Las mitologías retóricas de Cambiemos - la herencia, el camporismo, el Estado militante, los ñoquis, la lógica del mundo occidental y pro-mercado - se sostienen en construcciones de sentido que cuentan para su arraigo en la sociedad con el blindaje de los grandes medios concentrados.
Por Marcos Mayer*
(para La Tecl@ Eñe)
Algunos de los considerandos para los despidos que se están produciendo en el Estado desde la asunción de Macri se sostienen en el hecho de que la mayoría de los expulsados había sido contratada durante el año 2015. Extraña lógica pero se la aplica a rajatablas. De hecho, el CCK, que había sido inaugurado en 2015 se quedó sin personal. Así que no había forma de que hubiera contratos previos al año pasado. Sin embargo, se fueron todos y no se sabe aún si será reabierto.
Más allá de los verdaderos motivos que se esconden detrás de estos despidos, puede resultar revelador el modo que se elige para justificarlos y el tipo de relación que establecen con la opinión pública.
Por un lado se afirma de manera categórica, y sin trabajo de demostración alguna, que todo contrato extendido en 2015 se debe a razones más o menos encubierta de clientelismo. El argumento se cae de su peso y sería ridículo si no fuera tan dramática la situación que están pasando los trabajadores estatales, los despedidos y los demás, que van a sus puestos cada día temiendo que sea el último.
Este es un gobierno poco predispuesto a explicar lo que hace y que no acepta que se cuestionen sus medidas. Ni siquiera ha ocurrido con el tan meneado DNU para el nombramiento de los jueces para la Corte Suprema. El tema queda pendiente y cada tanto hay un funcionario que amenaza con recuperarlo. Por no hablar de las no respuestas de Macri cuando otorga una conferencia de prensa, como sucedió cuando decidió ignorar una pregunta acerca de la reticencia de los exportadores agrícolas a liquidar sus dólares, o cuando elige una salida frívola como cuando “reveló” que la reunión con Peña Nieto consistió en sus lecciones de baile al mexicano.
Para justificar sus decisiones, Cambiemos se sostiene sobre diversas mitologías: que todo era un desastre antes de su llegada, que el Estado era un refugio de militantes y ñoquis camporistas, que hay una lógica del mundo que contrasta con las lógicas locales, que la política es un ejercicio contable –en este sentido pueden leerse las lamentables declaraciones de Lo Pérfido, las comparaciones de Prat Gay con las dos pizzas o las explicaciones al tarifazo.
Con esas mitologías, cuya lista podría ampliarse, la opinión pública queda entre la opción de aceptarlas sin más o quedar fuera del alcance discursivo del macrismo. O se acuerda o se deja de existir (aquello que se ayudará a las provincias “que hagan bien las cosas”).
Para eso se cuenta con los grandes medios que ejercen un oficialismo desembozado. Habrá que esperar que estas mitologías decanten y se revelen como tal. El problema, y en eso la dirigencia opositora mira para otro lado, se llama despidos en masa y dirigentes sociales en la cárcel.
Buenos Aires, 28 de enero de 2016
*Periodista
Esta nota fue tomada de la revista digital La Tecl@ Eñe La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política, ideas, cultura y otras historias. Editor/Director: Conrado Yasenza
Truman
Capote para fines de la década del cuarenta publicó distintos ensayos en forma
independiente que, posteriormente, fueron agrupados en un volumen. Los ensayos
–en la prosa temprana de uno de los principales estilistas, en lengua inglesa,
del siglo XX– nos descubren diversos ámbitos, distintos protagonistas; la
mayoría de ellos inmersos en un anonimato y falta de celebridad que conmueven. Leemos
observaciones y bosquejos que van desde Nueva Orleans o Brooklyn hasta Tánger y
Haití. Capote, en su sabiduría, tituló esta colección de sus crónicas: Color local.
Es paradójico que el color local lo enuncia un extranjero que
recorre geografías, ciudades, pueblos y aldeas; que presencia y da testimonio
de existencias ajenas, unas a las otras, aunque conectadas por algo que no se
dice, que las contiene y en lo que son partícipes.En algún aspecto, todos
parecemos visitantes que recorren una tierra única y personal, pero que nos es
extraña, que no nos pertenece.¿Qué hacer para que esa tierra sea nuestra y nosotros
seamos en ella? En juego con el título y el sentido que expresa la novela: El mundo es ancho y ajeno, podemos insinuar paralelos; que hasta en nuestro lugar en el mundo, somos paseantes, viajeros, si no ocurre una revolución, un sacudón que produzca en nosotros otra mirada sobre lo que nos rodea. Ciro Alegría, en su obra maestra, pone en boca de los poderosos la frase: “Váyanse a otra parte, el mundo es ancho”. Pero sabe –el descorrer narrativo nos lo confiesa– que la comunidad es el único lugar donde el hombre se reconoce y se realiza íntegramente. Recordemos que la pena máxima para un ciudadano griego era el ostracismo, esa muerte civil, por encima de la otra muerte.
