentes que han decidido asumir el protagonismo de la política nacional detrás de Sergio Massa. Este acuerdo entre jefes locales con desarrollo y poder territorial puede otorgarle al Frente Renovador una estabilidad que no suelen tener los alianzas de cúpula, siempre más sujetas a las vanidades de sus dirigentes.

martes, 13 de agosto de 2013

El clientelismo del Sur

El Gobierno de Argentina usa las instituciones para hacer proselitismo


En la España de la Restauración, el fraude electoral era tal que hasta los muertos —literalmente— votaban. Analfabetos en vida llenaban sus boletas con letra prolija luego de muertos; usualmente apoyaban al Partido Conservador, pero también al Liberal. Los comités formados para fiscalizar los resultados solían dejar el número de votos final en blanco, para que los gobernadores pudiesen insertar la cantidad que les convenía a su gusto. Incluso algunos periódicos llegaron a publicar los resultados electorales antes de que se celebraran las elecciones.
Lo que no era fraude era clientelismo —un término que surgió en la Roma antigua y que en nuestro tiempo se refiere a la “compra” de votos de una u otra manera—. Hoy España es diferente. Pero al margen de los métodos más obscenos, muchas de estas prácticas transaccionales todavía dañan la democracia en América Latina.
Este domingo se celebraron en Argentina las PASO —primarias abiertas, simultáneas y obligatorias—. Cuando las crearon, el Gobierno de los Kirchner presentó la idea de primarias como una reforma para revitalizar la política local. Pero aparte de servir como una encuesta obligada antes de las elecciones el 27 de octubre, las del domingo fueron casi inútiles.
Solo algunos partidos utilizaron las PASO para elegir candidatos. La gran mayoría —incluido el oficialismo kirchnerista y los principales referentes de la oposición— habían elegido ya sus candidatos a dedo.
Las primarias son un ejercicio necesario cuando existen estructuras partidarias fuertes, pero lo que queda del bipartidismo en Argentina todavía no se ha recuperado de la profunda crisis de 2001. En medio de una recesión que terminó convirtiéndose en una suspensión de pagos, la Alianza del entonces presidente implosionó sin que se revitalizara la Unión Cívica Radical, antagonista histórico del peronismo que hoy solo le hace frente a nivel regional.
El kircherismo ya no centraliza al peronismo como lo hacía hace cinco años. Y las listas “peronistas” se multiplican. La oposición está lejos de estar unificada. Esto creará un problema para promover una verdadera alternativa en las presidenciales del 2015, ni que hablar en octubre.
El domingo fue una derrota para el Gobierno, pero solo una parcial. Es muy prematuro hablar del “fin de una era”.

El domingo perdió el kirchnerismo, pero es prematuro hablar de “fin de una era”
Para unas primarias casi inútiles, el kirchnerismo no dejó de utilizar el poder del Estado para promover a sus candidatos. Las usuales “cadenas nacionales” \[los mensajes del Gobierno de transmisión obligatoria en radios y televisión\] de la presidenta ya tienen un nuevo personaje: Martín Insaurralde, el candidato oficialista en la provincia de Buenos Aires, donde se pelean el 38% de los votos del país.
La verdadera campaña comenzó ayer —y el Gobierno solo profundizará su estrategia—. Insaurralde y otros candidatos oficialistas aparecerán con la presidenta. Y se puede esperar una continuación de la ola de buenas noticias: crecimiento tan alto que parece tan irrisorio como las estadísticas oficiales de la inflación, una sospechosa y sorpresiva caída del desempleo, apertura de fábricas, y muchas obras públicas mágicamente planeadas en las zonas electorales más disputadas.
No bastó inventar romances entre Insaurralde y famosas modelos locales o llevarlo a ver al Papa en Brasil con la comitiva presidencial. Los 75 días que quedan de campaña son una eternidad política en Argentina. Kirchner hará más, nunca menos.
Este es el clientelismo moderno: la implícita transacción de votos en dádivas, obras, y subsidios promovidos desde el Estado mientras se usan las instituciones para el proselitismo propio. Al Gobierno poco le importó el uso de recursos oficiales para viajes o anuncios en las primarias. Menos le importará ahora.
La historia del peronismo sugiere que los herederos políticos nunca respetan a sus padres, así que el plan kirchnerista es no buscarlos. Los ataques contra la libertad de prensa, la independencia judicial, la propiedad privada y hasta la independencia estadística sugieren que, en la teleología kirchnerista, las instituciones son maleables ante la “santidad” de un proyecto político.
Es por eso por lo que, como ya anunciara la misma presidenta, este Gobierno “va por todo”. En vez de promover cambios, los fieles el domingo prometían “profundizar el modelo”. Hoy la reforma constitucional que desean para “la Cristina eterna” parece lejana. Pero creer que un Gobierno como el argentino podría dejar que los resultados electorales cambien sus objetivos es confundir la esperanza con la realidad.

El error filosófico del autoritarismo —y de la lógica que perpetúa al clientelismo— es creer que una persona o un ideal está por encima de las estructuras republicanas. Quizá los que lograban la alquimia de que los muertos votasen pensaban que protegían a España. Pero lo único que lograban era quitar legitimidad a un Estado políticamente débil, socialmente fragmentado y económicamente atrasado.
Eran la propia enfermedad de la que proponían ser la cura. Que el principio del siglo XXI en Argentina no sea como el principio del siglo XX en España.
Pierpaolo Barbieri es fellow de la Escuela Kennedy de Gobierno en Harvard. Su libro Hitler’s shadow empire será publicado por Harvard University Press este año. Su próximo proyecto se centra en la historia económica de América Latina.
Tomado de El País, España.