Sócrates, luego de
ser condenado por un tribunal ateniense que lo halla culpable de corromper a la
juventud y de no reconocer a los dioses de la ciudad, ante la oportunidad de
huir de la polis y salvar su vida,
elije beber cicuta y expiar con su existencia, aun cuando se reconoce inocente
de los cargos que se le adjudican. El mundo es tanto más ancho y ajeno cuanto
más lejos o extraviados estamos de lo que nos hace ser el ser humano que somos.La
lejanía con nuestro entorno natural es un exilio físico y espiritual que no
sólo se debe entender respecto a un locus, sino
sobre una comprensión psíquica y simbólica que abarca lo que somos al tiempo
que, justamente, nos hace ser, le
otorga plenitud a nuestro nombre.
No es casual que haya comenzado este texto con
una recurrencia al color local
–incluso desde la referencia a un escritor que ha hecho de la fact-fiction un género literario. El
poner el énfasis en el color local expresa
un compromiso con el entorno que adquirió su adultez desde el romanticismo,con
su atención consciente a lo que se denominó folklore.
Y contrapongo –para esta época de pésima, sino perversa comprensión de lo
ciudadano y popular– que esta mirada realizada desde la convergencia en fines
comunes, lidia contra la actual fascinación por el subdesarrollo y la
marginalidad; deslumbramiento forastero, por artificial, que hace décadas deteriora
a nuestra sociedad.
Este
hábito falaz debe ser interrogado desde el discurso y los actos, porque no nace
en la ingenuidad, es hijo del descaro con el que falsos políticos se invisten –falsos
corderos, apuntaría– con los ropajes y el discurso del impostor, del Tartufo de moda. En cada sitio de
gestión, la denuncia y la exhibición de lo no genuino deben ser una consigna
inexcusable. La barbarie no puede transformarse en modelo y emblema de ningún
cuerpo social. En su modus operandi,
en esta sistemática pasión y defensa por lo vulgar, no sólo anida lo artificial
sino que es el caldo de cultivo donde sectores indiferentes a la comunidad refuerzan
sus malas artes y su poder. Se valen de la ignorancia para instalar lo
degradado por encima de los valores legítimos propios del color local que venimos mencionando.
En consonancia con el trasfondo de la novela peruana citada, creo que nuestra pertenencia en el mundo,si es que tiene un inicio localizado en un espacio físico, es el barrio que habitamos; ése es nuestro lugar en el mundo por excelencia. Sino lo ajeno, lo extraño, toma las vestiduras del fantasma y sustrae las formas nítidas de las cosas y de los seres con los que convivimos.
El color local, el ámbito donde el ser humano se reconoce y alcanza un desarrollo integral, no debe ser confundido con las variadas formas que toma y de las que se vale el lugar común. En éste la alienación y el enajenamiento anulan lo singular, y lo vivaz expira ante esa masa informe que devora las distinciones, porque éstas están reñidas con su naturaleza adulterada. En el color local, el individuo está vigente en el diálogo con el otro y en ese diálogo alcanza su propia trascendencia y la de su comunidad. En el lugar común, al no haber singularidad, las voces son aplanadas por un sonsonete ordinario. Conciencia o un estado narcótico, esa dualidad no permite opciones, es el individuo y su sociedad o un conglomerado de entes anónimos que auto-limita, por elección, su potencialidad.
La cultura, desde la expresión literaria al
resto de las manifestaciones artísticas, jamás deja de tener implicaciones
éticas y políticas. El momento histórico en el que se producen está en ellas
como una marca de nacimiento que no se puede desfigurar ni hacer a un lado. En
ella está inmersa la diferencia entre el estímulo y la mera repetición
mecánica. La cultura no es un formalismo sin sustancia en el que el sentido
deja de estar presente, es el inconformismo ante un status quo que en su inmovilidad se vuelve pétreo.
El lugar
común es el reino de lo amorfo, la repetición vacía, en el lenguaje como en
las costumbres. Sus hijos son el facilismo y el embuste. Lo que hay de
auténtico en el color local, en las
tradiciones vivas, en él se extravía, es la región de la ciénaga donde al pie
lo siguen la pierna y el cuerpo que se hunden.
Quizá en las representaciones artísticas se
plasme con una naturalidad mayor –dueña de otra vivacidad e intensidad– el
valor real del terruño, su significado primario y esencial.El Faulkner más real
habita en el condado ficticio de Yoknapatawpha.
García Márquez creó Macondo y más de
un lector –y no sólo los lectores– han andado por ahí con absoluta diligencia.Ya
mencioné que el romanticismo, desde la sacra Alemania del siglo XVIII,
investigó y definió sobre aquello que ya tenía su lugar entre nosotros pero
que, al no tener nombre, no existía. Estos pases de magia sólo me dicen que en
el presente, en el sitio en que estamos, aun sin percibirlo, habitamos en ese
ámbito iluminado por el folklore.
Borges –ya entrado en años y luego de sus escarceos juveniles– declaró sobre sus
textos iniciales, en los que se esforzaba por exhibir su argentinidad, que ese
ejercicio era innecesario; de alguna manera,impropio.
La identidad, del mismo modo, no puede ser una
postura sin transformarse en una impostura. El que la vive –como vecino, como ciudadano–
no alcanza a ser consciente de esto salvo excepciones. Me recuerda esta
situación cotidiana la anécdota de Agustín. Cuando a uno de los principales
filósofos del Medioevo le preguntaban qué es el tiempo, no sabía qué responder;por
más que en su interior mantenía una comprensión tal que le indicaba que el tiempo
y el ser iban de la mano, indisolubles.
Cada uno de nosotros sabemos –aun en nuestra distracción– sobre el
barrio que nos rodea y aquello que hace que este
lugar en el mundo que habitamos sea lo que es.Y sabemos, o sospechamos, que cuanto más seamos en él, nuestro desarrollo e integridad serán mayores, como
aquellos pobladores andinos de Rumi que,en su reveladora novela, nos recrea
Ciro Alegría.
Nunca olvidemos que patria es la tierra de los padres y que la lengua es la primera
casa que habitamos. Heidegger recogió la sentencia de uno de los grandes poetas
alemanes: Friedrich Hölderlin, que en su sencillez sintetiza mucho de lo que
intenté trasmitir en las líneas que anteceden: “La palabra es la casa del ser”.
Cerca
del final de este escrito, me permitiré un escarceo que, por su naturaleza, se
relaciona con lo esbozado hasta aquí. Si bien cada uno de nosotros debe tener
una idea o noción sobre lo que es cultura, hay sin duda dos sentidos
privilegiados. La que quizá hoy en día merezca más simpatías o referencias, es
una noción de cultura digamos antropológica. Ésta incorpora en su abanico una
multitud imprecisa de variados intereses que hacen a todas las producciones
humanas. La que a mí me seduce es quizá la más antigua, aquella que aglutina en
la palabra Cultura –dicha con mayúscula– a las artes, desde la música hasta la
arquitectura, y –valga el gesto– a ésta también escrita con mayúscula.
No como
producción humana que nos entrega estas pajareras que ni el peor observador
tomaría como obra de arte. Cada uno tiene sus pecados, podrán declarar que los
míos además de evidentes son groseros, pero me he formado en el trato de esa
noción antigua de Cultura que, justamente, hace alusión al cultivo, sea del
arte, del pensamiento, de lo más alto de las expresiones humanas.
¿Por qué realizo este comentario? En buena
parte porque entiendo que sin tener algunas ideas en común acerca de lo que es
cultura –en un sentido amplio– y lo que es Cultura –en un sentido restringido–
no sabemos a qué nos estamos refiriendo. Y la Cultura, que no es lo mismo que la
Educación –con la que se relaciona, pero no necesariamente– ha sido el campo
privilegiado en el que se han dado las grandes batallas desde el poder
político, un poder que suele ser tan miserable como perverso. Cuando se llevan
por delante obras artísticas y patrimoniales, se elevan a la categoría
fantasmagórica de dioses –en este siglo XXI– a meros seres humanos, o se
insulta la lengua en la que hemos crecido con un fingido rictus revolucionario,
para dar ejemplos de cada día, se está hiriendo, en silencio o mediante
discursos vacuos, nuestra Cultura y nuestra Educación. Presenciamos un juego de
pinzas: por una parte, se provoca desde un poder, si no absoluto, que se ubica
por encima de las posibilidades de injerencia de los ciudadanos, perdiendo por
esto legitimidad republicana y democrática. Y,por otra, se malversa con un
goteo incesante el capital simbólico, histórico y material. Eso es la
perversión. En cada perverso hay un fuerte componente de resentimiento. Un
resentimiento que aspira a una marginalidad generalizada, en la que sobre
brille ese perverso absoluto por encima del resto. Sin pares, todos presos de
una inclusión de pobreza e ignorancia.
El pensamiento convive con la crisis. No hay
certeza que la haga a un lado. Merced a diversas máscaras y disfraces, la duda
no sólo es constante presencia sino fuerza vivificadora. Necesitamos la novedad
para no reducirnos a un mundo esquemático, fijado en moldes o estructuras
estáticas, en el cual la rutina transforme la menor modificación en un rasgo de
inusitada originalidad. El creador –lo sepa o no– lleva la antorcha de la vida
en su marcha.
Tenemos
la sociedad y el gobierno no sólo que merecemos, sino el que nos representa
como comunidad. Desde nuestra relación con nosotros mismos y con los que nos
rodean, se crean los lazos iniciales que dan sustento a la realidad en la que
vivimos. No tengo dudas que a lo largo y ancho de nuestra nación, en la provincia,
en nuestro partido de Tres de Febrero, en todos los sitios en que nos hallemos,
el compromiso en primer término es cultural.Ése es nuestro desafío.
Los pésimos antecedentes del nuevo juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos convierten su elección en una burla Editorial del periódico La Nación 25/06/2015
A pesar de las serias impugnaciones en su contra y de un largo historial de escándalos y graves cuestionamientos a su trayectoria, el ex juez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni fue elegido como integrante de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Para ello, en la asamblea general de la Organización de Estados Americanos (OEA) contó con el voto favorable de 18 Estados sobre un total de 23.
Con sede en San José de Costa Rica, la Corte Interamericana cumple una función de doble trascendencia continental, pues resuelve casos que previamente se sustanciaron ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y dictamina sobre la interpretación de normas. Ese tribunal ha emitido fallos decisivos en temas que han gravitado en la justicia de nuestros países, como los referidos a derechos humanos y a libertad de expresión. Sus decisiones, si bien no obligan más allá del caso en que se pronuncian, sirven de guía para casos análogos. De aquí su relevancia continental.
Lamentablemente, la Corte Interamericana no se verá prestigiada con el ingreso de Zaffaroni, un abogado penalista con una fuerte aureola de progresismo, un extenso currículum y numerosas obras publicadas que constituyen textos de lectura en facultades de derecho de varios países. Pero su trayectoria, en realidad, choca frontalmente con su presunto progresismo. Las objeciones más serias y fundadas dirigidas a Zaffaroni se plantearon cuando, en 2003, el presidente Néstor Kirchner lo eligió para integrar la Corte Suprema de Justicia. Al tiempo que se le cuestionaba haber sido juez durante la Revolución Argentina y luego durante el régimen militar de Jorge Rafael Videla, se descubrió que tenía deudas previsionales, no había declarado dos cuentas bancarias en el exterior ni dos inmuebles, en San José de Costa Rica y en Madrid.
En aquel entonces, tres senadores exigieron en la Comisión de Acuerdos que había aprobado el dictamen sobre Zaffaroni que se requirieran informes de antecedentes penales de su socio, el abogado Jacobo Isaac Grossman, al trascender que había cumplido prisión por haber liderado en los años 70 una banda dedicada a secuestros extorsivos. Grossman había acompañado en el estrado a su socio durante las siete horas que duró la audiencia pública en el Congreso cuando Zaffaroni respondió a las impugnaciones. Las más graves y documentadas correspondieron al senador radical Rodolfo Terragno, quien afirmó que existían "numerosas objeciones por su compromiso con la defensa de los derechos humanos y los valores democráticos". Según Terragno, la biografía de Zaffaroni muestra "una peligrosa inestabilidad porque había sido connivente o funcional a un régimen inconstitucional" y que, además, "en 1980 publicó un libro sobre derecho penal militar, supervisado por dos auditores castrenses, en el que defendió circunstancias indefendibles como el derecho penal militar de excepción, legislación por bandos, excepcional necesidad de dar muerte al delincuente y usurpar justificadamente la función pública".
Llama la atención que la existencia de ese libro que reveló Terragno, que habría clausurado toda posibilidad para cualquier otro candidato, no impidiera el nombramiento de Zaffaroni en la Corte Suprema, como tampoco lo impidió ahora en la Corte Interamericana. Por otro lado, Zaffaroni es un fiel defensor del abolicionismo de la pena en materia criminal, posición que, llevada al extremo, conduce a soluciones alejadas de la justicia. Dicha perspectiva lo condujo a firmar una sentencia que consideraba como un atenuante el hecho de que el encargado de un edificio que forzó sexualmente a una niña de siete años concretara el abuso con la luz apagada. Sin embargo, estos antecedentes no tuvieron fuerza para disuadir a la mayoría.
Tampoco pareció afectar su imagen el escándalo que protagonizó en 2011 al conocerse que en seis de sus 15 inmuebles declarados se ejercía la prostitución. Kirchnerista por conveniencia pese a que antes había comparado el proyecto de reelección indefinida de Néstor Kirchner en Santa Cruz con el afán de eternidad del nazismo, contó con el obvio apoyo del Gobierno y por eso no extrañó que la ONG La Alameda lamentara que la Justicia hubiera demorado dos años en citarla a ratificar su denuncia sobre más de 600 prostíbulos en la Capital, incluidos los que funcionaban en departamentos de Zaffaroni. Ese escándalo se apagó cuando el administrador de sus propiedades pagó una multa de 12.500 pesos para cerrar la causa en la que se lo investigaba por proxenetismo a través de esos alquileres.
Como tantos personajes que tienen mucho para ocultar, Zaffaroni adujo no haberse enterado de lo que ocurría en sus departamentos, ni de lo que acontecía durante el régimen militar, ni de las omisiones en sus declaraciones juradas. Su principal mérito es haber sobrevivido y crecido profesionalmente a pesar de sus antecedentes. La clave de la doble moral que lo ha beneficiado la brinda una de sus discípulas dilectas, la diputada oficialista Diana Conti, quien admitió que aquel libro sobre derecho penal militar "es horrible", pero que "a Zaffaroni se le perdona lo que a otros no". Por eso, cuando le preguntaron por qué el kirchnerismo atacó al fallecido fiscal del juicio a las juntas militares Julio César Strassera por haber sido fiscal durante la dictadura, Conti volvió a sincerarse: "Strassera era un opositor. Su posición ideológica fue írrita, entonces las críticas al adversario político son más fuertes. Eso es así en todos lados, es la vida".
No, no es la vida. Es el oportunismo político y la hipocresía. Ese doble estándar, admitido por Conti, es el mismo que otorga protección a Hebe de Bonafini pese a la malversación de fondos estatales en que incurrió la Fundación Madres de Plaza de Mayo y es el mismo que mantuvo en su cargo al jefe del Ejército, general César Milani, pese a las graves acusaciones de delitos de lesa humanidad.
Al amparo de la bandera de los derechos humanos, empleada como disfraz, todo es posible, hasta el arribo de Zaffaroni a la máxima corte americana en la materia. Al margen del cúmulo de objeciones señaladas precedentemente, parece claro que los derechos acordados a todos los particulares por la Convención Americana de Derechos Humanos merecen un intérprete con mejores credenciales.
El autor es economista, profesor de la Universidad Nacional de La Plata, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) e investigador visitante del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS)
La semana comenzó movida para los mercados financieros que habían apostado a que cualquiera que fuera el próximo Presidente, encararía los cambios coyunturales que la economía precisa para salir de la terapia intensiva en la que se encuentra hace cuatro años.
Tanto Macri como Scioli eran vistos como "market friendly"y si bien la elección del Gobernador implicaba la permanencia del FpV en el poder, "Scioli para la victoria" representaba una continuidad con cambios.
Pero Cristina Fernández, quemando todos los libros de ciencia política que hablan del ?pato rengo? en referencia a la falta de poder que enfrenta un mandatario saliente, en el último año de su gestión, cuando no tiene chances de reelección, movió una vez más el tablero colando en la fórmula del Gobernador bonaerense a su más fiel ladero, el maoísta Carlos "Chino" Zannini.
La jugada trocó en aire la expectativa de cambio y convirtió al ticket de Scioli en un voto de continuidad del actual modelo.
LAS INCONSISTENCIAS COYUNTURALES
EL problema es que este modelo ya fundió motores y no resiste la inercia sin cambios. El dólar está más barato que en el 1 a 1, hundiendo las economías regionales, poniéndole una mochila de plomo a la industria y regalándole a las multinacionales que facturan en pesos, utilidades absolutamente artificiales en dólares.
Los subsidios han distorsionado por completo los precios de la economía haciendo colapsar la energía y comprometiendo seriamente las cuentas públicas. En castellano; el Gobierno reparte lo que no tiene, generando un déficit fiscal que al ser financiado con emisión sin respaldo prostituye la moneda, condenándonos a ser una sociedad que ahorra y piensa en dólares.
Siempre sostuve que dada la gravedad e insostenibilidad de la situación, cualquiera que ganara las próximas elecciones debía curar (más temprano que tarde), estas enfermedades de la economía. Sigo pensando lo mismo e incluso creo que Zannini le puede aportar la densidad política que le falta al Sciolismo para encarar el tratamiento que necesita la macro. Pero los mercados evidentemente no piensan lo mismo.
LAS DEFICIENCIAS DE LARGO PLAZO
Pero incluso cuando se hicieran los cambios coyunturales necesarios, la designación de Zannini confirma que Scioli profundizará la fracasada estrategia de desarrollo de largo plazo que encaró el gobierno en la última década.
Esta semana, acomodando viejos papeles di por accidente con un documento escrito en 1993 por Rodolfo Terragno, la mente más brillante que haya dado la política argentina desde Frondizi, hasta nuestros días.
Se trata de una plataforma de propuestas económicas que plantea una estrategia integral de desarrollo sostenible, en línea con las experiencias internacionales exitosas en la materia. El corazón del proyecto es un "modelo industrial exportador", que emulando la transformación de Japón y aprendiendo de la revolución de los tigres asiáticos (Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong), plantea ?una combinación de planificación y orientación gubernamental, con una fuerte actividad del sector privado?, para crecer hacia afuera.
Terragno tenía muy claro, que en una primera etapa el rasgo distintivo de este modelo sería el aprovechamiento de las ventajas del campo y que "exportador" iba a significar inicialmente, un modelo basado en las agro exportaciones. Si nuestro país hubiera encarado ese proyecto cuando lo propuso Terragno, Argentina habría aprovechado plenamente los espectaculares términos de intercambio de los últimos 10 años y hoy probablemente nuestro ingreso per cápita sería un 15% más alto, no habría problemas de escases de dólares y la pobreza coincidiría en la realidad con las fantasías de la Presidenta.
Pero el modelo fue exactamente el opuesto. Se insistió en una estrategia de sustitución de importaciones absolutamente incapaz de motorizar el desarrollo, porque desaprovecha todas las ventajas del comercio internacional y porque se apoya en la idea ridícula del mercado interno como polea de crecimiento, cuando somos apenas 42 millones de habitantes, con el agravante de que estamos desconectados geográficamente por la deficiente infraestructura.
En contraste, el modelo coreano se basó en cuatro premisas bien distintivas. La garantía de una moneda estable, el acceso al financiamiento externo para las inversiones, la transformación del sistema educativo y la planificación del desarrollo por parte del Estado.
Como resultado de ello, de acuerdo a la última evaluación internacional PISA, los estudiantes coreanos están cuartos en matemática y séptimos en ciencias. En contraste nuestro país está 59 y 58 respectivamente, siendo superado incluso en la región por Chile (el mejor de Latinoamérica), México, Uruguay, Costa Rica y Brasil.
DE ESO NO SE HABLA
Lamentablemente en esta elección ningún candidato está hablando de desarrollo económico. Nos tapa la coyuntura del cepo, la probable devaluación y la corrección de las tarifas, pero es imposible que la argentina deje de ser un país subdesarrollado con un cuarto de la población excluida, si no logramos estabilidad monetaria y la sostenemos en el tiempo, si no recuperamos el acceso al crédito para la inversión, si no transformamos el sistema educativo y si no somos capaces de construir una burocracia útil, que planifique el país de los próximos 20 años.
En ese contexto, el "efecto Zannini" es mucho más que una mala noticia para el mundo financiero, es una invitación a plebiscitar una gestión que destrozando la moneda, cerrando el financiamiento externo y aprobando a los alumnos por decreto ministerial, consolidó las bases del subdesarrollo.
El campo de la prensa y el de la literatura no eran autónomos en el siglo XIX: ningún periodista o escritor vivía de su trabajo o era ajeno a la política. Buena parte de los grandes políticos del siglo inicial argentino, incluidos varios presidentes, fueron fundadores de prensa o directamente periodistas, de Sarmiento a Mitre pasando por personajes tan diversos como Moreno, Alberdi, Echeverría, Mármol, Alsina, Vélez Sarsfield, Mansilla, Zeballos o Pellegrini.
Hay que ponerse en aquel contexto histórico: los periodistas del siglo XIX eran hombres de acción, polemistas y militantes. Participaban en la lucha pública, hacían las leyes y las guerras, fundaban la literatura, construían poder y consenso desde la prensa y, si era necesario, tomaban las armas cerrando sus publicaciones. En un diario no trabajaban periodistas profesionales o “independientes”, sino que solían ser grandes personalidades de la época; en general, “notables” (juristas, letrados, políticos), que además ejercían el periodismo.
El escritor de un diario se comprometía con las ideas y posiciones de la facción o grupo político que le daba apoyo. El periodismo era una herramienta, no un fin, y menos una profesión. Sarmiento y Mitre son, sin dudas, los máximos exponentes de este diálogo entre periodismo, historia, literatura y política. Pero hay otros casos interesantes no tan conocidos.
Miguel Navarro Viola, autor de un famoso Anuario de la Prensa (1878-83), cita los nombres de Vélez Sarsfield, Sarmiento, Goyena, Varela, Gutiérrez y Estrada, y define que los periodistas “debían por fuerza ser literatos, con una sólida base de instrucción y fondo filosófico, pensadores muchas veces, o verdaderos estilistas, cinceladores de la frase”.
Como regla general, aquellos periodistas no firmaban sus artículos. En 1840 José Mármol, poeta, novelista e integrante de la generación del ’37, va al exilio en Montevideo. Allí publica un periódico llamado La Semana, donde aparece como folletín la novela Amalia (escrita contra el rosismo), que inicia la práctica de firmar los artículos con nombre y apellido.
Otro ejemplo emblemático es el de José Hernández, redactor del diario Nacional Argentino, que respondía al gobierno de la Confederación, y luego fundador del diario Río de la Plata. El autor del Martín Fierro intenta construir una carrera política desde la prensa, como tantos otros en la época.
Eugenio Cambaceres renuncia en 1876 a su banca en la Cámara de Diputados y abandona su carrera política para dedicarse a la literatura. La novela argentina le debe mucho a esa renuncia: Cambaceres es el autor de algunas páginas fundacionales, como las de Sin rumbo y En la sangre, textos naturalistas con profundos mensajes sobre la sociedad del momento.
Cuando Miguel Cané vuelve a tomar examen al colegio que retrata en Juvenilia ya es doctor, funcionario del Estado y periodista consagrado. Confiesa entonces: “Vivía agobiado por el trabajo, a más de mi cátedra, dirigía el Correo, pasaba un par de horas diarias en el Consejo de Educación y, sobre todo, redactaba El Nacional, tarea ingrata, matadora si las hay”.
El diario Sud América, testimonio del surgimiento y la caída del gobierno de Miguel Juárez Celman, fue dirigido por Carlos Pellegrini, luego presidente de la Nación, quien antes había sido secretario de redacción del diario La Prensa, fundado por José C. Paz también con el objetivo de escalar en la vida pública. Paz fantaseó con ser candidato a presidente a partir del peso que adquirió en las últimas décadas del siglo su diario.
El periodismo del siglo XIX tenía como misión difundir ideas y captar voluntades, cuando los partidos eran estructuras endebles alrededor de grandes figuras políticas. Un diario, un partido y cierta fuerza militar eran elementos básicos para aspirar al poder en el siglo fundacional argentino, cuando prensa y política iban de la mano.
A diferencia de otras conmemoraciones de similar tinte nacionalista, como el Día de la Soberanía, que el gobierno celebra espectacularmente, el aparato cultural y propagandístico estatal no ha dado una gran batalla con el Día de la Tradición Nacional. Es llamativo, pues su instauración en 1938, ligado al día del nacimiento de José Hernández, puso fin a una de las batallas culturales más intensas del siglo XX. El gaucho Martín Fierro quedó entonces consagrado como el arquetipo de nuestro "ser nacional", un objeto por entonces tan buscado y recóndito como el Santo Grial medieval.
En la contienda, iniciada a fines del siglo XIX, quedaron en el camino otros proyectos, como el hispanista del Cid y los conquistadores, el indigenista de los pueblos aborígenes o el del argentino del futuro, resultante del "crisol de razas". El gaucho ganó la competencia, pero su figura y su significado no eran unívocos. Martín Fierro era un marginal, perseguido y empujado por el progreso y el Estado, más apreciado por los anarquistas que por la elite gobernante. Pronto compartió su popularidad con el mítico payador Santos Vega y con Juan Moreira, habitante del submundo del delito y la política, más cercano a la experiencia cotidiana de sus contemporáneos. El exitoso personaje de Eduardo Gutiérrez se potenció en el circo de los Podestá y generó toda una saga de folletines, muy populares a principios del siglo XX.
Por entonces, el mito gauchesco llegó a su culminación. Entre la nutrida asistencia a los círculos criollistas -una suerte de peñas urbanas-, había muchos inmigrantes, que al fin de su jornada laboral se vestían de gauchos y se entretenían bailando el gato y comiendo empanadas, como parte de su arduo camino de integración a la nación. Para los intelectuales nacionalistas de la primera mitad del siglo XX, que leían a los filósofos alemanes, el gaucho simbolizaba algo un poco diferente: la cultura frente a la civilización; lo auténtico y raigal frente a lo artificioso y ajeno; el pueblo nacional frente a la elite cosmopolita. En 1913 Leopoldo Lugones consagró a Martín Fierro como el gran poema argentino y la expresión más genuina del ser nacional, aunque en 1926 Don Segundo Sombra, de Güiraldes, ofreció una variante más conformista del gaucho, también popularizada. El gobernador bonaerense Fresco optó por unirlas y estableció el pago de Areco como centro del culto gauchesco.
Consagrado el mito, comenzó la habitual tarea de desgaste de quienes buscaron el artificio de la invención. Adolfo Bioy Casares fracasó cuando se propuso encontrar un gaucho, o al menos a alguien que usara chiripá, y sólo dio con los habituales y conocidos paisanos. Concluyó que todos los que hablaron del gaucho lo ubicaban en el pasado, generalmente setenta años atrás de lo que cada uno recordaba. Más recientemente, los historiadores encuentran que hasta mediados del siglo XIX -la época de oro del gauchaje- existió en la pampa bonaerense un grupo de personas asimilables a esa figura: trabajadores ocasionales, "vagos y mal entretenidos", sin residencia fija y en conflicto con la ley. Pero convivían con otros muchos labradores, pequeños criadores, puesteros y asalariados de estancias, la mayoría con una familia estable y organizada, vivienda propia y hasta una quintita al fondo. Todo bastante lejos del héroe romántico, que carnea una vaca y enfrenta en soledad a la autoridad o al destino adverso.
¿De dónde surgió la imagen del gaucho errabundo, libre y perseguido, presentado como protagonista principal de un pasado no tan lejano? Según Adolfo Prieto, fue sobre todo la creación de los "viajeros" que recorrieron el país desde 1810 y escribieron crónicas para ser consumidas en Londres o París por un público de gustos románticos, amante de lo exótico. Head, Andrews, Caldcleugh, y los pintores Rugendas o Monvoisin combinaban lo que veían con lo que suponían que atraería a sus lectores, mezclado con una preconcebida imagen del paisaje de Hispanoamérica, proveniente del célebre libro sobre América del científico alemán Alexander Humboldt, quien en sus viajes no estuvo en el Río de la Plata.
Prieto ha mostrado que esos textos dieron las palabras, las metáforas y los conceptos a los primeros grandes escritores argentinos: Alberdi, Echeverría, Mármol y Sarmiento, cuya autoridad fijó definitivamente esta imagen romántica del gaucho. Lugones, que la consagró, no ignoró la mixtura originaria: el tirador venía de los campesinos húngaros; las botas, de los pastores riegos; el poncho, de los arrieros valencianos, y los tamangos, del calzado popular romano. Pero este collage, leído con los ojos románticos de nuestros nacionalistas y tamizado con un poco de Fichte, sintetizó a sus ojos el ser nacional.
Bioy Casares vislumbró el destino decadente del mito gauchesco. Ese personaje cuya existencia sólo se recuerda en el pasado -dice-, en el momento de su consagración quedó destinado a ser una posteridad, sublime, pero muerta. El mito fue perdiendo la capacidad que tenía un siglo atrás de ligar de manera activa el pasado con el presente y proyectarse al futuro. Su celebración, que yo recuerdo vigorosa en mi escuela primaria peronista, se ha marchitado, pese a que la autoridad escolar señala hoy que José Hernández es "uno de los personajes más representativos del ser nacional" y que en el Día de la Tradición Nacional se evidencian "los valores comunes de todo el territorio".
Éste es uno de sus puntos débiles. Estos valores gauchescos valen quizás para la provincia de Buenos Aires, pero parecen algo lejano en Catamarca, Salta, Trelew o Ushuaia. No sería raro que las provincias reclamen una versión de la tradición más cercana a su propio pasado y más adecuada al pluralismo cultural hoy en boga. En la ciudad de Buenos Aires, los niños identifican hoy a la tradición con cosas algo lejanas de su experiencia o de sus fantasías: el mate cebado por una china con trenzas, las tortas fritas o la negra pastelera. Y, por supuesto, el pericón, la danza nacional argentina, parte central de toda buena celebración de la tradición, que como otros productos típicos de nuestra nacionalidad es la versión local de la contradanza europea o quizá de la country dance inglesa.
Esto explica en parte por qué el aparato cultural kirchnerista, que ha recurrido ampliamente a los motivos culturales del nacionalismo, tamizados por el Instituto del Revisionismo Histórico, no ha hecho ningún esfuerzo por revitalizar el Día de la Tradición. Pero la razón fundamental reside en otro aspecto. La tradición quizá podría definir un "nosotros", pero no tiene potencia para caracterizar a "los otros", al enemigo de lo nuestro. No hay nada de heroico en ella, no hay gesta ni épica en bailar el pericón. No hay un discurso que encuentre allí metáforas o ejemplos acerca de la eterna conspiración de los enemigos del pueblo, como las grandes corporaciones. La autoridad escolar dice hoy, escuetamente, que José Hernández "puso todo su empeño a defender a sus paisanos de las injusticias que se cometían contra ellos". Pero la partida policial que persiguió a Martín Fierro o a Juan Moreira se parece más al teniente coronel Berni que a los agentes de los monopolios.
Cuando al final del kirchnerismo haya que desmontar la "historia oficial" que nos están legando, no habrá un gran combate que librar alrededor de la fiesta gauchesca, que se conserva igual que en 1938. Sin excluir este mito venerable e inofensivo, quizá convenga considerar una alternativa: encontrar algún otro ejemplo de la argentinidad, de la Argentina que se construyó precisamente cuando el gaucho se alejaba de la escena. Una argentinidad que, como una buena tradición, ancle en el pasado -setenta años atrás- y juegue un papel activo en el presente. Algo que nos recuerde una Argentina mejor y nos impulse a retomar la senda. Quizás una maestra sarmientina -las había en cada rincón del país- o un obrero cuyos hijos fueron profesionales universitarios. Una Argentina que fue y que quizá vuelva a ser, para la que nos vendría bien una tradición activa y positiva en qué fundarla.
El autor es miembro de la Universidad de San Andrés y del Club Político Argentino